La Almería de los coches de caballos

“Recuerdo que hace unos cuantos veranos no pude alquilar un coche de caballos”

Coches de caballos estacionados en la Rambla Obispo Orberá.
Coches de caballos estacionados en la Rambla Obispo Orberá.

Hay actualmente treinta y seis coches de caballos de alquiler en Almería, y en 1959 había treinta y tres. Es decir, estos coches siguen subsistiendo en Almería a pesar de los taxis. La velocidad de la sangre no ha sido vencida por la velocidad mecánica.


Pero estamos aun sin ponernos de acuerdo sobre el nombre de estos coches de caballos: unos los conocen por «victorias», otros por «landós», algunos por «jardineras», y la mayor parte de los almerienses les llaman «berlinas».


Precisamente lo que no son; porque la «berlina» suele ser un coche cerrado. La «victoria» es un coche descubierto y los coches de caballos de Almería lo son, aunque los cocheros se han empeñado en ponerle unos toldos antiestéticos que no creo que sean del agrado de ningún viajero. Si hubo hace muchísimos años algunas «berlinas», algún que otro «break» y no pocas «góndolas». («Los fastuosos coches familiares, orgullo de la ciudad», dijo de ellas Ledesma). Lo que yo nunca vi fue el llamado «cupé».


Estos coches de alquiler son la gracia de Almería y los que todavía prestan algún carácter a la ciudad, que lo va perdiendo, día a día, entre los rascacielos que se levantan acá y allá sin sentido de la estética y de una lógica ordenación urbanística. (¿Qué se hizo del proyecto que llevó a cabo Prieto Moreno?) Montar en una de esas «victorias», con capota echada hacía atrás, recorriendo la ciudad al trote de la jaca y oyendo sonar los cascabeles, es un encanto. El paisaje se detiene al ritmo del paso de caballería. Todo se ve en su plenitud y bajo una sensación de tranquilidad, de sosiego, que jamás alcanzaríamos en un auto, aun en el supuesto de que marchara a paso de tortuga. Porque el auto es siempre auto; nunca podrá tener la gracia de un vehículo tirado por un caballo.


Recuerdo con agrado que hace unos cuantos veranos no pude, en toda una mañana, alquilar un coche de caballos. Una caravana de turistas había abandonado sus lujosos automóviles para tomarlos por asalto. Era sorprenderte contemplar, a lo largo del Paseo, una hilera de coches de caballos, descapotados y llenos de extranjeros. ¡Cuántos ojos claros, cuántas cabelleras rubias, cuántos trajes de seda estampados abanderaban aquellos coches! Junto al cochero, montada en el pescante, alguna turista, cogiendo las bridas, conducía el trote de la jaca. El auriga, extasiado por su joven y vistosa compañera, dejaba gobernar su carruaje. El cuadro era vivo por su belleza y su humanidad.


Hacemos justicia al elogiar estos coches a los que no prestan demasiados cuidados las autoridades municipales de Almería, porque quizá no sepan hasta dónde llega el valor exacto de ellos. No comprenden que estos coches de punto son como un lujo dentro del vértigo en que vivimos hoy en día. Dejen los ediles sus tímidos «semihaygas» o sus «seats utilitarios» y acomódense en uno de estos coches de alquiler para recorrer la ciudad. Podrán así conocer todos los rincones dándose cuenta de dónde falta una fuente o dónde sobra una estatua (como la de la Plaza Circular o de Emilio Pérez), dónde iría bien un jardín o dónde se acaba de asesinar un árbol. Y todo esto al ritmo de la caballería, al trote suave de ésta. A legua por hora se ve todo más claro.


Yo creo que un coche de caballos, ¡palabra!, es la única cosa que tenemos a mano para vengarnos un poco del progreso.

 

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