Antonio el peluquero (I): El alma de la peluquería de Antonio

Antonio Díaz González, cotizadísimo peluquero de señoras, se formó con Llongueras

Antonio Díaz montó un elegante salón de peluquería en 1968 en el edificio Géminis del Paseo.
Antonio Díaz montó un elegante salón de peluquería en 1968 en el edificio Géminis del Paseo. La Voz
Eduardo del Pino
20:15 • 26 mar. 2019

Hay nombres que se quedan grabados en la memoria popular, personajes que pasan a formar parte del inconsciente colectivo de una ciudad y sobreviven al paso del tiempo mientras haya alguien que los recuerde. Todavía, más de cuarenta años después de que se retirara del oficio, hay mujeres en Almería que no han olvidado la figura de uno de los peluqueros que más huella dejaron en su profesión: Antonio Díaz González. 



Antonio no era un peluquero convencional, ni un estajanovista del oficio que buscara el éxito a cualquier precio, ni el honor de morir con las botas puestas rodeado de secadores y olor a  perfume caro. Quería estar en la profesión de paso, siguiendo los caminos que le dictaba el alma. Los honores, los reconocimientos, el dinero por el placer del dinero, nunca llegaron a ocupar sus sueños ni a alimentar su insaciable necesidad de búsqueda interior. 



“Señor, no me sacies de placeres y riquezas que hagan mi vida aburrida. Dame carencia de cosas para que cada amanecer emprenda la aventura ilusionada de una nueva conquista”, escribió en una de esas aventuras interiores que el peluquero emprendía en sus momentos de soledad.



Antonio Díaz González nació en el pueblo de Escúllar en 1927. Fue niño de la guerra y huérfano a temprana edad. Ese vacío por la ausencia de sus padres lo fue llenando primero con la figura de su abuelo Joaquín y después con la presencia de su tía Remedios. Sus primeros recuerdos estaban ligados a su abuelo, agricultor y jefe de estación en Doña María, con el que el niño descubrió la belleza de los primeros atardeceres. Muchos años después, rememorando la figura de su querido abuelo Joaquín, escribió: “Tan normal y tan enjuto, tan chupado de carnes que a media distancia no era fácil verlo”.



Su abuelo, el pueblo, el vacío de los padres que no conoció, las secuelas de la guerra, el descubrimiento de la ciudad... Poco después de terminar la guerra, Antonio se vino a Almería, a la casa de su tía Remedios, una mujer viuda que acababa de casarse en segundas nupcias. Sin tiempo para ir al colegio, el niño se vio obligado a hacerse un hombre a la carrera, ayudando a su nuevo tío en la peluquería que regentaba en la calle Real. Era un salón de caballeros donde lo mismo se arreglaba un abogado ilustre que el obrero más humilde del puerto. Cuando empezó a trabajar era tan niño que su tío tenía que ponerle un cajón de madera para  que pudiera llegar al cuello de los clientes cuando había que sacudirle los pelos.  Aquella primera experiencia de aprendiz de peluquero le marcó la vida: fue aprendiendo un oficio y a descubrir al otro Antonio, al personaje interior que cada noche, cuando llegaba cansado del trabajo, le robaba horas de sueño leyendo libros a la luz de una vela. Eran los libros que le dejaba un cliente, un médico que supo entender su vocación secreta. 



Antonio se fue haciendo un hombre de provecho y un día montó su propia peluquería. Era peluquero, aunque por dentro sus emociones lo llevaran por otros caminos. En esos momentos de dudas fue clave la figura de su mujer, Encarna Ramos, que un día le propuso montar una peluquería de señoras, donde había más futuro. Con el dinero que habían conseguido ahorrar, se fueron a Barcelona para que Antonio pudiera entrar como alumno en el prestigioso salón de Llongueras, una peluquería vanguardista donde llegaban las últimas tendencias europeas.





Un año de aprendizaje fue suficiente. En 1959, Antonio Díaz regresó renovado de Barcelona para  montar su primer salón de señoras, en un local de la calle Gravina. Vino con otra forma de entender el oficio. La primera innovación que introdujo fue la de las citas por teléfono, una costumbre que entonces no existía en la profesión.


Fueron años de éxito profesional. Su fama llegó hasta los oídos de la actriz Brigitte Bardot, que estando alojada en el Hotel Aguadulce lo mandó llamar para que la atendiera. Él, que no hacía distinciones entre su clientela, le dijo que no hacía servicios a domicilio. 


Cuando la peluquería de la calle Gravina se le quedó pequeña dio el salto al corazón de la ciudad para instalarse en el edificio Géminis, el de Simago, el más moderno de Almería. La única duda que tuvo a la hora del cambio fue la preocupación por no saber si una parte de su clientela se iba a atrever a coger el ascensor, otra novedad en la Almería de aquella época.


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