El Marchalico de las Viñicas

Descubrimos lugares llenos de vida en el pasado, hoy olvidados

El Marchalico de las Viñicas, aldea abandonada en el término municipal de Sorbas. (Foto: A.J.S.Z.)
El Marchalico de las Viñicas, aldea abandonada en el término municipal de Sorbas. (Foto: A.J.S.Z.) La Voz

El Marchalico de las Viñicas es una aldea abandonada situada en el término municipal de Sorbas, frente a la pedanía de La Herrería y muy cerca de la Autovía del Mediterráneo (A-7), por lo que es de fácil acceso. Nada más salir de la autovía, una pista de tierra de 1,5 Km nos lleva hasta prácticamente la entrada del pueblo. Andando se puede realizar este trayecto en una media hora. “Marchales” hay unos cuantos en la provincia de Almería, como el de Antón López (también conocido como de Enix), el del Abogado o el de Lubrín, y se cree que el origen de la palabra viene del árabe “marjal”, que es un lugar con pradera y algún pequeño nacimiento de agua.


La arquitectura del pueblo es uno de sus mayores atractivos, puesto que todos sus edificaciones están construidas con yeso: piedras de yeso unidas con mortero de yeso, y en los interiores escayolas por supuesto de yeso. Salvo los hornos, la launa para las solanas de las casas sin tejados, o las tejas para las que sí las tenían, el yeso es omnipresente y su brillo le da un toque único, difícil de contemplar en el resto de la provincia. Las viviendas siempre tenían una o dos alturas. En el censo de 1864, que es el primero en el que aparece la población, constan 8 casas: 6 de planta baja y 2 de dos plantas. Abundas en ellas elementos sustentantes o de almacenamiento construidos -cómo no- en yeso, tales como lejas, vasares, alacenas, cocinas, cantareras, trojes, altillos y pesebres. Algunas tenían palomar y otras zahúrda, una especie de corral con techo abovedado con una abertura para echar el alimento al animal, ya que por sus pequeñas dimensiones se usaba para el engorde un solo cerdo. La inmensa mayoría de casas contaba con horno propio, pero también había un “horno de polla” (no se me escandalice nadie pues así se llamaba al horno comunal). Aún a día de hoy a pesar del expolio que ha sufrido el pueblo podemos admirar preciosos trabajos de yesería en las chimeneas.


El trabajo en el Marchalico de las Viñicas provenía en su mayoría de la agricultura, y esta a su vez giraba en torno al agua. Hortalizas, árboles frutales, olivos y cereales era la base de esta agricultura, y sus habitantes cuentan que todo aquel que tenía un trozo de tierra sembraba su bancalico pa el apaño, con sus tomaticos y sus pimientos para comer y el resto lo dedicaban al panizo, trigo, cebada. A pesar de lo mala que era el agua para beber, puesto que era muy amarga, servía estupendamente para regar mediante acequias de tierra o de yeso, y para cocinar gachas. El agua se repartía por tandas y cada familia debía encargarse del mantenimiento de su parte de acequia, y venía desde las profundidades de la Cueva del Agua. Aunque en el pueblo había diferentes oficios, cada cual se hacía su propia casa, aunque se pedía consejo al que más supiese de albañilería. Había quien trabajaba la madera, el matador de “chinos” (cerdos), escayolistas, parteras, y todos eran agricultores y pastores.



La vida era tranquila, como suele ser en el entorno rural. Los bailes se hacían continuamente en alguna casa del pueblo, normalmente la más grande y se solían bailar “las carreras”, cogiéndose de las manos las mujeres y bailando en carrerilla de un lado a otro de un pasillo mientras cantaban “la Campanera” y “La Raspa” entre otras coplillas. Las comparsas en carnaval, los “aguilandos” (aguinaldos) en navidad y las “cencerradas” también eran muy comunes. Estas últimas se producían cuando un viudo o viuda se emparejaba con otra persona. Cuando los vecinos se enteraban, iban por la noche golpeando con todo tipo de “instrumentos” como cazos y sartenes, o soplando caracolas. Les molestaban y les cantaban coplas picantes hasta que abrían la puerta y les ofrecían a todos los participantes una bebida, que a veces se hacía de rogar y la cencerrada duraba varias noches.


Aquellos días felices a veces  eran sobresaltados por algún evento meteorológico. Todos los ancianos que vivieron en el pueblo recuerdan grandes inundaciones y riadas, como un temporal en 1943 del que se dice que estuvo 60 horas lloviendo sin parar, y que produjo importantes destrozos. Aunque no todo el daño lo hacían las lluvias, porque también hubo largos periodos de sequía. 


El abandono del pueblo estuvo muy relacionado con la Guerra Civil, un periodo que se recuerda con terror: miedo, saqueos, gente que se marchaba al frente y que nunca volvía. Durante la dictadura se cuenta que hubo algún episodio trágico, como el de unos jóvenes izquierdistas del Marchalico que fueron fusilados junto a la Venta de la Viuda de Sorbas, y otros que fueron encarcelados. La aldea poco a poco fue perdiendo habitantes en la postguerra, que marchaban a pueblos cercanos como Turre, La Huelga, La Herrería o Los Gallardos, y los que se iban más lejos emigraban a Cataluña o Francia. Hoy día el Marchalico de la Viñicas es frecuentado sobre todo por aficionados a la espeleología, por sus cuevas de gran interés, y que despertaban la imaginación de los antiguos habitantes del lugar, de las que contaban muchas historias y leyendas que aún conservan ese aura de misterio.


Fuente: Revista El Afa nº25. Agradecimientos: Isa G. Mañas.


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