Día del niño (yuntero)

No fue un solo día, ni dos, ni tres. Ocurría casi todos los días del curso. En aquella escuela parroquial, ubicada en un sólido edificio del siglo XVII, con posterioridad casa del cura, y readaptada sobre los pilares del orden establecido de la década de los sesenta, varias generaciones de alumnos asistimos expectantes a la creación del mundo. Allí descubrimos nuestros retratos, y nos enseñaron  a llamar a las cosas por su nombre en ese fascinante proceso de aprendizaje de la niñez. Entre la corona de rendidos querubines de la fiel reproducción de una de las más logradas Inmaculadas de Murillo, que presidía tan singular aula junto a la bicéfala  retratería oficial del régimen, se me antoja la imprecisa relación de nombres de los compañeros de pupitre, aquellos hijos del pueblo que en algunos casos seguían la docencia a duras penas, a caballo entre su aportación en las diversas tareas del campo y de la ganadería, y la asistencia ocasional a las sesiones lectivas.

En aquella escuela de ingenua inocencia nos visitaban los sabañones todos los inviernos, pese a los ímprobos empeños del rudimentario, doméstico y personal sistema de calefacción que cada cual se proporcionaba con su artesanal estufa portátil  de brasas, contenidas  en una agujereada lata de conservas que manteníamos incandescentes antes del inicio de la clase con idéntico bamboleo al de un incensario. De aquellos lejanos compañeros de bancada no olvido a casi ninguno, pero recuerdo, sobre todo, a Juan Martínez Galera, “Juan el de la Oveja”, un inteligente y aplicado alumno, quien no un día, ni dos, ni tres, sino que apenas podía aguardar que finalizara la sesión lectiva todas las jornadas del curso porque le esperaba su imprescindible rebaño para llevarlo a los pastos más cercanos.



No era Juan el único escolar supeditado a su aportación a las tareas agro-ganaderas para el sustento de su casa. La mayoría tenía que arrimar el hombro. Y entre ellos estaba Andrés López, para quien lo de llevar una yunta con aquella edad no era una proeza, pues bastantes  compañeros de la escuela lo hacían con toda naturalidad, aunque las incidencias no se podían excluir. Fue lo que –según me relató- sucedió un día en que la yunta se le fue por un balate, arrastrando el arado. Nunca se enteró su padre de aquel imprevisto incidente que podría haber tenido importantes consecuencias, sobre todo para la pareja de mulos si la reja hubiese alcanzado alguna de las patas de los équidos

La celebración, hoy, del Día del niño –se conmemora el aniversario del primer día en que niños y niñas pudieron salir a la calle en nuestro país, tras cuarenta y dos días de confinamiento por la epidemia, a iniciativa de la Fundación Crecer Jugando- me ha traído el recuerdo de muchos niños obligados a efectuar trabajos que no les correspondían porque la situación económica de cada familia no les dejó otra alternativa. Niños de ocho, nueve, diez, once, doce..años, que sin dejar de ser niños prematuramente se consideraban y eran considerados hombres. Niños de antes y de ahora, de todo lugar y procedencia como el sirio Zaid, protagonista de un video de denuncia de Save the Children, que tras diez años de guerra y con su padre emigrado a trabajar en Libia, relata cómo tuvo que dejar de ir a la escuela, al igual que su hermano, para ayudar a su familia y llevarles comida, por lo que hubo de emplearse como pulidor de pisos con interminables jornadas de trabajo que iniciaba a las siete de la mañana y por las que ganaba  2,21 euros a la semana.



El Día del niño también me lleva a recordar que el índice de pobreza infantil en España se acerca casi al treinta por ciento, según Sive the Children , que la pandemia ha disparado la pobreza en el mundo, que ahora tiene cara de niño, y está afectando seriamente tanto a la alimentación como al rendimiento escolar de los menores.

Niños utilizados y explotados, niños que han tenido que dejar a su familia  y buscar refugio porque huyen del hambre y de la guerra, niños que no llegan a su pretendido destino de promisión y pierden la vida en esas criminales rutas de la miseria humana. Niños inmigrantes y menores no acompañados que son utilizados por el interés partidario para confundir y sembrar de odio el solaz patrio. Niños forzados a coger las armas, a quienes les roban su infancia, niños, niños… La yunta ha perdido vigencia, pero los niños yunteros aún habitan en nuestro mundo. Son los nuevos niños de la yunta, acerca de quienes Miguel Hernández se preguntaba en su poema “El niño yuntero”: “¿Quién salvará a este chiquillo/ menor que un grano de avena?/ ¿De dónde saldrá el martillo/ verdugo de esta cadena?/Que salga del corazón de los hombres jornaleros, / que antes de ser hombres son/ y han sido niños yunteros…". 


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