La tienda que resistió a la guerra

Luis Morales abrió en los años 20 una tienda de ultramarinos en la calle Conde Ofalia

La fachada y el toldo de la tienda de Luis Morales, con la fachada principal a Conde Ofalia y otra lateral que daba a la antigua calle del Ángel.
La fachada y el toldo de la tienda de Luis Morales, con la fachada principal a Conde Ofalia y otra lateral que daba a la antigua calle del Ángel.

Luis Morales era su tienda. Su oficio era su vida y él formaba parte de aquel escenario como la espléndida estantería de caoba que presidía la pared principal. Vivía de la tienda, vivía para la tienda y vivía por ella, con esa forma de entender el comercio que tenían los tenderos antiguos. Estaba tan arraigado al mostrador y al guardapolvo que cuando sus clientas lo veían por la calle vestido de domingo, les costaba trabajo reconocerlo


La tienda de Luis Morales llegó a ser uno de los comercios de referencia de la calle del Conde Ofalia. Ocupaba un lugar preferencial en el centro de la plaza, con una fachada lateral que se metía por la estrecha calle del Ángel. Formaba parte de aquella manzana desde los años veinte y allí estuvo durante cerca de medio siglo. 


Ni la guerra civil le cerró las puertas. Aguantó todos los chaparrones: la insistencia de los comités obreros en controlarle las ventas, la escasez de productos que llegaban a los mercados y sobre todo, el miedo y la pobreza que vinieron de la mano. A sus vitrinas llegaban como lluvia caída del cielo los cargamentos de garbanzos en el segundo año de la guerra, cuando había que hacer colas para comprar legumbres y leguminosas. 



La tienda superó los bombardeos, la incertidumbre de aquellos meses y nunca llegó a echar la persiana aunque sus vitrinas estuvieran vacías. Cuando terminó la guerra volvió a recuperar todo su esplendor, aunque el género siguiera llegando con cuentagotas.


La tienda de Luis Morales tenía su propia personalidad. Se reconocía por la amplia gama de olores que  se iban repartiendo por la calle según la hora del día. Dos meses después de terminar la guerra civil era uno de los pocos comercios en Almería que tenían tostadero propio de café. 



Por la mañana, la tienda esparcía por la Plaza del Conde Ofalia el aroma de los quesos que se almacenaban en una artística estantería de madera. La tienda de La Milagrosa olía a los embutidos que le traían de los pueblos cuando comer morcilla o chorizo era un lujo sólo al alcance de unos pocos. El olor de los embutidos se mezclaba con el del atún y con el de los arenques que aplastados en cajas redondas de madera se exhibían junto a la puerta a modo de reclamo.


El establecimiento ocupaba un rincón privilegiado, era un  lugar con mucha vida, entre la Plaza de Santo Domingo y el Paseo, cerca del Cervantes y enfrente de una de las paradas de coches de caballos más importantes de Almería. Los cocheros fueron buenos clientes de Luis Morales, ya que el comerciante, que no desaprovechaba ninguna oportunidad de hacer negocio, se especializó en preparar los sacos de pienso y las raciones de algarrobas que consumían las caballerías. 



Además de los ultramarinos finos que le dieron fama al local y de la comida de los caballos, en La Milagrosa se vendía el popular licor estomacal del doctor Rodríguez, un brebaje que se fabricaba en el pueblo granadino de Órgiva, que en los años cuarenta lo recetaban los médicos para consumirlo después de las comidas y evitar las digestiones pesadas. 


La tienda de La Milagrosa fue una de las que en 1954 pusieron de moda el llamado ‘cupón de ahorro y construcción’, un invento de la empresa Segovia, Trías y Compañía para vender viviendas a precios más baratos en colaboración con varios comercios. Por cada compra que se hacía daban unos sellos y unas cartillas para pegarlos. Cuando se juntaban diez cartillas al cliente se le ofrecía la oportunidad de construirle una vivienda por valor de cincuenta mil pesetas que el agraciado tenía que amortizar en quince años a razón de trescientas pesetas mensuales. Las viviendas que ofertaban eran bloques de pisos que se proyectaron en el Paseo de Versalles.


En su afán de promocionar el negocio, Luis Morales Navarro se especializó también en las gaseosas, que regalaba a los niños en cada compra.



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