Los niños que sabían rodar el aro
Formaba parte de esa lista de juegos elementales que se aprendían en las calles

Un niño, preparado para echar a rodar su aro por una cuesta en el barrio de las cuevas de las Palomas. Con la mano derecha sujetaba un alambre que le servía de guía.
El aro formaba parte de esa lista de juegos elementales, casi primitivos, que se iban aprendiendo en las calles viendo jugar a los mayores. La destreza de hacer rodar el aro no se adquiría en los colegios ni en los patios de las casas, sino con los amigos callejeros a fuerza de poner atención y de equivocarse muchas veces.
El juego consistía en que el aro rodara y que lo hiciera guiado por un niño, que con un palo, un hierro o un alambre, se encargaba de llevarlo por el sendero más adecuado para que la rueda no terminara en el suelo. Se organizaban carreras de aros y pruebas de habilidad en las que había que sortear los obstáculos del camino en un tiempo en el que la mayoría de las calles eran todavía de tierra y estaban sembradas de piedras y de grandes desniveles.
Jugar al aro requería una buena dosis de destreza y también tener una adecuada forma física porque cuando echaba a rodar había que seguirle el paso a la carrera. Cuando llegaba la época de jugar al aro, los niños solíamos acudir a las chatarrerías o a algún taller de bicicletas para ver si nos daban una llanta vieja para ponerla en funcionamiento.
Entonces casi todos los barrios tenían un chatarrero, uno de aquellos mercaderes de objetos inservibles, de trastos viejos que iba recogiendo de las casas y de los solares. También abundaban los talleres donde un mecánico artesano se encargaba de arreglar los pinchazos de las bicicletas o de devolverle la vida a un manillar después de un accidente. Allí acudíamos los niños en busca de ese mágico juguete que nos hacía felices por unos días, el tiempo que tardábamos en darle una patada al aro y buscar otro entretenimiento.
Teníamos tantos juegos entre las manos que íbamos cambiando de uno a otro con frecuencia. En invierno era el tiempo de los trompos y de los petos. El trompo se bailaba utilizando una cuerda fina que los niños llamábamos reata, que se ataba alrededor y se encargaba de proyectar el la peonza sobre la tierra para que ejecutara dulces movimientos. Uno de los elementos fundamentales del trompo era la pua que lo hacía bailar. Había puas finas que parecían pies de bailarinas y púas de guerra como las percheronas y las puas de caballo, que se usaban cuando el juego derivaba en una batalla por romperle el trompo al adversario.
Cuando nos cansábamos de los trompos nos enamorábamos de los petos o de las canicas como les llamaban algunos. Era otro juego de calle ya que era imprescindible contar con un hoyo en la tierra para terminar cada partida. A comienzos de los años setenta todavía existían los petos de barro, que eran una reliquia de nuestros hermanos mayores. De tanto uso se iban llenando de cicatrices hasta que la circunferencia quedaba tan agujereada que dejaba de rodar.
Las cristalinas nos hipnotizaban por su belleza. Cada una traía un dibujo y unos colores distintos y acabábamos coleccionándolas como si fueran cromos. Teníamos nuestra bolsa de tela en la que las guardábamos como un tesoro. “Primeras, pie, matute, colao, a porra, con repiquete y fuerte”, eran algunos de los términos que se utilizaban en la calle cuando competíamos para quedarnos con las cristalinas del otro.
Tanto el juego de los trompos como el de los petos servían para descansar de tanta carrera en una época donde la mayoría de los entretenimientos callejeros tenía como base correr. Corríamos detrás de la pelota a todas horas. Corríamos delante de los municipales que venían a quitárnosla. Corríamos cuando tocaba jugar a la peste, que era algo tan primario que debió formar parte de los juegos infantiles de la Edad Media. Consistía en huir del que llevaba la peste; si te tocaba tenías que ir en busca de otro para traspasársela.
Corríamos a todas horas, desde que salíamos del colegio y empezábamos a cabalgar con la cartera a cuestas hasta que se hacía de noche y teníamos que recogernos. Corríamos cuando jugábamos al tieso, que te dejaba paralizado si el enemigo te tocaba hasta que otro de tu equipo venía a salvarte. Corríamos con el pilla pilla y corríamos con el juego del pañuelo, que se organizaba formando dos equipos y eligiendo un niño que se quedaba de ‘madre’ y era el que sujetaba el pañuelo que había que conquistar.
Corríamos por el puro placer de sentirnos libres cuando en nuestro diccionario no existía la palabra cansancio salvo cuando estábamos delante de los libros del colegio y de la libreta con los deberes. Corríamos al lado del camión de la regadora que nos refrescaba los veranos y corríamos detrás del camión de la Coca Cola por si se producía el milagro y se le extraviaba alguna. Corríamos en el patio de la escuela aunque no hubiera espacio y corríamos en los sueños en aquellas pesadillas tan recurrentes en las que el hombre del saco nos iba persiguiendo.