El alcalde que quiso tirar el Mercado
En 1971 el viejo edificio de la Plaza de Abastos era un estorbo, un antigualla que había que derribar cuanto antes

El edificio del Mercado Central de Abastos en los años 70, cuando se estudió la posibilidad de derribarlo definitivamente.
Hubo un denominador común en la mayoría de los políticos que nos gobernaron durante décadas, la idea de que la historia empezaba con ellos, la obsesión de que la nueva ciudad pasaba antes por quitar de en medio todo lo que oliera a viejo sin tener en cuenta el significado cultural, social y emocional de la palabra historia.
Había que levantar una Almería nueva, aunque fuera a costa de tirar edificios centenarios que le daban prestigio a la ciudad. En este contexto de renovación brutal hubo un alcalde, el señor Gómez Angulo, que allá por el año 1971 se le metió en la cabeza la idea de tirar el edificio del Mercado de Central de Abastos y cortar por lo sano de una vez con los problemas que arrastraba por culpa de la edad y de la falta de un mantenimiento adecuado.
Poco importaba que se tratara de una de las obras arquitectónicas de referencia de Almería, ni que detrás estuviera la firma del prestigioso Trinidad Cuartara. Poco importaba que bajo los hierros de la Plaza hubiera transcurrido la historia de la ciudad y la vida de los almerienses desde finales del siglo XIX.
El Mercado Central se había quedado viejo y se había convertido en un problema con sus entrañas invadidas por las ratas y con sus maderas pudriéndose por el tiempo y por la humedad. Pensaban algunos gobernantes de entonces que el edificio era un problema para la ciudad y para los almerienses y que el camino a seguir era el más directo: meter las máquinas y dejarlo en un solar.
El solar del Mercado Central, situado en el corazón de Almería, ocupaba una superficie de cerca de ocho mil metros cuadrados, un espacio perfecto para poder especular y dar un paso más en esa afán de construir la nueva ciudad. El proyecto del alcalde pasaba irremediablemente por echar abajo el viejo edificio de Cuartara y contemplaba dos posibilidades: construir uno nuevo en el mismo escenario, adaptado a los tiempos modernos o llevarlo a otro lugar y aprovechar el céntrico solar para construir viviendas o para levantar una gran plaza de recreo, algo parecido a un parque.
En ese mismo año de 1971, el señor Gómez Angulo se desplazó a Madrid para gestionar el derribo, pero su proyecto fue rechazado al no encontrar finalmente los recursos económicos que iba buscando. Por suerte, el viejo edificio siguió en pie, aunque con algunas reformas. A mediados de los años setenta la alhóndiga se trasladó a su nuevo recinto del Camino de la Goleta, pero la Plaza del Pescado no pudo ocupar su puesto debido al mal estado en el que se encontraban en general las dependencias del Mercado Central, que necesitaba una reforma profunda que no llegaría hasta una década después.
La querida Plaza de Abastos, con sus achaques y también con sus esplendores, siguió formando parte de la vida diaria de los almerienses. No era un mercado más, era un trozo de historia y un mundo en sí misma, con su trajín constante desde que amanecía, con sus antiguas formas de entender el comercio. Darse una vuelta por el Mercado Central a primera hora de la mañana era un gran acontecimiento por la actividad incesante de sus puestos y barracas y el chorro constante de clientes en un tiempo donde los vendedores no tenían más competencia que las pequeñas tiendas de barrio y la de los mercados periféricos que estaban a extramuros.
A comienzos de los años setenta, Almería contaba con un mercado establecido en la barriada de Ciudad Jardín, inaugurado en 1946. Regiones Devastadas también tenía una zona de barracas que se levantaron para abastecer a los vecinos y que no tuvieran que desplazarse todos los días al centro de la ciudad. Mucho más importantes, al menos por su extensión y por el número de personas que pasaban a diario por sus negocios, eran los mercados establecidos en la Plaza de Pavía y en el Quemadero, inaugurados como recintos estables a comienzos de los años sesenta.