El ‘follaero’ se armaba en los fondos
Las gradas de fondo del ‘Franco Navarro’ eran una tortura constante para los porteros contrarios y los liniers

Grada de fondo sur del ‘Franco Navarro’ en 1978. Entonces no hacía falta un animador que pusiera música por los altavoces ni calentara a una afición que ya venía alterada desde su casa.
El fútbol está derivando a un espectáculo más donde se le pide al hincha que se convierta en un espectador que mire, que aplauda y que si quiere protestar lo haga a media voz para no molestar a nadie. Se está perdiendo la espontaneidad en las gradas. El público anima dirigido por un ‘animador’ pagado por los clubes que va anunciando lo que tienen que decir la hinchada al compás de una canción con estribillo pegadizo.
La música se ha colado en los estadios, no aquella banda sonora del fútbol antiguo en la que sonaban marchas militares que preparaban para la batalla; ahora suenan discos de moda que tienen como principal finalidad que el personal no pueda conversar tranquilamente en las gradas antes de los partidos y en descanso, machacados por un ruido ensordecedor.
También se han puesto de moda los himnos. No hay equipo, por pequeño que sea, que no tenga su canto característico, lo que está muy bien si no fuera porque algunos de estos himnos se convierten en una odisea para los pobres seguidores que intentan corearlo. Cualquiera que asista a un partido en casa del Almería comprobara como a mitad del himno el grito colectivo se va difuminando en un manojo de voces descompasadas y con claros síntomas de ahogamiento debido a lo enredado de la letra y de la música.
Estamos ante un nuevo fútbol que ha perdido parte de su identidad y donde el peso de la grada es cada vez menos importante. Los que venimos del fútbol en el ‘Franco Navarro’ no nos acostumbramos a este estadio actual donde ni hueles la hierba, ni escuchas las voces de los jugadores, ni te enteras de los goles si suceden en la portería más alejada.
También se ha perdido el calor del graderío. Recuerdo aquellos fondos del ‘Franco Navarro’ que temblaban cada vez que se iba a lanzar un córner. Lo que llamábamos entonces ‘armar follaero’ nacía siempre en los fondos y se iba extendiendo después a preferencia y en menor medida a tribuna, que históricamente siempre fue la grada más fría.
Los fondos casi siempre se llenaban porque eran más baratos; en ellos se gestaba el ‘follaero’ auténtico, que a veces empezaba con esa bota de vino itinerante que la hinchada compartía al grito de “pásala”. Unos sacaban el jamón, otros el bacalao y así empezaba una fiesta que se convertía en una odisea para los equipos rivales, sobre todo para el portero, que tenía que padecer los gritos constantes de los que por atrás querían meter los goles.
Cuando los fondos rugían, rugía todo el campo y así se fue gestando la mitología de un escenario que hizo historia y que se ganó la fama en todo el territorio nacional. La primera vez que el periodista José María García vino a hacer a Almería el ‘partido de la jornada’, al terminar dijo: “Aquí no hay quien gane”.
¿Qué tenía el ‘Franco Navarro’?Su secreto, sin duda alguna, fue que nos acercó tanto al fútbol que de pronto nos cambió el papel a los aficionados, que pasamos de ser espectadores a participar directamente en el juego como marcáramos el primer gol. Pasamos de la lejanía del estadio de la Falange a rozar a los futbolistas con la yema de los dedos y a verle la cara al árbitro y el cogote a los jueces de línea.
Hicimos de nuestro campo, y no es una exageración, una olla a presión, no solo por el ambiente tan caldeado que se creaba en el graderío, sino por el efecto del sol sobre nuestras cabezas, épicamente combatido con la bota de vino que iba pasando de boca en boca como si fuera una porción mágica que convertía a los aficionados en irreductibles.
El nuevo campo nos regaló una tribuna con su visera y sus sombras, dos fondos tan pegados a las porterías que en los silencios podíamos escuchar la respiración del guardameta, y nos trajo, sobre todo, una grada de preferencia donde todo el mundo se conocía, y que fue también uno de los grandes motores de animación, donde se ubicaron las peñas organizadas que hacían sonar sus pitos y sus carracas cuando por el túnel de vestuarios aparecían los protagonistas.