Las cosas buenas que perdimos

Antes no se vivía mejor, se vivía diferente. Aún existía aquello de la vida tranquila

Dos vecinas de la calle Clarín conversando en la puerta de sus casas mientras tomaban el sol. Una estampa habitual de aquella vida serena.
Dos vecinas de la calle Clarín conversando en la puerta de sus casas mientras tomaban el sol. Una estampa habitual de aquella vida serena.
Eduardo de Vicente
19:47 • 21 nov. 2023

No se puede afirmar que hace medio siglo se viviera mejor que ahora porque no es cierto, pero sí que con el paso del tiempo, con el progreso, con la tecnología llevada al límite, con la soledad de las nuevas ciudades, se han ido perdiendo comportamientos y formas de vida que hacían la existencia más agradable.



Entonces existía aquello que llamábamos la vida tranquila, que era una aspiración colectiva y para muchos de nosotros una vocación. Almería era el paraíso de la vida tranquila. Presumíamos de que aquí nunca pasaba nada y de que todavía gozábamos del privilegio de vivir como si estuviéramos en un pueblo. Los días pasaban más lentos, como si tuvieran más horas, y los niños tenían tiempo para todo: para ir al colegio por la mañana y por la tarde y para salir un rato a jugar a la calle sin que las madres tuvieran que estar vigilando como centinelas. 



Se aprendía a vivir en la familia y en el colegio, pero la verdadera vida estaba en la calle. Es difícil ponerle una fecha al momento en el que cambió la historia y las calles empezaron a vaciarse, pero es indudable que coincide con esos años en los que la televisión se instaló hasta en la vivienda más humilde del barrio más pobre y los niños, que antes jugaban a los indios y a los pistoleros por los solares con cuatro palos viejos y un arco de madera, se quedaban los sábados por la tarde sentados en el sofá viendo las película por la tele. La ficción fue ganándole terreno a la realidad.



Almería, según los almerienses, era entonces un paraíso. Uno podía sacar una silla a la puerta de su casa y sentarse a tomar el fresco con la seguridad de que nada iba alterar el orden establecido. Apenas había ruido de coches, porque pasaba uno de vez en cuando y no habían aparecido aún en escena los vecinos ruidosos con los altavoces y las canciones de los Chichos a todo volumen. Los días se sucedían sin sobresaltos y siguiendo un orden natural que había permanecido inalterable durante décadas. El cartero pasaba todos los días a la misma hora, aunque lloviera o soplara un vendaval; el barrendero te limpiaba la calle y se paraba en la puerta a echar un cigarrillo; el hombre de los muertos llegaba puntual a primeros de mes para recordarnos la fugacidad de la vida y el vendedor ambulante del pescado pregonaba su mercancía, la más fresca del mundo, puerta por puerta



El pito de Oliveros nos daba la hora y por la noche, cuando los comercios cerraban sus puertas, la ciudad se iba a dormir como si alguien le echara la llave a las calles. Los domingos nos vestíamos de limpio y nos íbamos a pasear a los mismos sitios y en verano, cuando llegaba la fiesta del 18 de Julio, nos echábamos la nevera al hombro y llenábamos las playas como si nunca hubiéramos visto el mar, como si en vez del Barrio Alto, de Regiones o del Quemadero, viniéramos del pueblo más lejano de la provincia de Jaén.



En aquella vida sencilla las cosas pasaban de verdad. Los niños nos enamorábamos locamente de una vecina, de la nueva que había llegado al colegio, de la prima de una amiga que había venido de Madrid y nos moríamos por rozarle una mano o porque nos diera un beso en la oscuridad de un portal, y no en la pantalla de un ordenador ni tecleando besos en un móvil.



Esa sencillez de la vida de entonces se plasmaba también en la Navidad, que era más auténtica porque carecía de los artificios de ahora, no tenía ese toque de impostura que tiene actualmente, donde todos estamos condenados a ser exageradamente felices y pobre de aquél que no lo parezca. No existían todavía las comidas ni las cenas navideñas de empresas que ahora empiezan en el mes de noviembre ni los ayuntamientos se gastaban una millonada en luces como si se acabara de inventar la electricidad. La Navidad de antes empezaba en Navidad, el día que nos daban las vacaciones en el colegio, y las alegrías y las tristezas se compartían entre los vecinos, cuando las puertas permanecían abiertas y hasta en la casa más humilde no faltaba nunca la botella de anís el Mono y la bandeja de mantecados de Laujar para todo el que pasara por la puerta.





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