La Voz de Almeria

Almería

"Me llaman la seño Lola": dos años acompañando en Almería a niños ingresados en Torrecárdenas

La almeriense participa en un programa de la Fundación Caixabank de acompañamiento a menores en el Hospital Materno Infantil

Dolores Pérez, voluntaria en el Hospital Materno Infantil, y Maite, coordinadora.

Dolores Pérez, voluntaria en el Hospital Materno Infantil, y Maite, coordinadora.La Voz

Elena Ortuño
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Hay pocas cosas que contradigan tanto a la lógica como ver a un niño hospitalizado. Algo dentro de una se rebela ante esa imagen, especialmente cuando ese pequeño aparece rodeado de tubos y máquinas. Eso fue, probablemente, lo que sintió Dolores -Lola- Pérez Marín la primera vez que cruzó las puertas del Hospital Materno Infantil Princesa Leonor de Almería y descubrió lo que se escondía tras sus pulcros muros.

Desde aquel primer día ya han pasado dos años. Voluntaria en el programa de Acompañamiento a Menores en el Hospital Materno Infantil (promovido por la Fundación Caixabank), reconoce que el contacto con la enfermedad infantil es emocionalmente duro, especialmente al principio. Con el tiempo, asegura, se aprende a gestionar el impacto: "Cuando empecé, volvía a casa llorando. No sabes lo que es hasta que lo vives".

"No todos los voluntarios continúan; a veces el impacto emocional es tan intenso que no pueden continuar. Es duro ver a los niños de la planta de oncología. Te vas un día y no sabes si seguirán allí el fin de semana siguiente", añade la almeriense, quien, todos los sábados durante dos horas (de 10.30 a 12.30) acompaña a los menores ingresados para que durante un rato desconecten de su enfermedad y de la rutina hospitalaria: "Mi trabajo es hacerles olvidar que están en un hospital y que, a la vez, los padres puedan tomarse un descanso".

Rafa Góngora

"Aquí venimos a jugar"

Los fines de semana un espacio del Materno Infantil se transforma. Durante dos horas, los más pequeños se reúnen en un aula con juegos, pinturas, manualidades y un largo etcétera de actividades. El objetivo es que padres y madres puedan desconectar, ir a tomarse un café y descansar. Sin embargo, hay ocasiones, sobre todo cuando el niño es muy pequeño, en las que estos prefieren quedarse como espectadores. 

En busca de una sonrisa en las caritas que se giran todos los sábados hacia ella, Lola huye de todo lo que no sea jugar: "Hay quien me ha pedido que haga con ellos hasta raíces cuadradas. Y yo respondo: '¿Raíces cuadradas? No, aquí hemos venido a divertirnos'", narra la voluntaria.

El momento más feliz

Desde bebés de 18 meses hasta adolescentes de 14 o 15 años, el voluntariado atiende a menores de edades muy diversas, algunos ingresados pocos días y otros durante meses. "Cuando me voy, a veces les digo: 'Ojalá no te vuelva a ver por aquí'. Esa es la mayor satisfacción que pueden darme", asegura.

A veces, ese deseo se cumple. Lola recuerda especialmente a un niño que estuvo ingresado durante meses. Hace no mucho, se despidió de ella, de la 'seño Lola', como la llaman: "Me dijo: 'Me dan el alta'. Yo no pude ser más feliz", reconoce. 

Dolores Pérez, voluntaria en el programa de la Fundación Caixabank en el Materno Infantil.

Dolores Pérez, voluntaria en el programa de la Fundación Caixabank en el Materno Infantil.La Voz

Si echa la vista atrás, se da cuenta de lo fuerte que es el lazo que ha creado con ellos: "A veces he vuelto a casa con dibujos que me han regalado bajo el brazo. Otras, llegan, me dan un abrazo, sus padres también... y sabes que todo va a ir bien, que se van, que les han dado el alta". 

Si el mundo es un pañuelo, Almería lo es aún más. Es por esto que ese vínculo continúa también fuera del hospital. Algunos niños siguen recordándola incluso después de recuperarse: "A veces me encuentro con el abuelo de uno de los pequeños y me dice: 'Mi nieto sigue preguntando por la seño Lola'. No puede hacerme más ilusión".

Una ayuda recíproca

No siempre se encuentra sola ante una sala repleta de niños con ansias de olvidar sus penas. Lola también coordina a un grupo de adolescentes que participan como voluntarios en el hospital. Son jóvenes de entre 16 y 17 años que ayudan a dinamizar las actividades: "Para mí, son mis pollicos. Se implican muchísimo con los niños".

La almeriense lo cuenta todo con naturalidad, casi restándole importancia, como si lo que ocurre cada sábado en Torrecárdenas fuese algo sencillo de explicar. Pero no lo es. Porque, aunque llegó allí para acompañar a niños enfermos, con juegos, colores y cartas sobre la mesa, lo que encontró fue algo mucho más profundo: un lugar donde recomponer sus propios silencios. 

Niño siendo auscultado por personal sanitario

Niño siendo auscultado por personal sanitarioLA VOZ

El voluntariado apareció en un momento delicado, cuando el duelo por la pérdida de su madre y su tía y la marcha de sus hijos habían dejado un hueco difícil de llenar. Y sin embargo, en medio de pasillos de hospital, sueros y batas blancas, esos niños pequeños, tan frágiles y tan valientes al mismo tiempo, terminaron devolviéndole algo que creía perdido.

"Yo aporto, pero lo que ellos me aportan a mí es muchísimo más", afirma. Y lo dice convencida, porque, si algo tiene claro después de dos años, es que no fue ella quien salvó aquellos sábados. Fueron ellos: "Han evitado que me hundiera", reconoce: "Me dan el cariño que me faltaba". 

Por eso, cuando habla de lo que ocurre allí dentro, no lo reduce a un voluntariado ni a una labor solidaria. Para Lola es algo más sencillo y más grande a la vez: amor. "Es amor, es cariño...", repite despacio, como quien busca las palabras exactas y sabe que no existen. "Es algo que no se puede explicar. Hay que vivirlo".

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