Salvador Pérez Guantes, de la vitalidad sin límites

Este amante de la fotografía recoge la vida social y se entrega a las gentes de la Pescadería

Una niña barre la calle de La Chanca, donde es ‘cazada’ por el fotógrafo.
Una niña barre la calle de La Chanca, donde es ‘cazada’ por el fotógrafo.
Juan José Ceba
22:46 • 02 may. 2016

Aún con todos sus dramas y tensiones, La Chanca es un lugar fascinante y único. Lo es por sus espacios, que invitan al vuelo, sobre la Alcazaba, la ciudad antigua o los espejos cambiantes de la bahía. Pero, su tesoro mayor, que nunca acaba, es la belleza de adentro-afuera de sus gentes. Nada igual.


A la ciudadela milenaria llegan cada año cientos de paseantes, con sus cámaras; disparan como ametralladoras y se van. Lo de Salvador Pérez Guantes es aventura opuesta: él se ha quedado, se queda cada día, se queda para siempre, al lado de sus amigos y amigas entregados; con los niños y jóvenes que pueblan las calles y los patios; con las ancianas que atraviesan los milenios, éxodos y caminos. Se queda en la corriente natural de los días y en el batallar a su lado. Dando fe del escalofrío de sus vidas, sus deseos, alegrías y angustias. Entrando más allá en las zonas oscuras de lo insólito y lo inquietante. En los golpes de asombro, los súbitos misterios. Ha descubierto que la geometría y el fondo de color escriben sobre el cuerpo, que el barrio deja sus grafías en la piel. Nos muestra lo que hay debajo del llanto y la sonrisa, del juego y la antesala de la muerte, la secuencia del mar en cada rostro; las figuras humanas como las torres sólidas en boca del poniente. Trae lo que se da en primicia, ala y umbral desconocido, inédito. La aparición, lo súbito, lo inesperado, lo que es carnosidad y espíritu. Lo sumergido que se asoma con su golpe brutal y deslumbrante, fogonazo del ser.


Hermanados con él, sus gentes lo invitan a beber, a comer, a conocer a sus recién nacidos, a compartir y respirar sus palabras.


Y da testimonio, en imágenes de una grandeza excepcional, del fondo de sus almas, de la diáfana dignidad inagotable, de ojos deslumbrantes que miran con limpieza, de uno de los frisos humanos  más estremecedores del Mediterráneo, que lo han hecho merecedor de encontrar, cada día, sus vidas confiadas y las puertas abiertas. Han sido sus impactos, la hermosura y autenticidad de cada una de sus instantáneas, el friso diario de la belleza  activa, las que han ganado esa complicidad y hermandad con las criaturas que habitan La Chanca, anuncio del Magreb en esta orilla.




Sus ojos en las piedras altas, mirada por la cima, sobrevuelo en la luz; y abajo voces, sonidos, ayes, quejidos, quiebros del sentimiento. El Cante ramifica sus golpes de emoción en las placetas. Lo poblado le puebla y le engrandece. De la vitalidad sin límites y de la espera -de lo que nunca llega- es la sustancia poética de sus fotografías.  



Temas relacionados

para ti

en destaque