El churrero de la calle Mariana

La calle Mariana tenía impregnado el perfume de los churros de Miguel Expósito

Miguel Expósito, con su característica gorra blanca, en uno de los puestos ambulantes que montaba en la ciudad en las fiestas señaladas.
Miguel Expósito, con su característica gorra blanca, en uno de los puestos ambulantes que montaba en la ciudad en las fiestas señaladas.

Cuando la calle de Mariana era una avenida principal tenía sus olores característicos, los que le daban algunos de los comercios que durante décadas fueron la columna vertebral de este rincón de la ciudad. 


La calle llevaba impregnado el perfume de los pasteles que se elaboraban a diario en el obrador de la confitería de don Ángel y el aroma mañanero de los churros de Miguel Expósito, un aroma en dos dimensiones, ya que se podía oler y también se podía contemplar  en aquellas nubes de humo que se escapaban por la ventana. Olía a churros recién hechos, a pasteles calientes y en los veranos a los helados de Adolfo que renovaban el ambiente de la calle con su brisa de limón, fresa y vainilla


Los churros de Miguel Expósito fueron durante años el desayuno de los funcionarios del ayuntamiento, que se tomaban el café en el bar ‘El Paso’. Con tantos olores no es de extrañar que con solo pasar por la calle de Mariana se te abriera el apetito. Recuerdo aquellas mañanas de feria, después de la diana de gigantes y cabezudos, cuando se formaban colas en la acera de la churrería para comprar un papelón de churros recién sacados de la sartén. 


El churrero era un buscavidas y cuando veía la posibilidad de hacer negocio en otros barrios no dudaba en ir de un lado a otro. En verano, como los artistas, se iba de gira por los pueblos, allá donde celebraran las fiestas del patrón. En la feria se instalaba en la Plaza Circular o en el Parque y cuando llegaba Semana Santa se iba en busca de un buen rincón en el centro de la ciudad. 


Era un churrero de sangre, de los que disfrutaban con su profesión en una época en la que se trataba de un oficio vocacional y hereditario que se iba transmitiendo de padres a hijos. No había escuelas ni academias donde enseñaran a hacer churros. La mayoría de los churreros de Almería aprendían la profesión antes de que les salieran los dientes, entre los fogones y las sartenes ambulantes que sus familias instalaban por las ferias y por los mercados de la provincia.  Detrás de cada churrero había un mundo de madrugadas a la intemperie, de aceite hirviendo y bocanadas de humo que quitaban el frío y engañaban al hambre, de colchones en el suelo, luces de Tío Vivo y voces de charlatanes que anunciaban muñecas tras el mostrador de una tómbola destartalada.



Era un viejo oficio que se fue apagando con el tiempo, aunque todavía quedan algunas de esas familias que se mantienen en la profesión perpetuando la herencia. Entre los más antiguos que quedaban en Almería estaban los churreros de la calle Gravina: Antonio Navarro del Pino y su esposa, María Isabel Martín Salinas. Eran la cuarta generación de una saga de churreros que inició la bisabuela de Antonio en 1890. 


Otra churrería histórica fue la del Mercado Central, que en 1898 ocupaba uno de los portales de la Circunvalación. La Plaza siempre tuvo sus puestos de venta de churros y sigue teniéndolo porque sobrevive el del bar Habibi. Allí comenzaron dos churreros de solera como fueron el Compadre y la Comadre y allí aprendió su hijo, Miguel García Márquez, que hoy sigue ejerciendo el magisterio del buen churro en el barrio de Nueva Andalucía.


En los años de la posguerra se multiplicaron las churrerías por todos los barrios de la ciudad. La pobreza obligó a mucha gente a tener que buscarse la vida con los mínimos recursos. Fue muy famosa en aquella época la churrería de las Cuatro Calles, que tenía el mostrador sobre la acera. Era la única que abría en la madrugada del Viernes Santo. A las cuatro ya estaba calentando el aceite para que los churros estuvieran recién hechos cuando la multitud pasara acompañando al Cristo de la Escucha.


La churrería del 18 de Julio surgió a finales de los años cuarenta cuando construyeron la clínica. Es difícil encontrar a alguien en Almería mayor de cuarenta años que no haya pasado por aquel hospital que levantó el franquismo y por aquel puesto de churros donde la gente aparcaba sus males durante unos minutos. Había también lugares donde servían los churros a domicilio. El bar Pasaje tenía un servicio de desayunos que dos camareros se encargaban de llevar por las casas de los clientes. 


Es uno de los que han conseguido sobrevivir al paso del tiempo. El negocio empezó en los años treinta cuando Carmen Segura Ruiz montaba el chiringuito por las ferias de los barrios y de los pueblos cercanos. Terminó estableciéndose en la calle Tejar del Zapillo, junto al bar Los Gallos. Su hijo Manuel Jiménez Segura siguió sus pasos y se estableció con un puesto de churros en la Plaza Pavía, mientras que su hija Isabel lo puso en el mercadillo de las 500 Viviendas, al lado de la farmacia de don Guillermo Verdejo. Cuando se casó con Luis Marín, se mudaron al badén de la Rambla, punto de encuentro de los obreros que pasaban a las cinco de la mañana camino de los trabajos; allí paraban para tomar una copa de anís con limón o de coñac, el café caliente y una buena porra de churros.



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