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Cultura

Manuel Martín Cuenca: “El reino de lo políticamente correcto me parece nefasto”

Evaristo Martínez
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Manuel Martín Cuenca (Almería, 1964) aún tiene por delante “un mes o mes y pico” de trabajo antes de que El autor, su quinto largometraje de ficción, esté listo. Rodada íntegramente en Sevilla durante el pasado otoño, con un reparto de lujo (Javier Gutiérrez, María León, Antonio de la Torre y los mexicanos Adriana Paz y Tenoch Huerta), esta adaptación de la primera novela de Javier Cercas será uno de los títulos del cine español de 2017. Su estreno está previsto para el 17 de noviembre.

No es habitual tener cerrada fecha de estreno con tanta antelación.

Filmax, la distribuidora, vio un ‘work in progress’, la película sin afinar, y les gustó mucho. Entre todos, productora y distribuidora, estamos intentando hacer las cosas bien. Y para eso era muy importante decidir la fecha con el mayor tiempo posible. Aunque no podamos hacer, ya nos gustaría, un lanzamiento como el de las americanas, sí queremos prepararlo lo mejor posible. Conociendo el plan de promoción (ahora estamos con los tráileres, los carteles…) empiezas a trabajar. Y eliges un fin de semana en el que se supone que ninguna película española de nuestro perfil se va a estrenar, de forma que te colocas ahí para que nadie venga y te ‘quite’ ese día.

El mes es excelente: recta final del año, con los Goya y demás premios a la vuelta de la esquina.

Las fechas buenas para el cine español parecen ser entre finales de agosto y finales de noviembre, antes de que lleguen los ‘blockbusters’ navideños. Son los meses en los que las películas van a festivales o, de alguna manera, compiten por situarse en la industria para la temporada de premios. Aunque todo esto no quiere decir nada. Pero estrenar en verano parece un suicidio y si lo haces en primavera, pocos títulos tienen luego el aguante para llegar a diciembre y que se sigan acordando de ellas.

Lo que parece claro es que la distribuidora confía en lo que ha visto. Llámalo confianza o arrojo, no sé muy bien cómo definirlo (risas).




Además de la fecha de estreno, ya conocemos que el título definitivo será El autor en lugar de El móvil, como el original de Cercas. ¿Por qué el cambio?

Le hemos dado muchas vueltas. A Alejandro [Hernández, su coguionista habitual] y a mí no nos convencía el título por algo esencial: cuando se publicó la novela de Javier Cercas, en 1987, el móvil no tenía la connotación actual, no era el teléfono con el que hablo contigo. Solo tenía, y sigue teniendo, la acepción de la razón por la que se hace algo o incluso el móvil del crimen, una ambigüedad con la que jugaba Cercas. La distribuidora fue clara: nos dijo que le encantaba la película pero que el título era horrible, que llevaba a confusión. Presentamos varios que mantenían el espíritu del original y este fue el que más gustó. Y conserva la polisemia: habla de alguien que quiere ser un autor pero que también va a ser autor de una serie de cosas que veremos.

Hace años me dijo que le gustaría dirigir una comedia. En esta historia sobre un tipo que ambiciona convertirse en escritor parece haber algo de humor negro. ¿Es un acercamiento?

No, no, sigo queriendo dirigir una comedia pero esta no lo es. La distribuidora, que es la que sabe de esto, habla de suspense con ciertos toques irónicos pero no deja de ser una historia de suspense. Sí es cierto que es una película que quizás sorprenda, por varios motivos, a quien espere ver una obra mía como Caníbal o La mitad de Óscar. En cierto sentido, pega un giro pero sigue siendo una película mía. Estoy muy contento con el resultado. Hay momentos en que uno no tiene la distancia y ve la película a través de los ojos de los demás, de amigos o de expertos a los que se la hemos enseñado y han opinado, pero desde el principio me he sentido muy libre. Ahora hay que ver cómo se coloca, qué le parece a la gente… Esta industria es frágil, tremendamente frágil, y nunca sabes qué va a pasar. Después de un esfuerzo de dos o tres años, la gente puede ir a verla o no, puede pasar más o menos desapercibida, dejar más o menos huella dependiendo de muchos factores. En este oficio hay un punto de azar: mucho trabajo, sí, pero también un punto de suerte.

Tras La flaqueza del bolchevique y Caníbal vuelve a rodar partiendo de un libro. ¿Cómo le condiciona esto, si es que lo hace?

La flaqueza del bolchevique la coescribí con Lorenzo [Silva, autor de la novela original] y al ser la primera adaptación no te voy a decir que sea la más fiel pero quizás sí las más cercana al libro. No es algo que me condicione, y mira que ahí tenía al autor escribiendo conmigo, sudando juntos horas y horas, lo que te da cierto respeto. Lorenzo lo entendió muy bien, al igual que Humberto [Arenal, autor de Caríbal, en la que se inspiró Caníbal]. Y también Javier Cercas, que ha leído el guion y visitó el rodaje. Me he sentido con gran libertad para encontrar la película que había en su historia pero no he ido continuamente al libro, y tampoco lo he hecho antes. La novela ha sido como un punto de partida, un puerto del que sale un barco. Y a partir de ahí, tú exploras.




El paisaje desnudo y el viento de Almería en La mitad de Óscar. La melancolía de Granada en Caníbal. ¿Qué aporta Sevilla a El autor?

Es algo que tenéis que decir vosotros cuando la veáis. Yo creo que mucho. He hecho el mismo viaje que cuando rodé en Almería, allí de forma más natural porque es algo que he vivido. Hay gente que cuando ve La mitad de Óscar -una película que me sigue dando muchas alegrías cuando siguen pasando los años- me preguntaba que cómo había rodado el viento, en esa escena en que Verónica [Echegui] y Rodrigo [Sáenz de Heredia] se pierden por la playa. Y les respondo que no lo sé, que es el viento de mi infancia. Para mí, el viento es así.

En Sevilla he hecho el mismo proceso. Es una ciudad que conocía, a la que había ido muchas veces, así que me fui a vivir allí una temporada. La he caminado, he localizado, la he vivido, me he integrado en ella. Es algo muy especial, un viaje personal muy bonito. Y creo que la película tiene algo que proviene de la ciudad: los decorados, ese mármol rojo… Un sevillano que ha trabajado localizando me decía: nunca me había dado cuenta de que hubiera tanto mármol rojo en la ciudad. Hay características, cosas de las que no te das cuenta y descubres de manera inconsciente y están allí. Pero es una película muy intimista, como Caníbal. Gran parte de la acción ocurre en un piso aunque no evito la atmósfera de la ciudad, del centro, de lo que vivo cuando salgo a la calle. No es una película que se pudiera situar en cualquier ciudad sino que ocurre en Sevilla. Trato de transmitir ese espíritu como lo hice cuando rodé en Almería y Granada.

La película habla de si el fin justifica los medios para lograr un propósito, en este caso el éxito literario. ¿Podría extrapolarse al cine?

El arte, esencialmente, tiene algo inmoral, políticamente incorrecto, o debería tenerlo. La búsqueda de historias, de imágenes, es esa búsqueda espiritual de trascender, de ir más allá de la pura realidad sin sentido que nos rodea. Los artistas están continuamente cruzando la línea. Hasta qué punto tienen o no permiso, hasta qué punto les hace daño a ellos mismos o a otros, es algo que está en la película. Hay una cierta reflexión, aunque no de forma solemne, de hasta dónde está dispuesto alguien a llegar para escribir una novela, para ser pintor o para hacer una película. Incluso para vivir un gran amor. El hombre siempre está transgrediendo el lugar de lo canonizado, de lo estándar. Lo políticamente correcto es un lugar muerto; lo otro es el lugar donde ocurren las cosas, aunque obviamente eso tiene un precio.

¿Siente que cruza esa línea con sus películas?

Sí, y aquí de alguna manera me río de mí mismo. En ciertos momentos me he sentido como el protagonista. Lo digo sin ningún tipo de solemnidad ni de seriedad. Ese personaje que quiere hacer algo por encima de todo y tiene por un lado la ingenuidad de un niño pero por otro dices: hay que ver con el niño (risas); ese niño que lleva dentro dónde va, dónde es capaz de llegar. Los seres humanos somos así: complejos, contradictorios, llenos de sombras y luces. Para lo bueno y para lo malo.




La corrección política, el pensar en lo que el público quiere ver, son límites que también condicionan a los creadores.

Claro, eso es lo que digo que mata completamente. El riesgo, el error, la posibilidad del fracaso, es la fuente, el origen del que bebe el hombre. Hacer algo, hacerlo mal y fracasar: así es como funciona el ser humano. Un niño aprende a andar porque se cae: prueba-error, prueba-error, prueba-error. Si tú cercenas eso, la posibilidad del fracaso, de equivocarte, de ir más allá, de meter la pata, y lo dejas todo para ir a lo que sabes que funciona, al canon, al estándar, a lo políticamente correcto, al “no vamos a seguir los impulsos no vaya a ser que...”, así, efectivamente, tienes un producto con capacidad para llegar a más público, pero muerto. Yo intento, en la medida de mis fuerzas y de mi capacidad para superar las barreras que existen -y que cada sector, no solo la cultura, tiene-, evitar eso, que me parece nefasto: el reino de lo políticamente correcto, del estándar, del canon.

¿Mantener esa integridad le ha impedido ser un cineasta más ‘comercial’?

Uno vive la época en la que vive y tiene el público que tiene. Hacemos las películas que hacemos porque también hemos acostumbrado al público, en cuanto a estándares comerciales; el estándar que marcan de alguna manera los dos grandes estudios alrededor, Antena 3 y Telecinco, y el tipo de producto audiovisual que ellos hacen, que aparentemente llega a más gente en este país. Vivimos en esta época, no puedo pensar en otra ni tampoco me quiero quejar. He tenido muchos proyectos que no he podido hacer y me hubiera gustado rodar más películas. Me siento muy joven, a pesar de los años que llevo en la industria, porque me siento incipiente y no sé si podré hacer más películas. Esa fragilidad con la que vivimos ahora es diferente a lo que experimentaban los cineastas clásicos hace tres o cuatro décadas: tenían carreras que duraban años y años y aunque se equivocaran una o dos veces tenían fluidez, no sentían el peso de que cada película iba a definir su destino, como sucede ahora. Quizás eso era más fácil y en otros aspectos su situación era más complicada. Salirse del raíl, en el arte como en el cine, la política o la sociedad, tiene un precio, y tienes que estar dispuesto a pagarlo.

El autor es también la historia de una obsesión. ¿Le han obsesionado muchas historias?

Alguna se ha quedado por el camino y son como los hijos muertos, te duele hablar de ellas. Las películas que he hecho, todas, han sido porque me he empeñado en hacerlas. Cada vez que empiezo una nueva, siempre, me pregunto si no encontraré una película que sea capaz de levantar sin dificultades. Y no, parece que no. Y en las que digo que tire otro, no se hacen: solo salen aquellas en las que me empeño hasta el último átomo de mi energía. Bueno, es lo que hay.




Uno de los proyectos que sí avanzan es The Miramar Murders, documental sobre Pablo Ibar, el español condenado a muerte en Estados Unidos.

Estamos rodando. Está siendo un largo proceso de varios años que no va a terminar hasta que no acabe el juicio. Poder contar esa historia desde dentro está siendo un viaje alucinante. Y estoy peleando otros proyectos, de los que prefiero no decir nada por si luego no se hacen. Pero lo que te cuento le pasa a cualquier director. Un escritor se tiene que enfrentar a sus propios bloqueos, a lo que hable con la editorial, pero al final siempre puede escribir para sí mismo. Pero eso no pasa con una película, algo que implica tanta energía, esfuerzo y dinero que no puede ser algo solo para ti.

¿Cómo valora la aparición de nuevas plataformas de difusión y producción de contenidos, como Netflix? La gente necesita ver historias, películas, series, da igual el formato. Lo importante es poder llegar al público y que no todas esas películas sean estándares, iguales, que podamos seguir jugando y experimentando en todos los formatos. Así que las nuevas plataformas, bienvenidas sean. Ahora, esto es una industria y necesitamos dinero para vivir, para no tener que volver al esclavismo cuando los artistas solo podían ser los ricos o los pagados por los mecenas. Queremos vivir de nuestro trabajo, así que como estamos en un mundo capitalista el espectador debe pagar por ver cine. El gran problema, para mí, sigue siendo la piratería. En el momento en que estas plataformas ayuden a acabar con ella, el Gobierno se ponga las pilas, como poco a poco va haciendo, y se conciencie de que tienes que remunerar el trabajo, que el dinero de una película no es para gambas sino para pagar los sueldos de la gente que pasa mucho tiempo trabajando en ellas, podremos seguir haciendo películas. Está bien que exista un cine estándar y canónico que llegue a mucha gente pero debe existir un cine que asuma riesgos y que se quede ahí como parte de nuestra cultura.

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