La Voz de Almeria

Tal como éramos

La puerta de los colegios de niñas

Muchas parejas de Almería se forjaron en aquellos encuentros a la salida de clase

Jóvenes de la Compañía de María en octubre de 1970, frente a la tapia del colegio a la hora de la salida.

Jóvenes de la Compañía de María en octubre de 1970, frente a la tapia del colegio a la hora de la salida.Fotos gentileza de Manuel Carmona

Eduardo de Vicente
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Era un día cualquiera a la salida del colegio. Uno de aquellos días de diario en los que la vida estallaba en la puerta de la Compañía de María cuando el timbre anunciaba la hora de la salida. Era un día de octubre de 1970, cuando las rebecas pregonaban la presencia del otoño, que entonces formaba parte del calendario escolar: empezaban las clases y llegaba el frío, o al menos eso es lo que sentíamos los estudiantes entonces.

Aquel día, cuando las adolescentes se arremolinaban en la puerta del colegio, un fotógrafo extranjero las retrató, asombrado, tal vez, por la belleza de aquella escena, cargada de plenitud y de inocencia. En estos retratos está recogida la atmósfera de una época. La disposición de las figuras, ajenas al objetivo que las estaba inmortalizando, es de una armonía escultórica; la alegría serena de la juventud se percibe en esas medias sonrisas que expresan una felicidad contenida, sin aspavientos, esa felicidad amable y cómplice que nos unía a niños y niñas cuando terminábamos las clases.

Las imágenes nos hablan también de un tiempo detenido, de esos minutos gloriosos en los que se paraban los relojes en medio de una conversación. En aquellos corros a la puerta del colegio se resumía la esencia de una época donde las palabras y los gestos eran tan necesarios como el aire que respirábamos trece veces por minuto. Esa necesidad de comunicarnos se convertía en liturgia a la salida de los colegios. Después llegaría el teléfono móvil para cambiarlo todo.

Era un ritual repetido que se basaba en la necesidad de despedirse antes de regresar a las casas. Después de una larga jornada dentro del aula, la vuelta a la calle representaba la conquista de ese espacio donde las niñas recuperaban la libertad y necesitaban expresar todos sus sentimientos en diez minutos que podían ser eternos.

La expresión de los rostros delata la inocencia de aquella generación de muchachas que creció en los últimos años del Franquismo, a medio camino entre la dictadura y la libertad que ya empezaba a respirarse. La fuerza imparable de la juventud estaba contenida por esa barrera que formaban los libros pegados al pecho. Las muchachas de entonces renunciaban a llevar cartera, quizá porque se trataba de un objeto infantil, un elemento que les restaba atractivo. Preferían cargar con el material escolar en los brazos, acunados junto al torso, como si se tratara de un hijo recién nacido o de un cántaro de agua.

La vida estallaba todos los días a la misma hora frente a la tapia de la Compañía de María. Era un alboroto de madres que iban a recoger a sus hijos y una bendición de muchachas que intercambiaban sus ilusiones antes de volver a sus casas, o mientras esperaban impacientes la llegada de los novios. Era costumbre en aquellos años ir a recoger a la novia cuando salía de clase. Que ella se dejara ver con el muchacho que le gustaba en un escenario sagrado como era la puerta de la escuela o del instituto significaba que la relación iba en serio.

Cuántas parejas se formaron a la salida de clase. Cuántas besos se fraguaron en las esquinas del camino de regreso, cuando cogidos de la mano iban buscando los rincones más solitarios para que pudieran expresarse sus cuerpos. Era un tiempo tan distinto que el simple hecho de cogerse de la mano se convertía en un recuerdo imborrable.

La vida se renovaba todos los días a la misma hora en la puerta de la Compañía de María. Sonaba el timbre y se armaba la revolución: los grupos de muchachas vestidas de uniforme que apuraban la despedida; las prisas de las madres que se habían dejado apartado el almuerzo; el jolgorio de los más pequeños que echaban a volar como gorriones cuando pisaban la acera, y aquella ilusión compartida por todos los que llevaban una moneda en el bolsillo y la invertían en el carrillo de caramelos que se instalaba pegado al muro del colegio.

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