La Voz de Almeria

Almería

La noche en que Líjar fuimos todos

La Plaza de Toros es ahora un estadio de fútbol con plasma, donde se citaron el martes miles de jóvenes almerienses vociferando contra Francia; como vociferó hace 143 años el Terror de los Filabres contra los gabachos

La Plaza de Toros de Almería durante la retransmisión del partido España y Francia.

La Plaza de Toros de Almería durante la retransmisión del partido España y Francia.Juanjo Leal

Manuel León
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La Plaza de Toros de Almería, la de Lagartijo y Mazzantini, es más ahora un estadio de fútbol con plasma que un albero con olor a toro bravo, al menos hasta que regresen las corridas de Feria; en vez de pases de pecho de púrpura y oro, en los tendidos y en los corrales, en el redondel y en las barreras, se vive la emoción de los goles de Oyarzabal o se disfruta de la estampa de Rodrigo surfeando mediocampistas rivales. Se ha convertido el centenario coso de Vílches en un santuario de emociones por el fútbol durante estos días de eterno Mundial. Es como estar en Dallas o en Los Angeles, pero con un rebujito en la mano en vez de una Pepsicola. Ayer fue Francia la contrincante y Almería, como el resto de esta patria vieja, volvió a llenar la Plaza del Mundial para conjurarse contra los galos, con las mejillas pintadas de rojo y amarillo como los arapaohes y camisetas encarnadas o blancas de la selección; en los palcos banderas rojigualdas en vez de mantones de manila. Almería y su Plaza taurina le declaraba la guerra a los franceses por todo lo alto, como hace 143 años se la declaró el entrañable pueblo de Líjar: la insólita historia es que estaba don Miguel García Sáez, montaraz leguleyo y alcalde de Líjar, un mediodía de octubre de 1883 atusándose su larga barba a la puerta de su casa, cuando llegaron en el correo de postas los periódicos de la semana procedentes de Madrid. Abrió, como siempre, con mano rápida y segura el envoltorio postal de un ejemplar de El Sol y la tinta del titular le incendió de inmediato los ojos: “Su Majestad el rey don Alfonso XII ha sido apedreado e insultado en las calles de París”. Era hombre de hondo gusto por la lectura y en unos minutos se empapó de todo el artículo. No salía de su asombro por esa afrenta al monarca de los españoles y allí, en esa paz de pueblo, bajo unas jaulas de jilgueros y un horizonte de almendros desnudos por el otoño, se le puso el corazón como el de un potro de carreras. Le galopaba el pecho, le latían las sienes y tenía el semblante enfervorizado como el de un caballero visigodo.

Se incorporó enérgicamente con el ejemplar en la mano, como prueba de cargo, salió a la calle, buscó al alguacilillo y le ordenó que reuniera en ese preciso instante a la Comisión Municipal. Visto y no visto: de los arados, de los lagares, de las lomas y canteras fueron apareciendo los concejales por la Casa Consistorial lijareña, donde a la luz de la vela, una tarde de otoño del 14 de octubre de 1883, el pueblo de Líjar resolvió declarar la guerra a Francia. Don Miguel, el Terror de los Filabres como le llamaban entonces en el Juzgado de Huércal-Overa porque no había quien le hiciera malograr un pleito, había redactado en tan solo unos minutos un exhorto henchido de patriotismo al que se dio lectura en el Pleno de la Corporación.

En el bando, que fue colocado en la Plaza y en la botillería del pueblo, el alcalde apelaba a que “el más insignificante pueblo de la Sierra de los Filabres debe protestar en contra del atentado al Rey”, recordando que “una mujer vieja y achacosa, pero hija de Líjar, degolló por sí sola treinta y dos franceses que se albergaron cuando la invasión del año ocho en su casa”. “Y que este ejemplo es muy bastante para que sepan los habitantes del territorio francés que el pueblo de Líjar, que se compone de 600 hombres útiles, está dispuesto a declararle la Guerra a toda Francia”.

La comunicación de Declaración de Guerra a la nación gala fue enviada en forma debida al presidente de la República francesa, Jules Grevy, y previamente al Gobierno español. Los lijareños, que se sepa, nunca cruzaron Los Pirineos para tomar La Bastilla, a pesar del bando del Terror de los Filabres, nunca engrasaron arcabuces y con el tiempo, esa fanfarronada rural decimonónica fue cayendo en el olvido. Sin embargo, muchas décadas después, miles de almerienses en la Plaza de Toros rescataron el espíritu bélico del Terror de los Filabres contra los hijos de Asterix. Los mismos, la mayoría jóvenes estudiantes y Erasmus, que bajaron en oleadas por el flamante Paseo de Almería ondeando con fervor banderas patrias e inundando locales de ocio nocturno como La Clásica, Burana o Canta la Gallina, colmados de felicidad por haber ganado la guerra a los franceses 143 años después de que se la declarara aquel intrépido alcalde de Líjar. 

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