La vuelta a Almería en 80 años

Antiguos redactores que daban vida a las páginas del periódico más veterano de la provincia.
Antiguos redactores que daban vida a las páginas del periódico más veterano de la provincia. La Voz

Hubo un tiempo en el que Almería era del color gris del plomo. Una provincia de lutos y de tristezas, de ojos que miraban con miedo tras los soportales. La miseria tras la Guerra del 36 se palpaba en esas calles surcadas por carretas de mulas y en las que, en cada esquina, se apostaba un estraperlista de aceite, azúcar o penicilina.


Una Almería, a pesar de los pesares, ilusionada en salir adelante. Que hacía guiños al hambre con una sera higos o un puñado de algarrobas. La Almería de los vales de racionamiento, del pan negro y de León Salvador ofreciendo medias de París junto al Cañillo. La ciudad –y la provincia- se fue lamiendo sus heridas, huyendo hacia adelante. Y la celeridad del almanaque consiguió borrar esos recuerdos de refugios y de bombas, de registros de madrugada y de olor a boniato. Almería crecía, se ensanchaba su trama urbana, se recuperaban edificios y los almerienses conseguían crear una amplia clase media. Los biscúter empezaron a alegrar el paseo con sus relinchos y las terrazas de los cafés volvían a bullir de gente.  Llegó el desarrollismo, la industria del cine, los bikinis, el aeropuerto y las cartillas de ahorro. Almería se modernizaba y consiguió prosperar –matices aparte- con ahínco hasta hoy. Ya no es una provincia de aspecto triste y mesetario, sino mediterránea, aún sin madurar, con todo un recorrido de progreso por delante. 


Y en estos últimos 80 años, en los que se ha ido construyendo la fábrica de la provincia, los almerienses, los inquilinos de esta tierra de promisión, han contado con un heraldo, con un clarín, que ha ido dando testimonio diario de sus miserias y grandeza: La Voz de Almería, el antiguo Yuguillo, que cumple ahora ocho décadas de vida entre los almerienses, superando a La Crónica Meridional (76 años de existencia) y convirtiéndose así en el diario más longevo de la historia de la provincia. Ha sido como una arteria de papel, una seña de identidad como el indalo o el parral, que ha ido fluyendo entre abuelos, padres y nietos, que lo han leído en las terrazas del Paseo y en todas las comarcas, a Levante y Poniente de la capital. Ha estado dirigido por 17 directores, en cinco sedes diferentes: la Plaza Antonio González Egea, calle de Las Tiendas, General Segura, Avenida de Montserrat, y la actual, en el Edificio Laura de la Avenida del Mediterráneo, donde todo se ha ido haciendo cada vez más distinto de como fue al principio.


La historia de este periódico arranca una mañana de primavera de 1939, mañana de miedo e incertidumbre, en la que algunos de los antiguos redactores de El Heraldo de Almería sacaron a la calle el primer número: una pequeña resma de ejemplares de papel manila que dos jóvenes aprendices, Manolo Román y Manuel Cervantes, fueron voceando por la ciudad con el nombre de La Nueva España. La Administración franquista había asumido de inmediato la necesidad de editar un diario en Almería. Y esa misma tarde del 29 de marzo, tres días antes del último parte del final de la Guerra, salió a la calle La Nueva España. Gines de Haro Rossi, hijo de Ginés de Haro y Haro (director del antiguo Heraldo) fue el primer director. Con la ayuda de un grupo de colaboradores, dos linotipias y una máquina Minerva, sacaron a la calle el periódico de cuatro finas páginas con papel amarillo, obtenido probablemente en alguna confitería. Su composición e impresión se hizo en la prolongación de la calle Infanta (actual Plaza de González Egea, 2) en la imprenta incautada al diario ugetista Adelante. Se editaron tres números bajo esta cabecera, hasta que al detectar la coincidencia con La Nueva España de Oviedo, que se editaba desde 1936, obligó a cambiar el nombre. Tuteló este cambio la 20 Compañía de Propaganda del Ejército del Sur que se incautó de los distintos centros oficiales, incluidos los locales de radios y periódicos clausurados. Con esta Compañía llegaron a Almería el ovetense José Riestra de la Roza y el cántabro José Miguel Quiroga y Abarca y a propuesta de ambos se coincidió en adoptar a partir del uno de abril, como nueva cabecera, la de Yugo, uno de los símbolos del nuevo Estado.



 Riestra tomó las riendas durante varios días, pero al poco tiempo delegó en Quiroga, que había dirigido varias emisoras de radio durante la Guerra y era  amigo personal de Serrano Suñer, cuñado de Franco, quien gestionó la instalación en el nuevo periódico de diverso material tipográfico. La primera plantilla la componían el veterano Manuel Soriano Martín, José María González de la Torre y Ángel López Núñez, junto a Juan Martínez Martín Martimar y como auxiliar de primera, Manuel Román González, de 16 años. A ellos se unió en mayo Manuel Falces Aznar, un joven de 19 años natural de Fiñana. También llegó Celestino Fernández, que procedía de la radio. Martimar ya empezó en esas fechas a firmar sus crónicas taurinas con el pseudónimo de Volapié.

En febrero de 1940, el hasta entonces redactor jefe, el malagueño José Buguella de Toro sustituía a José Miguel Quiroga y se incorporaba a la redacción el cordobés José Valles Primo. Un mes más tarde, Yugo se hacía de nueva maquinaria y una  nueva sede, más espaciosa, dentro de las limitaciones, en la calle General Segura, 5 en un inmueble propiedad de la familia Pérez Manzuco. Antes había servido de garaje y allí se acondicionó la administración, redacción, talleres y la imprenta comercial. En la redacción de Yugo se empezó a editar también La Hoja del Lunes, controlada por la Asociación de la Prensa. Las portadas de los periódicos estaban monopolizadas por la información nacional que llegaba a través de las agencias Efe, Cifra y Pyresa. Había poco espacio aún para las noticias locales. Pero ya se contaba con una rotoplana Dúplex, de la casa suiza Bhuler Freres, llegada de Málaga con técnico incluido, José Ramírez, al que se unió José Úbeda Monerri y Juan Soler. Las páginas del periódico se ampliaron de las 4 iniciales, a 8 y más tarde a 12 y 16. El primer teletipo fue Hell, de origen alemán, que se encargaba de arreglar Diego Llorente. Aquel caserón de General Segura, enfrente del cine Hesperia, olía a tinta, a papel y a plomo, envueltas siempre las dos salas de redacción en una nube azulada de humo.


Al poco tiempo de abrir en General Segura se marchó Buguella y en pocos meses se suceden varios directores: el portugués José de Nobre, Mauricio José Monsuárez de Yoss y el granadino Eduardo Molina Fajardo, que desempeño el cargo en dos etapas. La plantilla se reforzó con un dibujante, Diego Domínguez Herrero, natural de Zurgena que pasó luego a ser redactor de sucesos y a hacer las crónicas culturales. También entra como redactor jefe el almeriense José Antonio Caparrós Vicente, que era también veterinario.


En 1943 llega un nuevo director, José María Peña y Pérez de Guzmán, natural de Zaragoza, y como redactor jefe el madrileño Ángel Vilches Criado. En esa época los sueldos oscilaban entre las 1.380 que ganaba el director y las 500 de los auxiliares de redacción. El trabajo se dividía entre redactores de mesa y de calle. Estos últimos echaban la mañana recabando información de los centros oficiales como el Gobierno Civil, el Ayuntamiento, la Comandancia de Marina o los Juzgados y por la tarde llegaban al periódico a teclear las informaciones del día hasta las 11 o las 12 de la noche en la vieja Hispano Olivetti, Olimpia o Underwood. No había más de dos o tres máquinas de escribir en la redacción. Los redactores de mesa se encargaban de los teletipos y de organizar el trabajo del día. A las cinco de la mañana los periódicos salían de los talleres con la tinta aún caliente y en carro eran transportados hasta la estación para coger el tren correo y los autobuses de los pueblos. 


Tras marcharse Peña de director, volvió en una segunda etapa Molina Fajardo, coincidiendo con el nacimiento del movimiento indaliano encabezado por Perceval, a quien alentó y dio cobijo en las páginas del periódico.


En 1951 llega el granadino José Cirre Jiménez a la dirección de Yugo y con él se modernizó el diario y empezó a tratar más de cerca la información local. En esa época no era habitual la firma de los redactores con su nombre en las informaciones, al margen del ejemplar que se deposita en la Jefatura Provincial del Movimiento (Gobierno Civil) donde con sello de caucho el funcionario de turno estampaba el nombre del redactor responsable de editar cada página. Los nombres y apellidos se sustituían por pseudónimos como el de Volapié, con el que firmaba las crónicas de toros Juan Martínez Martín Martimar. Manuel Román, que estuvo más de 50 años en el periódico, firmaba sus crónicas denominadas Perfil del Día, Bajo el Manzanillo o Almería Nuestra con el pseudónimo de Equis y las de deportes como Eme-Erre, su hijo José Manuel Román, que se incorporó más tarde al diario firmaba como Jómaro, Filabres o Plinio. 


Como redactores jefes se van turnando Caparrós, Martimar y Soriano, que hace los editoriales. Los tres desarrollaron un amplio bagaje en periódicos editados antes de la Guerra Civil. Falces era el redactor de Reportajes y Cierre.  También se añaden firmas de colaboradores como Juan Cuadrado, Celia Viñas, Perceval, Ochotorena, Bartolomé Marín, José Ángel Tapia, Martínez Leiva, Joaquín Delgado, Torres Rollón, y Bernardo Martín del Rey, los chiste de Eduardo, Vale, Néstor y Tonda, entre otros. El primer fotógrafo con firma es Luis Ruiz Marín, natural de Enix, que es ayudado por su cuñado José Mullor.


En 1962 se produce el cambio de cabecera de Yugo por La Voz de Almería a propuesta del director Cirre y la paginación más habitual es de 24 hojas a un precio de dos pesetas. Entre los administradores del diario aparecen nombres como el de Antonio Martín Aranda, Andrés Oyonarte, Juan López Ruiz, Francisco Zafra, Francisco Collado, Francisco García Molina (Los Gallardos), más tarde administrador de Ideal, Jesús Serna, Rafael Misas y José Luis Campos; en talleres trabajaron, entre otros, como regentes Juan Matarín, Andrés Sánchez, José Quesada, Antonio Artero, Francisco Iglesias y Pepe Úbeda; correctores, Rafael Carreño y Manuel García; linotipistas, Antonio Algarra, Juan Benavides, Miguel Ranea (limpio entre los limpios) Manuel Cuenca, Amadeo Puig; cajistas como Juan Galera, Francisco Oliver, Miguel Moreno; mecánicos, Casajús; confeccionadores, como Luis Sánchez Alberti (sobrino del poeta Rafael Alberti); embuchadores como Antonio Gómez y José María Agulleiro, conserjes como Felipe Gómez y teletipistas como Epifanio Domenech.


Tras 34 años, La Voz cambia de sede: abandona el viejo caserón de General Segura y marcha a un edificio moderno en Avenida Montserrat 32 coincidiendo con un nuevo relevo en la dirección: Donato León Tierno sustituye al eterno José Cirre. La nueva sede adquirida por la Delegación Nacional de Prensa supone una modernización de la tecnología del periódico con la nueva rotoplana Linhdberg. Aumenta la paginación y adquiere mayor peso la información de provincia con un papel más relevante de los corresponsales con crónicas de los distintos pueblos y comarcas. 


Tras Donato León se suceden como directores Juan José Porto, Teófilo Gutiérrez Gallego y José María Martínez de Haro, el primer almeriense en la dirección de La Voz, que afrontó un nuevo cambio tecnológico al pasar del tradicional sistema de plomo a la fotocomposición, de la rotoplana al ofsset en 1982. El periódico aumenta plantilla y paginación. Han ido llegando nuevas generaciones de periodistas como Antonio Grijalba, Kayros, José Manuel Román y Paco Gerez y después Manuel Acién, José Martínez, Lola Nieto y Antonio Torres. A Martínez de Haro le sucede de forma interina Javier Esteban Reta y Gonzalo Padrón, el último director de La Voz bajo el cañamazo de la prensa pública en un periodo convulso, trufado de huelgas de los trabajadores del diario.


En mayo de 1984, Novotécnica se adjudica en pública subasta La Voz de Almería por 60 millones de pesetas. Comienza así una nueva época en el periódico decano de la provincia, con nuevos retos. Es nombrado nuevo director, con 29 años, el almeriense Carlos Santos que viene de trabajar en Diario 16 y se van incorporando nuevos refuerzos como Manuel Martorell, Francisco Pérez y Pedro Manuel de la Cruz. A partir de ahí comienza la historia reciente de este periódico, más cercana, más conocida. A Santos lo releva en 1986, como director en funciones el garruchero Francisco Pérez y a éste, en 1988, el albojense Pedro M. de la Cruz, nombrado por el editor José Luis Martínez -que suma hasta el momento 31 años como director- y Miguel Naveros como redactor jefe.


Durante estos últimos veinte años se ha pasado de una redacción de máquinas de escribir a los primeros ordenadores antediluvianos, IBM, cuando aún se maquetaba de forma artesanal, con Serna y López Gay, tipómetro en mano, rotulador y cíceros en la cabeza. Los textos una vez impresos en impresora de aguja y corregidos, se enrollaban con la foto correspondiente y se deslizaban por un tubo hasta el área de montaje.


En los 90 llegó Internet con el Netscape y el correo electrónico y después llegó el color a la portada, los macintosh, el Page Maker, el Quark XPress, la fotografía digital, los HP, las plantillas predeterminadas y la autoedición. Y a comienzos del actual siglo XXI, La Voz hace el cambio definitivo a un edificio moderno e integrado con la cadena Ser, en la Avenida del Mediterráneo, en una redacción multimedia, donde ha desaparecido el humo del tabaco y ha ido abriéndose camino la tecnología: el diario digital -donde la información ya no descansa- los informes de Google Analitycs, el wifi, facebook, twitter e instagram y el cambio de rotativa de Alicante a Antequera.


Ya no huele a tinta en la redacción, pero más allá del soporte de pantalla o papel, más allá del adjetivo, está el sustantivo: el afán de La Voz -el mismo desde hace 80 años- por contar la información local y cercana, por contar el pregón de un barrio de Almería como si se tratara de la conferencia de un nobel en Estocolmo.

 

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