Almería en los tiempos del covid-19 (XLII): Personajes para una crisis

Las colas, tan de otro tiempo, han vuelto a formar parte del paisaje de Almería, ante el supermercado, ante los bancos, ante las farmacias.
Las colas, tan de otro tiempo, han vuelto a formar parte del paisaje de Almería, ante el supermercado, ante los bancos, ante las farmacias. JA Barrios

Cuándo volverán los cines. Mis padres se conocieron en uno de ellos: ella era la taquillera y él un forastero recién llegado al pueblo. A ella le gustó él al verlo por la rendija, tan bien peinado, y en vez de devolverle el cambio simuló que se había quedado sin monedas, para que volviera al día siguiente. 


Que vuelva el cine y que acabe esta plaga bíblica de series de Netflix, que es como una plaga dentro de otra plaga. Ocurren muchas cosas en los cines que han dejado de ocurrir. Quizá sea el momento de que algún avispado empresario invierta en un autocine de esos que veíamos en las películas americanas, como la historia de Danny y Sandy en un descapotable bajo la Osa Mayor, ella con un lacito verde en el pelo, él con chupa de cuero y reflejos de brillantina. Quizá sea el momento para un autocine donde habría menos peligro de contagios. Quizá una gran pantalla en el Parque del Andarax y un estacionamiento lleno de coches con parejas comiendo hamburguesas o lo que tuviesen que comer. 


Netflix, como digo, se ha convertido en un lenitivo ante la ausencia de la gran pantalla. Uno de los grandes personajes que ha legado este encierro cósmico ha sido precisamente el consumidor de series, el confinado que ha hecho de su sofá su santuario, empalmando maratones de historias de diverso pedigrí con una bandeja de frutos secos al lado.


Pero esta epidemia nos ha legado también otros entrañables personajes : El runner, ese almeriense que salió el sábado pasado como si no hubiera un mañana a correr por el Paseo Marítimo envuelto en una malla. Se ha tirado toda la cuarentena soñando con ese momento en el que se abriera la puerta y salir como un caballo  quemando etapas entre el Portón de la Bahía y la escultura de la tumbona de Manuel Domínguez; el ‘vecino policía’, siempre cabreado, ese almeriense que se ha tirado todo el encierro controlando quién entraba y quien salía del edificio y con qué objetivo, supervisando si la bolsa de basura era de verdad o si algún vecino había ido tres veces a la carnicería; el pasota,  el que no sabe aún lo que es calzarse unos guantes, ponerse una mascarilla, ese que le da igual toserte en la boca. “Qué no pasa nada hombre, que esto es un resfriado”; el apocalíptico, siempre llorando, el mundo se derrumba, quién va a ir a trabajar ahora, con frases como “prepararos para lo que nos espera”, “tendremos que comer desperdicios”; el repartidor, el rey de las calles, el mensajero de los dioses, con su paquete de Amazon o con un pedido de pizza, con su motillo siempre engrasada, recorriendo las calles de la ciudad desierta, tocando timbres, subiendo y bajando ascensores y escaleras con la agilidad de un gato; el cajero del súper, viendo la vida pasar desde la cinta, como en un tiempo de revolución industrial, alimentos y más alimentos para el confinamiento en filas interminables, pensando, como Jorge Manrique, que cualquier tiempo pasado fue mejor; el profeta, que todo lo sabía de antemano, lo que pasa es que no se atrevió nunca a decirlo y que tiene la solución: “esto se arregla con cuatro hostias bien dadas”.




 

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