Los chinos también lloran en Almería

Se van a pique por la crisis bazares y restaurantes y descienden los autónomos orientales

Bazar chino de Aguadulce que ha cerrado en donde estuvieron los multicines Chaplin.
Bazar chino de Aguadulce que ha cerrado en donde estuvieron los multicines Chaplin.
Manuel León 00:10 • 01 abr. 2022

El superviviente por antonomasia de este planeta -el ciudadano chino- también está besando la lona en los negocios de la provincia. El poder amarillo ya no es tanto poder ahora que aprietan los costes de producción, que se bloquea el tránsito de contenedores, que se agiganta la inflación. Por muchas horas que eche detrás del mostrador, lo mismo le cuesta el megavatio hora a un tendero de origen cantonés en Roquetas que a  un tapicero de Guazamara.


Lo que nunca parecía que iba a ocurrir está ocurriendo: bazares chinos que bajan la persiana en la provincia. Un ejemplo es el Híper Chaplin, ese gran bazar oriental que vino a tomar el relevo de los multicines del mismo nombre en la principal vía de Aguadulce y que tras unos meses de cara al público sus puertas están cerradas, aunque, en este caso, es para hacer unas reformas en el interior.


Otra gran superficie oriental que ha clausurado sus instalaciones recientemente es Híper Kyra, en la Autovía del Aeropuerto, donde antes se ubicaba el gran vendedor de bicicletas Navarro Hermanos. Si uno se da una vuelta por la ciudad puede comprobar que otros bazares de tamaño más discreto también han cerrado sus puertas hasta nueva orden.



Esta crisis que no sabe de razas ni de credos, provocada por múltiples factores (Guerra de Ucrania, subida  de las materias primas, energía, carburantes, precio del dinero) no solo abruma a los chinos en el sector del comercio, también la hostelería, su ocupación estrella,  supura heridas. 


Varios restaurantes en El Zapillo regentado por orientales han cerrado y en el centro de la ciudad, el popular Ming Yuet, el decano de los empresarios de ojos rasgados, también ha claudicado a estos tiempos precarios, aunque, en su caso está más justificado por haber llegado a la edad d la jubilación. El señor Yuet, un émulo en la cocina del célebre señor Miyagi, que empezó en la calle Pablo Iglesias, ha colocado el letrero de traspaso en su último local en la calle Marín por un precio de 35.000 euros.



El presidente de la Asociación de chinos de Andalucía, Fu Zhen Hong, conocido como ‘Felipe Fu’ ha cifrado en un 30% la caída de ventas de los bazares chinos en la región y en mayor medida aún en los restaurantes, en una espiral que comenzó incluso antes de la pandemia.


Hace un lustro, en la provincia operaban 1.100 negocios regentados por autónomos de origen chino, según el Informe de Trabajadores Extranjeros del Ministerio de Empleo y ahora, al cierre de 2021 la cifra no pasa de 800. 



Ya no son el principal colectivo de autónomos extranjeros de la provincia, al haber sido desbancados por los de origen magrebí. En la periferia de la capital, como es el caso de los polígonos de La Cepa, San Rafael o La Juaida, no se ha visto que abran nuevas grandes superficies de comercio oriental tras la bonanza de la que disfrutaron durante la década de 2000.


Uno de sus problema ha sido el estrangulamiento de su propia red de distribución que les hacía más competitivos. Pero los problemas con el transporte de contenedores y el alza de los fletes ha provocado también el encarecimiento del precio final para el consumidor. Ha aumentado también la competencia de empresa locales que importan productos de bajo coste procedentes de fábricas chinas.


Cuentos chinos

Cuenta un comerciante chino de la Plaza San Pedro que  los primeros chinos que llegaron a Almería procedían de Quingtian, una ciudad situada en la zona oriental del país. Desde la llegada de esos adelantados Marcopolos a la inversa, se han ido adaptando a las costumbres locales y conviviendo poco a poco con los almerienses, aprendiendo nuestro idioma, aunque trabajando un 200% más. Para el patrón de Mercadona son héroes del esfuerzo, para Alfonso Guerra no son un modelo a seguir porque han desterrado el concepto de calidad de vida. Son como españoles de los 40, de los que se dice que duermen debajo del mostrador en jornadas maratonianas, que no hacen entierros y que no pisan un banco.



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