Diario de una cuarentena (X): El banco de tu pueblo

Imagen de la serie El mundo visto desde casa, realizada por el fotógrafo almeriense durante el confinamiento.
Imagen de la serie El mundo visto desde casa, realizada por el fotógrafo almeriense durante el confinamiento. Carlos de Paz

Sé de un viejo que ha desa­fiado el estado de alarma. No diré el pueblo donde reside, pero sí que sale cada tarde a la calle y se sienta en su banco de siempre a mirar el infinito. Su imagen solitaria, con el bastón apoyado a un lado, me resulta quijotesca. Y no es que esté llamando a la rebelión, ni mucho menos, pero no puedo evitar empatizar con este hombre que antepone la costumbre ancestral de ir a que le dé el aire a cualquier recomendación sanitaria. Me pregunto si acaso no tiene familia, ni ya nada que perder. O si ha vivido tanto que se le ha agotado el miedo. Un poco como le pasó a Belmonte que, cansado de esperar a la muerte, se asomó al abismo de su escopeta a los 70 años.


La madre del escritor Miguel Vasserot me hizo reír con ganas el otro día. Acababan de llamarla del Centro de la Mujer para decirle que cortaban las clases de gimnasia y ella, a sus 79 años, envió un mensaje a su hijo que dice mucho de la sabiduría de nuestros mayores a la hora de relativizar las cosas. “No nos vamos a morir del virus, pero sí de aburrimiento”, sentenciaba pizpireta.


El lunes, al volver de la farmacia, me impresionó cruzarme con una mujer de más de 40 que caminaba por mi calle con el móvil pegado a la oreja repitiendo la letra de una canción como una letanía. “Cuando pierda todas las partidas, cuando duerma con la soledad, cuando se me cierren las salidas y la noche no me deje en paz”, decía siguiendo el que ya es el himno de la resistencia contra el coronavirus. ‘Resistiré’ del Dúo Dinámino. Desconozco si lo interiorizaba hasta creérselo ella misma.


La cuarentena nos ha traído otra suerte de postureo: gente que se echa selfies con mascarilla mientras al fondo toman muestras a sanitarios que temen estar contagiados. Me detengo un momento y me planteo si este diario también tiene algo de impúdico. Más me vale cambiar de tema.




Luego hay imágenes cotidianas que parten el alma, como la que hizo la fotógrafa Marta García el último día que se vio obligada a salir a la calle. En ella puede verse a su chico con la hija de ambos en brazos. La despiden asomándose por la ventana con cara de preocupación y melancolía. Como si ya no fuera a volver. Supongo que es la sensación de vacío que se nos mete en el cuerpo estos días cuando un miembro de familia va a la compra como quien va a la guerra.


Mi mejor amiga todavía no ha puesto un pie en la calle, ni ha ido a casa de sus padres a pesar de que está comunicada con la suya a través del terrao. A veces suben y se miran de lejos. Es otra forma de heroísmo. Como la del viejito que observa cada tarde el horizonte desde el banco de su pueblo.


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