‘El Colorao’ que era muy rico

“Ante su edificante comportamiento, se le tributaron unas solemnísimas horas fúnebres”

El Pingurucho de los Coloraos estuvo ubicado en Puerta Purchena.
El Pingurucho de los Coloraos estuvo ubicado en Puerta Purchena.

En el primer tercio del siglo que ahora concluye varios cronistas dejaron constancia, en nuestra prensa local, de diferentes tradiciones y leyendas almerienses. Por ejemplo, Don Joaquín Santisteban en “El Mediterráneo y la Crónica Meridional”. Son relatos con mayor o menor fortuna, pero cuando menos curiosos y ricos en datos que pueden ayudar a reconstruir el perfil sociológico de nuestra comunidad, aun considerando el tufillo de fantasía que algunos exhalan. Tratamos por nuestra parte de examinar algunos de esos sucesos tradicionales a la luz de la investigación histórica, para averiguar así su grado de certeza.


Como está muy próximo el aniversario de “Los Coloraos”, creo oportuno hablar ahora, aunque someramente, de algunas investigaciones ya realizadas; hoy, sobre el personaje del epígrafe.


Don Juan A. Martínez de Castro, cronista de Almería, en un magnífico artículo titulado “El Centenario de hoy. Los Mártires de la Libertad”, que se publicó en el Diario de Almería del domingo 24 de agosto de 1924, nos relata una de aquellas tradiciones a que nos referimos: Cuenta algún que otro viejo, que lo oyó a sus padres, que entre los fusilados ese día, había uno riquísimo, de noble familia, de gran valimiento en la corte... y que por su rescate, para salvarle al menos la vida ofrecieron su peso en oro (¿tal vez en plata?)... desolada la esposa, joven y bella, quiso traerle personalmente el perdón real y montando a caballo vino de Madrid a Almería... al entrar en los callejones de Cárdenas, el sonido de una descarga paralizó su sangre... otra descarga retumbó lúgubremente, y luego... nada, un silencio verdaderamente de muerte... Redondea el relato nuestro cronista manifestando el resquemor que le producía la posibilidad de que nunca se averiguare la verdad de lo sucedido, la mortificación de lo que siempre tendrá el misterio de lo ignorado...  Y conjetura, en fin, que la víctima debió de ser el caballero Bustamante.


Veamos la realidad. Este Bustamante fue uno de los 9 prisioneros cuyo destino quedó pendiente del resultado de una consulta al Capitán General de Granada, a la sazón el general Álvarez Campana. Tachado éste de falta de energía, fue sustituido, a finales de agosto de 1824, por el general Quesada, quien con fecha 6 de septiembre siguiente resuelve por su cuenta aquella consulta, sin esperar la resolución definitiva de Madrid.


Manifiesta entonces el gobernador de Almería que sin demora alguna fuesen fusilados cuatro de los nueve prisioneros que existían en los calabozos, que igual número de ellos sufriesen cuatro carreras de baquetas por cien hombres... y que el noveno quedase en libertad. Bustamante, ante tan terribles noticias, se derrumbó totalmente y el día 10 y siguientes del citado setiembre, hizo hasta seis declaraciones, dando pelos y señales de la conspiración, a cambio de que se le perdonara la vida. De acuerdo con la documentación que hemos podido consultar, fue un oscuro proceso en el que, a los oídos y rivalidades por cuestiones de competencia que se suscitaron entre el alcalde del crimen Mariano Lafuente (comisionado especial del Rey en la causa contra Pablo Iglesias y otros) y la Comisión Militar ejecutiva de Granada, hay que añadir la inquietud que se produjo en ciertos revolucionarios poderosos ante la facilidad de palabra de Bustamante, así como el alivio que supondría para la causa de ellos el silencio sepulcral de éste. Calomarde, desde Madrid, siguió el repugnante juego (condicionando el perdón a la relevancia y resultado cierto de las declaraciones, igual que con Pablo Iglesias), pero sus instrucciones en tal sentido llegaron tarde a Almería. Bustamante fue ajusticiado el día 24 de setiembre de aquel año, no obstante haber vuelto algunos días antes de morir, a los sentimientos de honor, de religión y de lealtad que debió a su nacimiento ilustre y educación esmerada, en palabras del Conde Ofalia.


Ante su edificante comportamiento, se le tributaron unas solemnísimas horas fúnebres, para ejemplo y advertencia de un pueblo enmudecido. En la conciencia colectiva de que pueblo debieron causar gran impacto aquellas ocurrencias, pues, como vemos, cien años después se mantenían en la tradición oral almeriense, pero adobadas, naturalmente, con los aromas propios del romanticismo y de la fantasía popular.

 

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