Las viejas bodegas

‘Los 7 días’ sobrevivió cuando a comienzos de los 70 los nuevos bares se fueron imponiendo

Un grupo de amigos en la bodeguilla \'Los 7 días\', en el Barrio Alto.
Un grupo de amigos en la bodeguilla \'Los 7 días\', en el Barrio Alto.

La única verbena con ‘b’ en vez de ‘v’ está en el corazón del Barrio Alto. En aquel entramado de callejuelas aparecía, exhibiendo su falta de ortografía sin ningún pudor, la escondida calle de la ‘Bervena’. 


En el número once existía, hace una década, una vivienda de puerta antigua con un cartel rudimentario en el que se anunciaba: ‘Estudios de cine Metro Goldwyn Mayer’. El lugar se llamaba Villa Remiendo y pertenecía a un antiguo figurante de las películas, tan aficionado que decidió montar un pequeño taller para recordar el esplendor de aquellos años de rodajes. 


La calle de la ‘Bervena’ tuvo también su bar, la muy noble y conocida bodeguilla de ‘Los 7 días’, propiedad del empresario Manuel Fernández Oña. Unos le llamaban bar, pero tenía la esencia de las viejas tabernas de hombres, tan austeras en su tramoya que un simple cartel de toros llenaba su desconchada pared con la fuerza de un Velázquez.




Todos los años a finales de abril, cuando se acercaba el día de San Marcos, el dueño del establecimiento adornaba el local con un juego de cuernos que colocaba sobre los bocoyes que guardaban el vino.


El nombre de ‘Los 7 días’ venía a decir que allí no se cerraba nunca, ya fuera lunes o domingo, mientras hubiera un parroquiano dispuesto a tomarse uno chato de vino.   La bodega tenía dos puertas, un manojo de mesas esparcidas por el salón, un bidón de uralita lleno de agua que descansaba sobre una caja de madera, una televisión que se quedaba pequeña las tardes de corrida, dos perros que formaban parte del decorado y un cartel que anunciaba a Manolete en la plaza de Almería. Tenía también una nevera vieja que a veces se convertía en la segunda barra del negocio y un cuarto al que de forma pretenciosa le decían el váter, y que era algo tan simple como un agujero en el suelo sobre el que aliviaban los clientes. 


La presencia de dos enormes barriles de madera, llenos de vino de La Mancha, eran la señal inequívoca de que aquel recinto era una bodega. 


‘Los 7 días’ fue hija de un tiempo donde todavía abundaban las pequeñas tabernas de barrio, negocios familiares que tenían ese aire de refugio que caracterizaba a los bares de hombres. Allí todo el mundo se conocía y todo se compartía. Alrededor de una botella de litro se organizaban grandes tertulias que a veces se prolongaban hasta el anochecer. Era muy frecuentada por la gente del Plus Ultra, que aprovechaba la cercanía de la sede del club, que estaba al lado, para rematar la jornada disfrutando del vino, de las tapas y de la conversación. Uno de los inquilinos habituales era Pepe ‘el Tuerto’, voluntario de la Cruz Roja y reconocido artesano del calzado que se ganaba unos duros reparando las botas de los futbolistas. Por allí pasaba a menudo Joaquín ‘el Pilili’, la revolución del barrio, aquel agitador que crecía como un gigante en la barra de un bar bien rodeado de amigos. 


‘Los 7 días’ sobrevivió a la modernidad, cuando a comienzos de los años setenta los nuevos bares se fueron imponiendo lentamente a las tabernas de toda la vida. Sobrevivió porque tenía una clientela fiel que valoraba más el alma del lugar qué el atractivo de las nuevas tapas y la comodidad de los nuevos establecimientos. Allí no llegaron nunca las tapas sofisticadas ni la cerveza de barril. La bodega tenía como único argumento su ambiente acogedor y el buen vino que encerraban los barriles. Las tapas conservaron la esencia de otro tiempo: trozos de manzana pinchados en un palillo, un plato de cacahuetes y garbanzos tostados, y para los más exquisitos tacos de tocino o aceitunas. 


‘Los 7 días’ compartió el mismo escenario con otros establecimientos míticos del Barrio Alto. En la esquina con la calle Real estaba ya instalado el bar Texas, del inmortal José López Usero, más conocido como ‘el Pisón’; y en la manzana de los pisos de los pintores, la mítica bodega del Perú, cuyo propietario era uno de los industriales más conocidos de la ciudad, el célebre Pepe ‘el Garrote’, que tantos años estuvo instalado en la calle de Marín, en las inmediaciones de la Plaza Vieja.


La historia del Barrio Alto de los años cincuenta y sesenta se podría estudiar a través de la vida de aquellas bodegas masculinas que llevaban impregnadas el aroma de la posguerra.


En cada barrio había al menos una de aquellas bodegas masculinas donde se reunían los clientes a la salida de los trabajos. La mayoría de los locales apenas tenían decoración: un mostrador antiguo, un grupo de mesas con sus sillas correspondientes y una atmósfera cargada de humo donde siempre olía a tabaco y a vino peleón.

 

Las viejas bodegas no necesitaban anunciarse en los periódicos ni vivían por la publicidad. Muchas no tenían ni un letrero en la puerta con el nombre colgado, pero su fama llegaba por todos los rincones de la ciudad de boca en boca, alimentada por la calidad del vino y la bondad de las tapas que servían. Había tabernas de nombres sugerentes como el Observatorio, el gran templo del chateo de la esquina de la Plaza del Quemadero o la Oficina, en la calle de Granada, que se prestaba siempre al chiste fácil: “Cuando llegues a tu casa y tu mujer te diga que hueles a vino le dices que vienes de la oficina”, se decía entonces. Este establecimiento, que estaba situado en la calle de Granada, fue uno de los bares más conocidos de Almería. Lo abrió el empresario Gerónimo García López en el año 1951. 


La Oficina tenía entonces una numerosa y variada clientela, gentes que venían desde todos los barrios buscando un rato de tertulia y el vino de excelente calidad que importaban desde La Mancha en grandes barriles que llegaban en tren a la estación. Contaba también con una clientela diaria de los empleados de los comercios del centro y de los bancos del Paseo, que solían hacer siempre una parada en La Oficina cuando terminaban la jornada de trabajo.


Muy cerca, en la Plaza de San Sebastián, estaba la histórica bodega de Tonda, que además de ser bodega funcionaba como almacén de vinos y aguardientes, y llegó a tener en sus comienzos en propiedad una fábrica de elaboración de anisados y licores. Competía en aquellos tiempos con lugares tan emblemáticos como el Montenegro, abierto en marzo de 1949 por iniciativa de Juan Puga Antequera y su sobrino Francisco Puga Sabio. Desde su origen, la bodega Montenegro se especializó en el vino de Alboloduy.

Dos veces al año, sus dueños hacían una excursión al pueblo a por doscientas sesenta arrobas que traían en un camión. El vino no era sólo para el consumo de su establecimiento, sino que servía para abastecer a otros bares de la ciudad. Del reparto se encargaba un joven aprendiz, José Ibarra López (actual propietario del establecimiento), que con un carrillo de madera de tres ruedas recorría Almería llevando la carga. 


En la calle Real reina la bodega del Patio, con su escenario anclado varios siglos atrás y su fiel clientela; junto a la Plaza del Marqués de Heredia estaba ‘el 1 y el 2’, dándole vida a aquella esquina que miraba al Paseo; en la Plaza del Carmen estuvo la Reguladora y entre las calles de Pedro Jover y Alborán, la muy recordada bodega de ‘En la esquinita de espero’, que perfumaba toda aquella manzana al sur de la Almedina. El olor agrio del vino que se almacenaba en los grandes toneles de la despensa, el aroma dulce del anís que se vendía a granel fueron el perfume oficial de aquel famoso rincón. A los niños del barrio, nuestras madres nos mandaban a ‘En la esquinita te espero’ con una botella vacía de cristal en la mano para que compráramos medio litro de vinagre o una cuarta de anís para los roscos de Navidad. 


En aquellas tabernas que eran patrimonio de los hombres anidaban también los que entonces llamábamos “borrachos”. 


Recuerdo que a finales de los años sesenta todavía era habitual ver salir de una bodega a un hombre bebido de verdad, de los que iban tambaleándose, midiendo la calle de una acera a otra, cogiéndose a la pared para no terminar en el suelo. Aquellos pobres diablos acababan a veces durmiendo la borrachera en cualquier acera con un rastro de orines en el pantalón. A los niños de aquel tiempo nos asustaba ver a los borrachos balanceándose como barcos en medio de una tempestad y cuando pasaban por nuestra calle corríamos a escondernos para que no se fijaran en nosotros, para que no se detuvieran en nuestro tranco ni se tumbaran junto a nuestra puerta.

 

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