El hombre que guarda la historia

Narciso Espinar Campra se pone malo cuando descubre un trozo de historia de Almería tirado en un contenedor

Narciso Espinar es un explorador de la historia y un apasionado de su tierra.
Narciso Espinar es un explorador de la historia y un apasionado de su tierra.

En una de las habitaciones traseras de su casa, la puerta de acceso es una celda de la cárcel vieja con los barrotes llenos de siglos. En una caja de plástico que conserva en la terraza reposan los restos del suelo de Almacenes Segura, que pudo recuperarlos antes de que se tiraran como escombro, y a la entrada de su mansión, junto al jardín, se acumulan algunos trozos de mármol que pudo salvar de lo que fue la primitiva fuente de la Plaza de San Pedro antes de que la despedazaran.


En el piso bajo se ha ido construyendo un salón gigantesco donde guarda una parte de los tesoros que ha ido acumulando durante más de cincuenta años. El techo de madera es del siglo XVI y lo rescató de una vivienda de la calle Conde Xiquena que estaba a punto de desaparecer bajo las piquetas. Una de las puerta de esta habitación podría ser la de la sacristía de la desaparecida iglesia de San Pedro el Viejo, también del siglo XVI. Cualquier detalle de su casa es un trozo de historia de Almería que él ha ido buscando como un explorador. 


Tiene el escritorio de la Villa de Lyon, uno de los grandes establecimientos de tejidos que hubo en el Paseo desde el siglo XIX. Su mesa de despacho perteneció a la familia Roda y la caja fuerte de hierro, de las que iban empotradas en la pared, era la que guardaba las ganancias de la Isla de Cuba, otro almacén de tejidos que estaba en la calle Real. En una vitrina conserva un fusil de  chispa de los que llevaban los soldados franceses en la Guerra de la Independencia y un juego de pistolas del siglo XVIII de las  que utilizaban los románticos para batirse en duelo. Tiene cartas fechadas en Almería antes de que existieran los sellos; toda la colección de los célebres cuentos de Calleja, que heredó de su abuelo; varios ejércitos de todos los tiempos de soldados de plomo; y  todas las colecciones de tarjetas postales que a lo largo de la historia se han editado con fotografías de Almería. 
Es la vida de Narciso Espinar Campra, un rastreador de la historia, un enamorado de  todo lo que lleve la huella de Almería, un coleccionista apasionado con alma de arqueólogo que asegura ponerse enfermo cuando ve un trozo de nuestro pasado tirado en un contenedor. “En Almería tendríamos que hacer un catálogo de escombreras porque parte de nuestra historia se encuentra allí tirada”, me  cuenta.


Currículum Narciso Espinar Campra nació en 1943 en la calle de la Santísima Trinidad, en una de aquellas viviendas próximas al parque donde el viento era uno más de la familia. En las tardes de verano, cuando eran obligatorias las siestas, él se las pasaba en la cama escuchando el sonido del viento silbando por los pasillos como un tren invisible. En 1950 se marchó a Adra siguiendo el destino de su padre, empleado de Renfe, donde le dieron una vivienda de las llamadas casas nuevas de Franco, que eran tan modernas para la época que tenían cuartos de baño de lujo con bañeras grandiosas que hubiesen sido de gran utilidad si las casas hubieran tenido instalación de agua. “En la esquina de enfrente había una fuente donde íbamos a llenar los cántaros cuando alguien de la casa quería bañarse”, recuerda.


En Adra fue feliz corriendo por los calles y buscando restos de cerámica por el cerro de Montecristo. Fue entonces cuando descubrió su vocación de explorador de la historia, heredada tal vez de su padre, que tenía una espléndida colección de prospectos de cine, o de su abuelo, que le regaló toda la colección de los célebres cuentos de Calleja. 


Fueron diez años felices en Adra, toda una infancia que le dejó una huella imborrable: la libertad de las calles sin coches y la aventura de las guerrillas por los cerros; la complicidad de los amigos compartiendo las colecciones de cromos que venían con el azafrán y el chocolate y los primeros partidos de fútbol cuando era un aficionado del Valencia.


En 1961 se marchó a Madrid con la intención de estudiar Medicina, pero como los libros eran muy caros y le gustaba el dibujo, cambió el rumbo y se hizo aparejador.  Trabajó con los arquitectos Ángel Jaramillo y Ángel de Blas y acabó montando su propia empresa de construcción. En 1974 se convirtió en el promotor del Club de Tenis, tras  descubrir un paraje lleno de posibilidades y de alacranes, perdido entre los cerros de Huércal. 


Desde entonces, alternó su oficio con su pasión, y se dedicó a viajar por España y Europa detrás de cualquier detalle de la historia de su ciudad. Cuando se enteraba de que iban a derribar una casa antigua no dudaba en pasarse por la obra porque sabía que algún tesoro acabaría en el contenedor. Unas veces tiraban un suelo, otras un techo de madera, otras una puerta cargada de siglos, y allí estaba Narciso con su camionero de guardia para recuperar lo perdido y salvarlo del indigno final de una escombrera.



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