La cocina y la moda de las calcomanías
Había calcomanías de rábanos, de zanahorias, de pescados y se pegaban en las losas de la pared

Una cocina almeriense típica de los años 70 con sus losas adornadas con las populares calcomanías.
Entonces no les llamábamos pegatinas; utilizábamos más el término calcomanías para nombrar aquellos ingenuos elementos decorativos propios de la infancia que de pronto se colaron en nuestros hogares con la fuerza de una moda.
Las comprábamos en los kioscos a peseta la unidad y lo mismo se utilizaban para colocártelas en el brazo como si fuera un tatuaje que para pegarlas en las losas de la cocina o para profanar la blancura del frigorífico. Era raro entrar a una cocina que no estuviera decorada con una de aquellas pegatinas que representaban alimentos: había bonitas calcomanías de pescados, de manojos de zanahorias y de rábanos, de toda clase de frutas, adornos que se solían pegar en la blancura de las losas para que destacaran más.
En aquellos tiempos la cocina era la habitación más importante de la casa, donde nuestras madres se pasaban tantas horas del día que llevaban el olor a la comida impregnado en cada poro de la piel. Nos despertábamos en la cocina cuando recién salidos de la cama nos colocábamos en la mesilla que había en todas las cocinas para tomarnos el vaso de leche caliente con una de aquellas suculentas tostadas de mantequilla que te alimentaban hasta la hora del almuerzo y te dejaban su olor pegado en la ropa.
Cuando se acababa el gas, recurrías a una vecina
Cuando llegábamos del colegio después del mediodía, antes de abrir la puerta de la calle ya sabíamos lo que había para el almuerzo por el aroma que salía de la cocina y llegaba hasta la calle. En aquellas cocinas humildes de nuestra infancia no faltaba la piedra blanca de mármol cuando no existía el Silestone, ni el manojo de cazos que se colgaban en las púas de la pared.
Todas las cocinas tenían su pequeña mesa con un mantel de hule donde las amas de casa se ponían a pelar las patatas. Eran mesas con un cajón central que acaban siendo una caja de pandora donde junto al abrelatas y el sacacorchos te podías encontrar un cubilete del parchís o unas pilas gastadas del transistor.
Todas las cocinas de entonces eran de gas butano y había que estar constantemente en alerta para evitar los accidentes. Cuántas veces nos decían nuestras madres aquello de “mira a ver si he apagado el butano”. También había que estar pendiente de avisar al butanero antes de que se acabase la bombona. Solía ocurrir con frecuencia que cuando una vecina se quedaba sin gas recurría a otra para que le dejara la bombona suplente.
La estampa de las mujeres asomadas a las puertas de las casas esperando que pasara el camión del butano formó parte de la vida cotidiana de nuestra infancia. Aquellas cocinas sin presencia de electrodomésticos eran mucho más simples que ahora, hasta que empezaron a democratizarse los frigoríficos allá por la segundad mitad de los años sesenta.
La democratización de la cocina
Casi todos teníamos en la cocina una de aquellas alacenas de cinco puertas y dos cajones, casi todas pintadas de verde o azul, que se pusieron de moda en esa misma década. Uno de los compartimentos tenía rejillas horizontales que servían para guardar los alimentos que necesitaban airearse.
Cuando las familias fueron progresando, cuando los nuevos adelantos llegaron hasta las casas más humildes, el frigorífico se impuso con fuerza relegando a la historia a las neveras con barras de hielo y al botijo y cambiando radicalmente la decoración de nuestras cocinas tradicionales. Fue en el año 1955 cuando llegaron a Almería los primeros frigoríficos modernos, distribuidos por la Agencia Ford de José María Artero.
Pero entonces era un artículo de lujo que sólo estaba al alcance de unas pocas familias de la clase alta, y hubo que esperar unos años más para que los frigoríficos empezaran a popularizarse y a entrar en los hogares de los modestos. En 1960 la casa Bazar Almería vendía en exclusiva los frigoríficos de la marca Westinghouse que entonces costaban doce mil pesetas.
Una foto con mi figrorífico
En 1961, Comercial Eléctrica Aznar, en el Paseo, nos trajo los Edesa que eran más baratos y llegaron con un llamativo anuncio donde se veía a una mujer ama de casa abriendo el frigorífico con cara de sorpresa y una frase que decía: “Ya soy feliz”. Empezaban a llegar nuevas marcas y mejores ofertas: en 1963 la empresa Radyelec, en la calle Navarro Rodrigo, nos ofreció el Kelvinator, que venía con la aureola de estar fabricado en América, lo que garantizaba su calidad.
Fue entonces cuando las familias empezaron a ahorrar para poder tener uno de aquellos aparatos que fueron una revolución. Cuando a una casa llegaba un frigorífico era un acontecimiento en la calle y los vecinos visitaban la cocina para verlo como si fuera un pequeño dios, tan admirado que era habitual echarse fotografías junto al frigorífico y que las madres lo adornaran colocando sobre el techo del aparato un jarrón con flores que le daba un aire más hogareño.