Diario de una cuarentena (XXXIV): Cita a ciegas

Lo que para algunos es un rincón acogedor para otros tiene un punto inhóspito.
Lo que para algunos es un rincón acogedor para otros tiene un punto inhóspito. Antonio Jesús García
Marta Rodríguez
07:00 • 05 may. 2020

"Voy por el Parque de la Estación, crúzate conmigo”. Escuché esta frase el sábado en mi primer paseo tras cuarenta y tantos días de encierro. Y este fin de semana he reflexionado acerca de dos cuestiones. La primera, el confinamiento me ha vuelto una cotilla. Es irreversible. La segunda, se nos ha acabado la paciencia y la fe en que el azar juegue en nuestro equipo y nos permita tropezarnos con una cara amiga. Incluso con el chico que nos gusta. De modo que hemos optado por planear nuestras salidas e invitar a compartir itinerario a ver si notamos complicidad o cierta atracción en eso de caminar acompasados. Quién necesita un encuentro fortuito pudiendo quedar para subir y bajar la Rambla a dos metros de distancia de un enmascarado con guantes de látex.




En mi salida por esas calles de dios tenía claro que me dedicaría a recorrer portales a la caza de sonrisas queridas. Y no erré en mi elección. En apenas cuatro paradas atesoré gestos entrañables que me son familiares, expresiones de alegría que no se disimulan detrás de una barba, miradas de asombro que no ocultan las ganas de montar en bicicleta y la chispa en los ojos que refleja el vitalismo de quien se crece ante la adversidad. No me digáis que es mala cosecha para una simple vuelta.




Por el camino comprobé que hay parejas que aún se resisten a soltarse de la mano. Si no ha conseguido separarlos el virus ni este encierro interminable, yo creo que esto será un ‘felices para siempre’. Aunque lo que en realidad me impactó fue constatar que llevar mascarilla empaña las gafas, así que tenemos que elegir entre andar ciegos o estar protegidos. Ni que decir tiene que la mayoría está optando por llevar la máscara en el cuello a modo de complemento de la temporada primavera-verano.




Hoy han empezado a abrir los pequeños comercios con cita previa y España parece haberse convertido en una gran sala de espera. En un ataque de optimismo, pensaré que así se recupera un trato personalizado que parecía cosa de otra época. Si fuerzo el romanticismo, diré que el comerciante ahora espera al cliente como el que tiene una cita a ciegas.




Hace un rato le he leído a Laura Revuelta en ABC que eso de la ‘nueva normalidad’ es un oxímoron como la copa de un pino porque la normalidad nunca puede ser considerada como algo nuevo. A su juicio, esta paradoja tiene que ver con el desconocimiento del lenguaje por parte de los políticos, pero también con la manipulación. Sobrellevamos con estoicismo que los abrazos nos hayan sido arrebatados hasta nueva orden, no nos pidan encima que seamos tan gilipollas de considerar esa renuncia algo normal.






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