La Voz de Almeria

Almería

La liturgia de ‘salirse a la puerta’

La puerta de la casa, el tranco, el bordillo de la acera, eran territorios de la gente hasta hace cuarenta años

Publicado por

Creado:

Actualizado:

La autoridad incontestable de los padres, las normas impuestas dentro de la casa, las reglas del juego, el orden de las cosas y todas esas leyes no escritas que hacían posible la convivencia familiar, se relajaban de pronto a la hora de ‘salirse a la puerta’. Salir a la puerta era conquistar un trozo de libertad para compartirlo con los vecinos, y para los niños, el camino de  acceso a ese único paraíso de la infancia que era entonces la calle.


La puerta de la casa, el tranco, el bordillo de la acera, eran territorios de la gente hasta hace cuarenta años, cuando era posible bajarse de la acera sin correr el riesgo de que te pillara un coche, cuando todavía, en los barrios más humildes que habían conservado mejor sus costumbres, se pasaba más tiempo en las puertas de las casas que dentro. Esta liturgia se mantuvo hasta los años setenta. La televisión, que tanto daño hizo en la convivencia vecinal, que poco a poco fue aislando a las familias en los comedores de sus casas, no era todavía un arma letal y como solo emitía por la tarde, dejaba tiempo a la gente para  seguir manteniendo las viejas  formas de relacionarse.


Los niños de entonces nos pasábamos la vida haciendo escapadas a la puerta de la casa y aunque estuviéramos castigados por nuestras madres por alguno de nuestros delitos cotidianos, siempre nos quedaba el recurso del tranco para intentar la fuga.


El tranco era entonces un territorio neutral en esa batalla diaria que los niños libraban con las madres. Cuando una madre decía aquella frase de “no quiero calle”, al niño le quedaba como último recurso el tranco, ese pequeño espacio en la puerta de la casa a medio camino entre la libertad absoluta de la calle y la vigilancia de la madre.


Sentados en el tranco, con la merienda en la mano o repasando la lección, mirábamos con un ojo hacia dentro para escaparnos de la vigilancia materna, y con el otro hacia fuera esperando la presencia de los amigos que siempre estaban al acecho. Uno de los peores castigos para un niño era quedarse sin calle, que su madre le cerrara la puerta con el cerrojo, y que en esos momentos de condena, cuando permanecía encerrado en la soledad  de su cuarto, a través de la ventana o del hueco del patio escuchara las voces de los otros niños jugando libres en la calle.


La calle tenía su mundo de juegos que se iba heredando de generación en generación, y que iba cambiando según la época del año. Si en otoño era el tiempo de los cromos, en invierno se ponían de moda los trompos y las canicas, y en verano los ciclistas y las chapas. Como siempre teníamos cerca un trozo de calle o una plazoleta de tierra, era fácil improvisar un escenario para bailar los trompos o hacer los agujeros que eran necesarios para organizar una partida a los petos.


Había juegos que nunca envejecían como la rayuela, la comba, el elástico, la peste, el escondite, el dólar, el pañuelo, el chinche monete, el abejorro, el tieso, el ajo pelotero, el contra, las cuatro esquinas, el balón prisionero. Y había canciones ligadas a los juegos que las niñas repetían de memoria como antes lo hicieron sus hermanas mayores y antes sus madres.


La calle ofrecía distintos escenarios. No era lo mismo el trozo de calle de la puerta de tu casa, donde uno estaba obligado a manejarse con cautela, a seguir las normas de la casa porque siempre había una madre en estado de alerta o una vecina dispuesta a chivarse, que la calle forastera, ese lugar de lejanías donde tenías la certeza de que eras un extraño, donde podías saltarte las reglas sin temor a represalias, donde era posible sentirse libre en toda la extensión de la palabra.


Las calles tenían entonces su propio corazón que latía a un ritmo distinto según la hora del día. Por las mañanas, cuando los niños estaban en la escuela, las calles se poblaban de vendedores ambulantes, de gentes de paso y de mujeres con la compra. A primera hora de la tarde, cuando había que volver al colegio, los trancos se llenaban de madres que salían un rato a tomar el sol, siempre acompañadas por alguna obligación o por algún quehacer como se decía entonces: unas cosían, otras bordaban o tendían la ropa, mientras compartían sus penas y sus esperanzas.


Cuando por marzo empezaba a intuirse la primavera y las tardes se alargaban, las calles se poblaban de niños, que como bandadas de pájaros llenaban cada rincón de un alboroto contagioso entre gritos y carreras. En las calles donde todavía reinaba la tierra era  costumbre que las mujeres salieran a baldear con un cubo de agua en la mano para que no se levantara el polvo.


tracking