La Voz de Almeria

Tal como éramos

San Juan antes del botellón

El ritual consistía en mojarse la cara y los pies con la luna creciente abriéndose paso

Actos tan sencillos como mojarse los pies y lavarse bien la cara y los ojos componían una ceremonia que se repetía en las noches de San Juan en las playas de Almería.

Actos tan sencillos como mojarse los pies y lavarse bien la cara y los ojos componían una ceremonia que se repetía en las noches de San Juan en las playas de Almería.

Eduardo de Vicente
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La liturgia de la noche de San Juan pasaba por rendirle culto a la luna cuando empezaba a abrirse paso en toda su plenitud en lo más alto del firmamento. Para que el contacto con nuestro satélite fuera más intenso era necesario que la ceremonia se celebrara en playa, sin intermediarios. El ritual consistía en mojarse la cara y los pies bajo la luz de esa luna cómplice que reflejaba toda su magia sobre la oscuridad del mar.

Aquella era una tradición de mujeres y de niños. En mi calle siempre había alguna vecina que se encargaba de organizar la expedición a la playa, una vecina generosa que asumía también la responsabilidad de ir a pedirle permiso a nuestros padres para que nos dejaran ir a mojarnos los pies.

Aquellas noches de San Juan empezaban por la tarde y tenían un recorrido muy corto, unos minutos después de las doce de la noche ya estábamos de regreso. Era una fiesta sencilla, casi infantil, una pequeña aventura de madres cargadas de niños que llenaban la playa de juegos y de bocadillos de sobrasada bajo la mirada cómplice de la luna.

Aquella antigua costumbre mediterránea de lavarse la cara en el mar en las noches de San Juan ha ido evolucionando con el tiempo y lo que era una tradición familiar se ha convertido en una obligación multitudinaria. La esencia de la fiesta, que era la purificación del cuerpo y el alma en las aguas del mar a la luz de la primera luna de verano, es hoy una coartada para justificar un gran banquete de comida y bebida que en muchos casos termina convirtiéndose en un macro botellón. Hoy, los almerienses celebran San Juan como si fuera una feria y no dejan un trozo de playa libre ni limpio a lo largo del litoral.

Hasta hace cuarenta años, la Noche de San Juan conservaba su carácter de ceremonia que había que festejar cada 23 de junio. Mojarse los ojos o lavarse la cara, era suficiente para cumplir con el viejo rito. Pero no era la única forma de festejar la noche más corta del año. Antes de la Guerra Civil, se hicieron muy célebres las verbenas que organizaba la Sociedad Casino de Almería. Eran bailes de alta sociedad que se celebraban en la terraza del Paseo y duraban toda la noche hasta que empezaba a amanecer y las parejas terminaban desayunando churros con chocolate en el ‘Colón’ o en el ‘Suizo’.

En algunos suburbios, como el Barrio Alto y La Chanca, se hacían muñecos de madera y cartón para después quemarlos. Los niños iban por las carpinterías pidiendo restos de madera con los que levantaban el esqueleto de la figura. Utilizaban cartones mojados y corcho para darle forma al fantoche, lo engordaban después con serrín y lo vestían con ropas viejas. Alrededor de la fogata, danzaban los niños y cuando el fuego perdía altura, los jóvenes saltaban por encima de las llamas, ganándose la admiración de las muchachas del barrio.

La noche de San Juan no era un acontecimiento multitudinario y bullanguero como ahora, pero eran muchas las familias que bajaban andando hasta las Almadrabillas. Era la gran playa de la ciudad, que se dividía en tres: la pequeña cala del Cable Inglés, en la que estaba prohibido bañarse por la profundidad que tenía; la playa del Club Náutico en la zona central, y a levante, en el camino que conducía al Cable Francés, la popular playa de Villa Cajones, llamada así por las modestas casetas que se extendían a lo largo de la arena.

La escena de las familias cenando en la playa se hizo habitual en los veranos de la década de los cincuenta. No hacía falta que fuera vísperas de San Juan. Las mujeres acudían con las cestas de la comida y los niños, y allí esperaban a los maridos a que llegaran del trabajo. También se hizo costumbre, después de la cena, meterse en alguna de las terrazas de cine que a partir de las ocho y media ofrecían la primera función. A finales de los sesenta, la ciudad fue conquistando las playas de San Miguel y el Zapillo. La construcción masiva de pisos y apartamentos llenó de vida esta zona y las Almadrabillas fue perdiendo fuerza hasta quedar arrinconada.

Aquella ceremonia rodeada de magia ha evolucionado a un botellón colectivo. Ya no tiene sentido lo de mojarse la cara y los pies en el mar mirando a la luna si detrás no está la recompensa de una orgía gastronómica. La mayoría va a comer y a beber a la playa como si fuera la última noche de su vida.

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