La tiranía de la edad

Javier Adolfo Iglesias
07:00 • 23 jul. 2020

Nadie, ninguna persona debería ser marcada a fuego por la edad en diversos momentos de su vida. Reivindico un derecho a que la edad  no predisponga, influya ni fomente valores en un mundo que ha hecho de la misma el eje central alrededor del que tiramos como mulas de carga para hacer rodar el sistema. 


Desconozco cuándo comenzó esta losa administrativa, comercial y laboral sobre las personas. En un determinado momento de la historia se comenzaría a registrar el nacimiento de los nuevos humanos y a recordarles cómo pasa el calendario de sus vidas.  A partir de entonces,  la edad comenzó a importar, a convertirse en un valor de cambio, a ser agrupada por paquetes para ser vendidos al mejor postor. Se podría decir que la edad fue el primero de los data en la  ‘era de los ‘data’.  


Esta puede ser vista como una propuesta radical, anarquista. A nadie se le consulta cuando se le registra en el registro civil. Al nacer comienza la cuenta atrás de nuestra vida administrada por la burocracia de los expertos y el capitalismo de consumo.  



La edad es un criterio en cierta forma caprichoso que ayuda a separar niños de jóvenes, adolescentes de adultos, jóvenes parados de veteranos que piensan en la jubilación, de recién jubilados con una pensión de mierda y ancianos en la rampa de salida, ¿para qué? 


Se da la paradoja de que con el creciente aumento del peso de la edad administrativa y burocrática, la sociedad no ha hecho de la mayor edad un símbolo de respeto. Con esta obsesión por la edad solo ha ganado una edad irreal, la no-edad. Toda la sociedad se ha infantilizado y  ha creído poder parar reloj y calendario con la ilusión ficticia de ser una máquina eterna a energía cero. 



La experiencia, la memoria vivida y la herencia son hoy valores que se han perdido con el tsunami de la juventud. La juventud es hoy el valor comercial eterno. Pero la vida es tiempo y experiencia. No debería contar la edad sino solo la capacidad, experiencia y el mérito.  


Dividir a la población por edades no nos ha traído  mucho más bueno que malo. La edad es una de las mayores fuentes de roles, estereotipos y prejuicios de nuestra sociedad, especialmente en España. He visto con mis ojos en Inglaterra a una señora ya abuela vendiendo un vestido a una joven adolescente en una tienda de  una cadena internacional de ropa. 



En España es imposible. Las grandes cadenas de ropa solo buscan jóvenes doncellas y además con talla 38.  No parece que ni feministas ni antifeministas se hayan preocupado alguna vez por esta discriminación por edad que afecta a tantas mujeres en España. 


Durante la crisis de Zapatero tener más edad fue un trágico lastre para millones de personas. “Parado de larga duración” fue el cruel eufemismo para excluir del mercado laboral a los mayores de 45 años. Fue con ZP cuando se popularizó la expresión  “género”. Pues bien, no hay argumento contra la discriminación por género que no sirva y se aplique igual a la discriminación por la edad.


 Los roles y estereotipos por edad son tantos o más que los de género y con ellos sus prejuicios y discriminaciones.Hoy ocurre que cualquier niño puede negarse a aceptar el género que por sexo se le asigna desde el nacimiento y en cambio toda persona es obligada a tener una edad, a no renunciar a ella y a no ocultarla.  Al igual que el género no coincide con el sexo la edad legal y social no es la misma que la edad biológica y mental. 


 Lo mismo ocurre con  el llamado origen étnico,  la supuesta raza. Si hoy se ha extendido la repulsa del racismo, debería también extenderse la lucha contra la tiranía de la edad. Ningún formulario público ni ninguna empresa debería preguntar por la edad de un ciudadano o un candidato a un puesto de trabajo. Debería ser delito.  


Ahora que en este país parece que hay una enorme brecha generacional que afecta desde la política al uso de las mascarillas, recuerdo que todos conocemos niños y adolescentes con la responsabilidad de un adulto y adultos absolutamente irresponsables. La edad social es también un instrumento de manipulación. Antes, ser adulto significaba 21 años, hoy son 18 y hay quienes querrían bajar la edad del voto a los 16. Tampoco obligar a estudiar hasta los 16 garantiza la educación de esa persona y sí asegura en cambio el surgimiento de incontables trampas al solitario de los pedagogos. No debería ser obligario jubilarse a un plazo de edad fijo. En mi propuesta solo haría la excepción de los abusos a menores, para lo cual sí haría falta fijar un plazo. Pero exceptuando esto, es hora de acabar con la tiranía social de la edad. 


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