Las hogueras que se hacían en los solares
En la víspera de San Antón cada barrio quemaba sus miedos y sus trastos viejos

En los años 70 los solares estaban presentes en todos los barrios; eran el lugar perfecto para levantar la hoguera por San Antón.
La noche de las hogueras empezaba cuando los niños salíamos del colegio y nos organizábamos en grupos para ir en busca de madera para poder hacer el fuego. Entonces, en cada barrio había al menos un carpintero que nos daba la viruta y los restos de las tablas. Había vecinos que aprovechaban la ocasión para desprenderse de aquellos cajones que se habían quedado viejos o de la silla a la que se le había agujereado el asiento y los donaban para que fueran pasto de las llamas.
El día de las hogueras se nos quedaba grabado para siempre en esa parte de la memoria donde se guardan los momentos felices. Era el placer de conquistar la calle en un día de diario del mes de enero, a esas horas en las que ya teníamos que estar pensando en irnos a la cama. La noche de las hogueras se disfrazaba de sábado aunque al día siguiente tuviéramos que ir a la escuela con el olor del fuego metido en la piel.
Era la emoción de compartirlo todo, desde la búsqueda de la madera hasta esa sensación irrepetible de libertad que sentíamos cuando dábamos vueltas alrededor de las hogueras gritando como si acabáramos de inventar el fuego. Era el entusiasmo del debutante: la primera vez que nos dejaban estar de noche en la calle, la primera vez que dominábamos el fuego, la primera vez que disfrutamos del sabor de las patatas en la lumbre y la primera vez que descubríamos la importancia de la amistad. Aquella noche, el fuego nos unía para siempre cuando alrededor de las llamas nos hacíamos los valientes delante de las niñas.
La ciudad ardía en hogueras vecinales, en cada solar se levantaba una fogata y en cada calle se desataba la fiesta. La calle fue el primer concepto de patria que conocimos, por eso cada calle se encargaba de organizar su propia hoguera tratando siempre de superar a la calle vecina en una rivalidad tribal.
Todos los vecinos colaboraban en la noche de las hogueras, como empujados por un extraño impulso de complicidad. Los niños buscaban la madera, las mujeres preparaban las patatas para echarlas a la lumbre y los hombres se encargaban de la gasolina y de que el fuego se mantuviera vivo mientras quedara noche por delante.
En el barrio de La Chanca, frente a la puerta de la iglesia de San Roque, se levantaba una de las hogueras más grandes del barrio, formada por varios pisos de altura. Tenían los mejores cajones y las tablas más gruesas que encontraban en los astilleros y en el viejo almacén de Terriza, que en aquellos tiempos era un lugar sagrado para los promotores de hogueras.
En el Barrio Alto la noche de las hogueras se celebraba el 19 de enero, en la víspera de San Sebastián. Como sucedía en otros arrabales de la ciudad, no existía una sola hoguera que identificara a todo el barrio, sino que cada calle se atrincheraba en torno a la suya. Una de las más celebradas era la hoguera que se elaboraba en la calle Real, frente a la tienda de Amable y la confitería del Cañón. Era la hoguera más tardía. Todas las del barrio empezaban a arder cuando moría la tarde, pero la hoguera de la calle Real tenía que esperar hasta después de las diez de la noche, la hora en que pasaba el último autobús. A partir de ese momento ya no transitaban más coches por el lugar y la calle era tomada por los vecinos y el fuego.
La víspera de San Sebastián era una noche de fiesta y de primeros amores en la calle Real del Barrio Alto: los niños no paraban de jugar, mientras que los adolescentes presumían de agilidad y valentía saltando por encima de las llamas para impresionar a las muchachas. Los niños iban a recoger la leña a un huerto próximo que había en la calle Lechuga, cerca de la casa donde vivía el famoso guitarrista conocido como el ‘Pelacañas’ o a los descampados de la vega que empezaban al otro lado del Camino de Ronda.
Frente a la puerta del cine Monumental ardía otra hoguera, y otra, inmensa, en la plazoleta de Béjar, y en el badén de la Rambla ante la fachada de la iglesia de San José.
En la Plaza del Quemadero ardía una montaña de madera, mientras que en la Plaza de Jaruga se organizaban bailes hasta la madrugada. Había fuego en el Paseo de Versalles, en el cruce de la calle de los Cámaras con Regocijos, en las cuestas que subían a San Cristóbal. Desde allí, desde la atalaya más alta, la ciudad era como un mar de pequeñas lumbres rojas y el olor a madera quemada inundaba el aire y lo hacía más espeso. Y era como si el fuego, aquella noche, se llevara por delante todos los problemas y las miserias de las casas.