Tengo cáncer

De pulmón. Lo he asumido con normalidad

La Voz

De pulmón. Lo intuí el día 11, para mí, habitualmente, un día amable: aniversario de mi boda y cumpleaños de mi hija. Estaba tranquilamente sentado en la terraza y, de pronto, el corazón se disparó a 177 pulsaciones. Cristina, mi hija, se empeñó en llevarme a Torrecárdenas. Me atendieron de inmediato y me dejaron en observación. Por la noche, Macarena López de la Puente, la joven médica que me atendió, me dijo que debía quedarme internado porque en una radiografía había visto en el pulmón derecho una mancha que debía ser estudiada.


A la mañana siguiente me trasladaron a la planta de Medicina interna y, durante varios días, me sometieron a pruebas exhaustivas, que confirmaron la sospecha. Y una vez más he comprobado la excelencia de la Sanidad pública, por sus instalaciones y sobre todo, por el nivel científico y humano de sus profesionales. Todos, extremados. Y quiero agradecer sus atenciones y cariño, y debo hacerlo de manera muy especial a la médica Alexandra Aceituno y a la enfermera Susana González Gris, mis más cercanas, eficaces y sonrientes ángeles de la guarda.


¿Cómo lo he encajado? Bien, con normalidad. Decía John Lennon que la vida es lo que va pasando. Y me ha pasado. No diré que lo esperaba, pero sí que no lo descartaba: tras varios sobresaltos de salud en los últimos años, más de sesenta de fumador empedernido y el antecedente de mi padre, era un jugador aventajado en esa tómbola. ¿Qué haré ahora? Aún no lo sé. La mayoría de los cánceres se cura y admiro a quienes les plantan cara y luchan denodadamente. Conozco a muchísimos supervivientes, curados y que hacen vida normal. Pero mi decisión depende de los detalles de la biopsia, cuyo resultado no conoceré hasta dentro de unos días. Sólo sé que, afortunadamente no tengo metástasis y que el bicho, aunque es grandote, está limitado al pulmón. A mis años, casi 73 ya, si la solución es, digamos, no cruenta y garantiza una supervivencia de calidad, optaré por ella; si no lo es, dejaré que la vida siga su curso hasta el final, metido como estoy en la ancianidad, “último periodo de la vida ordinaria del ser humano”, según el Diccionario de la RAE. Es, para mí, una mera cuestión de coherencia: siempre he pensado que la vida es, sólo, carpe diem, cuestión de intensidad –sin esperar a que la muerte cure de la vida, como decía Jorge de Oteiza- y no de extensidad, y que la muerte sólo es espantosa para quienes no mueren con esa muerte -familiares y amigos- pues para los muertos, después de morir no hay otro mal ni penar, escribía Jorge Manrique, y todo es morir, y acabose la obra,  Cervantes; que la vida es, sólo, un préstamo –una letra a la vista- que hay que devolver. Decía  Omar Khayyám que “la vida es un bien que yo no elegí y que devolveré con indiferencia”. Por ello, siempre llevo en el bolsillo la tarjeta de embarque.


Y es verdad. Yo, no hice nada por ni para nacer. Antes de nacer, yo era la nada. Y la nada no hace nada. No pedí, pues, nacer, ni tener unos padres y una mujer y unos hijos maravillosos, ¡no digamos Fausto y Alejandro, mis nietos!, ni nacer en Almería, España, Europa, Occidente... Escribe Leonardo Padura: “La vida es algo que uno se encuentra sin haberlo pedido, en una época y en un lugar que son arbitrarios, con unos padres y unos familiares y hasta unos vecinos impuestos.”




Pude no haber nacido. Y Ginés Morata, nuestro Premio Príncipe de Asturias, me dijo, hace años: “somos una colección de azares... el resultado de una serie de circunstancias que no dominamos”


Y he escrito muchas veces que, a mi edad, casi todo es pasado. Y, a veces, he citado a Woody Allen, que decía “me interesa el futuro porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida”. Ya, eso, lo borro, y me quedo con que, como dice Mía Couto, el cuerpo está hecho de tiempo y acabado el tiempo se acaba también el cuerpo. Así entendida, la vida es, literalmente, un pasatiempo, de verdad, es sólo un rato. En mi caso, un rato largo, pues me ha dado tiempo a pasar de ser, en mi infancia, el nieto de Fausto Romero a ser, en mi vejez, el abuelo de Fausto Romero. Y de Alejandro. Siete décadas entre ambos puntos, durante los que el río de la vida ha dejado de ser un torrente travieso y bravío, y se ha convertido en un río manso, sosegado, plácido.


Si he de morirme pronto -la muerte no se apura, sin  embargo,  / ni se aplaca. Tampoco se impacienta, dice Benedetti- pues sea: no me produce ninguna inquietud ni miedo: siempre supe que lo único mortal, sin discusión posible, es nacer. Yo seré la nada y la nada...


He vivido una vida no me atrevería a decir que feliz, pero sí intensa e interesante, vivida, un caleidoscopio: en la medida de lo posible, he procurado ser su dueño y me he echado al río, no subido a la ventana para no mojarme, como me temo que hay muchos que hacen, pues, como explica Pedro M. de la Cruz “las voces son una cosa, y los ecos, otra”, y no he querido ser eco: ejerzo aún, desde hace casi cincuenta años, una profesión, la Abogacía, que me apasiona; durante veintimuchos años he tenido contacto diario con los jóvenes alumnos de la Universidad, a la que siempre he entendido como “la casa del estudiante”,  a cuyo servicio he estado; he participado en la vida social, cultural y política de mi tierra; recibí el altísimo honor de ser nombrado hijo adoptivo de Macael; tengo aficiones gratificantes; he escrito más libros que hijos he tenido; tengo amigos del alma... Más de una vez he dicho que he cumplido mis deberes con la vida y que a ella, ya, sólo le faltaba darme satisfacciones. Y las he tenido: haber visto nacer y crecer a mis nietos, Fausto y Alejandro, ha sido la mayor. En esencia, he vivido todo lo que quería vivir. Y no tengo nostalgia de cosas que aún no han sucedido porque sé que ya no sucederán: el truco está en no mirar ni pensar en el futuro pues es sabido que el presente existe, pero no perdura, y el pasado ¿y el futuro? tienen duración, pero no existencia. En mi caso, la vida no ha sido un largo camino hacia el cansancio, como dice alguien. ¡Todo lo contrario!


Por ello, como siempre he pensado que la vida es carpe diem, he procurado vivirla a tope, no a cuentagotas. Como los bucaneros el ron: a caliche, a gollete, directamente de la botella, y hasta acabarla... Ahora, sólo me permitiré algunos pecados gastronómicos, que tenía prohibidos. ¡Total...! Por lo demás, seguiré haciendo mi vida normal, con mi Despacho y estos artículos, mientras me apetezca y pueda. Jamás he querido marchitarme a fuego lento: la vida se enriquece cuando se suma y se empobrece cuando se resta. Y nunca se me ha ocurrido restarme a mí mismo.


Vivir, ha merecido la pena, aunque Benedetti escriba que “vivir / después de todo / no es tan fundamental” Sería para él. Y para Rilke, que decía que “vivimos despidiéndonos continuamente!  A mí, cuando me llegue el turno, me bastará con una despedida.


Y a los luchadores contra el cáncer, ¡ánimo!
¡Viva la vida feliz!


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