La Voz de Almeria

Tal como éramos

La guerra de Cuba en Almería

Aquella tragedia dejó una profunda huella en muchas familias almerienses

Grupo de soldados destinados en Cuba en los últimos años del siglo XIX. Entre ellos Luis Arrufat García (de pie, segundo por la izquierda ), familiar del arquitecto almeriense Eduardo Blanes Arrufat.

Grupo de soldados destinados en Cuba en los últimos años del siglo XIX. Entre ellos Luis Arrufat García (de pie, segundo por la izquierda ), familiar del arquitecto almeriense Eduardo Blanes Arrufat.

Eduardo de Vicente
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La guerra por la independencia de Cuba (1895-1898) hizo que miles de jóvenes almerienses fueran movilizados para luchar en el ejército colonial. Almería aportó reclutas de reemplazo, reservistas, excedentes de cupo y también un importante contingente de voluntarios que se apuntaban atraídos por la idea de alcanzar la gloria allende de los mares. Muchos eran casi adolescentes, mozos que en su mayoría llegaban de los pueblos más escondidos de la provincia persiguiendo una oportunidad de aventura que difícilmente iban a encontrar labrando la tierra y mirando al cielo de por vida.

Había en aquellos voluntarios un denominador común que los unía: la pobreza, el desconocimiento sobre dónde iban y ese anhelo de aventura que sólo es posible a los veinte años.

La guerra de Cuba fue dejando un rastro de tragedia que permaneció intacto en la memoria colectiva de las gentes a lo largo de varias generaciones. En casi todos los pueblos de la provincia, y en casi todos los barrios de la ciudad, había al menos una familia que había perdido a un hijo en Cuba o no sabía nada de su paradero. Al desastre de la guerra se unió la desolación y la impotencia que generaba la falta de noticias, la lentitud de las cartas que tardaban meses en llegar, los largos periodos de silencio que presagiaban el peor desenlace. “Si en tiempo de batalla cayera herido mi corazón, cúrame las heridas yo te lo pido, niña por Dios”, decía una de las coplas que de niños escuchábamos cantar a nuestras abuelas, y que nos traían historias lejanas de un familiar al que nunca conocimos que estuvo en la guerra de Cuba.

El sentimiento de derrota se palpaba a diario en las noticias que publicaban los periódicos locales, donde se hablaba de pérdidas, de heridos, de muerte. Los rostros del fracaso eran las decenas de repatriados que desde 1898 llegaban todas las semanas al puerto de Almería. La mayoría venían heridos, vencidos por dentro y por fuera, sin otra recompensa que la de los veinte duros de socorro que les daba el Gobierno, que por Real Orden había dispuesto que se les entregaran doscientas pesetas a los sargentos y cien a los cabos, cornetas y soldados repatriados. La tragedia generó un clima de solidaridad en la ciudad, que se volcó en la ayuda a los que regresaban con vida. La Cruz Roja de Almería estableció un sanatorio en uno de los salones de la Diputación para que pasaran allí el periodo de convalecencia los soldados repatriados, y el Ayuntamiento pidió permiso a los hermanos de San Juan de Dios para poder utilizar como hospital las instalaciones del manicomio.

Los últimos días del triste verano del 98 fueron amargos. Las noticias de muerte se repetían en la prensa local, que tenía como única fuente el diario oficial del Ministerio de la Guerra, donde a veces informaba de los fallecidos con varios meses de retraso. “Ha fallecido en Veguitas (Santiago de Cuba), el soldado de Almería Pedro Molina Guevara. Han fallecido en Sancti-Spíritu los soldados Juan Martos Reina y Luis Navarrete, de Albox y Suflí, y en Cienfuegos y Bayano los soldados Isidoro Álvarez Ruiz, José Casado Hidalgo y José Gallarés Sánchez, de Almería”, contaba el periódico. Aquel verano, en medio de un clima de tristeza general, la banda municipal no tocó en el Paseo como era habitual en aquella época. En el Cuartel de la Misericordia se estableció un servicio de información donde acudían los familiares en busca de noticias cuando dejaban de llegar las cartas. También existía un punto de referencia para los repatriados, al que acudían con frecuencia para reclamar las ayudas económicas aprobadas por el Gobierno, que casi siempre llegaban con retraso.

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