Pedestal para un poeta

Una tarde de otoño de algún pretérito año paseábamos Julio Alfredo Egea, José Asenjo Sedado y yo mismo por la recién inaugurada rambla de Federico García Lorca, redimida ya de las avenidas y torrenteras que en otros tiempos abrían suscripciones populares para monumentos a la Caridad. Julio Alfredo, poeta máximo de nuestra época almeriense, hablaba en imágenes, dueño de una mente prodigiosa capaz de enhebrar poemas de tan luminosa belleza como:


Almería, su piel de hostia esparcida,                                     

cucurucho de luna en la azotea,
un temblor de gaviotas en marea,
gritándole a la cal con voz dormida


Le dije al poeta de Chirivel que con esa cuarteta había clavado la mejor definición lírica de Almería, porque cuántas veces habíamos presentido, sin saber plasmarlo en el papel, que nuestra ciudad era desde luego algo así: un clamor de gaviotas en marea.


El inmenso, bellísimo soneto del que forma parte esta primera estrofa está pidiendo pedestal en la placita dedicada a Julio Alfredo Egea, como sucinto homenaje a un grandísimo poeta al que en vida se le regatearon medallas y otros honores: los que hubiera merecido su bien amueblada testa de eximio vate almeriense.


En la hora triste de la muerte de Julio Alfredo, que no de su obra imperecedera, quiero sugerir al Alcalde y a nuestro Ayuntamiento que ningún otro homenaje más cabal y más cumplido al poeta de la tierra que solemnizar en la piedra este poema que clava la imagen emocional de Almería con precisa elegancia poética.





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