Almería en los tiempos del covid-19 (XXV): La vida a domicilio

El periodista Alfredo Casas , con buen aspecto, haciendo el programa de radio de la Cadena Ser desde su casa, con juguetes en la mesa.
El periodista Alfredo Casas , con buen aspecto, haciendo el programa de radio de la Cadena Ser desde su casa, con juguetes en la mesa.

- “Aquí el Supermercado de Afectos de la Avenida de la Estación, en qué puedo ayudarle señora” –“Me pone cuarto y mitad de cariñitos en la nuca, 200 gramos de miradas cómplices y un contramuslo de recuerdos bonitos, que esté bien pasado por favor, todo en la misma bolsa y me lo manda a la dirección de siempre” -Perfecto, sale el mensajero, en media hora los tiene, ¿tarjeta o efectivo?


Este virus que no se va y que no tenemos ninguna certeza de que lo vaya a hacer, que ha cambiado ya nuestras vidas más que la rueda o la imprenta, que nos obliga a llevar una existencia de cartón piedra, está convirtiendo a nuestra ciudad en un partido de tenis en el que unos sirven y otros restan. Todo puede llegar ya a casa a golpe de tecla o de teléfono y cuando digo todo es casi todo, excepto la ficción tremendista de más arriba. Puede llegar desde un lomo de merluza fresca servida por las niñas de Juan Morato a pintura acrílica de las tiendas de Andrés Valero, desde el tóner para la impresora de Altec a un plato de gachas recién hechas de ‘Como en Casa’, desde el Decamerón servido por Amazon con sus páginas pecadoras, a sagradas formas sin consagrar del obispado para lavar alguna culpa. Todo te lo trae un muchacho en moto y mascarilla a la República Independiente de tu Casa -ayer fue 14 de abril- si tú quieres.  Siempre lo hemos dicho -desde que abandonamos las cuevas paleolíticas- “en casa, como en ningún sitio”.


En las calles de esta ciudad mortecina, solo se ven ahora repartidores a diestro y siniestro, motoristas que no tienen que respetar semáforos porque ya apenas queda gente que cruce, mensajeros de pizzerías o de bocaterías que circulan urgidos por cumplir con la vasta demanda de una clientela cada vez más fosilizada. Hay también repartidores que van a pie, como soldados de infantería, como el de Ultramarinos San Antonio, en la calle Castelar, con su eterno torillo de dos ruedas cargado de pedidos para señoras mayores que les cuesta salir a la calle. Una de ellas pide todos los días yogures y más yogures de Danacol, llenando armarios como Diógenes, contagiada por el virus del bífidus activo.


 Pero hay también héroes de barro en este Gran Hermano en el  que andamos metidos, gente prodigiosa en la que no caemos en la cuenta y sin la que no podríamos soportar esta vida sin salidas. Lo dijo ayer un tipo de Pulpí: “La cultura es el gran soporte del confinamiento”. 



Qué habría sido de nosotros estos días sin películas que ver, sin libros que leer, sin música que escuchar, qué sería de Gabriel Amat sin su ración diaria de películas del Oeste, que sería de [email protected] que viven solos y hacen las camas o barren el suelo sin la compañía de la  radio amiga. Tenemos ahí toda esa ‘biblioteca de Alejandría’ en papel o digital, esa gran filmoteca, esa discoteca mundial para nosotros, en la confortabilidad de nuestro hogar, gracias al talento impagable de unos creadores. Todo eso que está ahí  tan a mano -que está, pero que podría no haber estado- y sin la que hubiera sido más árida, más ingrata aún, esta obligada cuarentena. A veces no nos damos cuenta de lo que tenemos, porque solo pensamos en lo que no tenemos. A veces, en estos días que todos queremos que terminen -por nuestros hijos, por nuestros padres, por nosotros mismos- es tan necesario un bolero como un pimiento, para poder seguir viviendo.


 

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