Los vecinos de la colonia Costa del Sol

Habitaban un grupo de casas en la playa de El Zapillo junto al paraje actual de El Palmeral

Al fondo, las casas que formaban la colonia Costa del Sol, donde hoy empieza El Palmeral del barrio de El Zapillo. En los años 60 aún existía all
Al fondo, las casas que formaban la colonia Costa del Sol, donde hoy empieza El Palmeral del barrio de El Zapillo. En los años 60 aún existía all La Voz
Eduardo de Vicente
20:58 • 27 mar. 2024

Allí donde acababa la ciudad, donde la carretera que venía desde las Almadrabillas camino de El Zapillo se convertía en una vereda que llegaba hasta la boca del río; allí donde todavía reinaban los últimos vestigios de la vega y donde no había otra señal del progreso que la chimenea de la nueva Centra Térmica y las sombrillas de los veraneantes que llegaban en agosto, allí se formó, a finales de la década de los cincuenta, una pequeña colonia de familias que arrastraba una historia común: venían del norte de África, buscando un lugar donde meter sus vidas tras haber tenido que coger las maletas sin tiempo de mirar atrás y huir a toda prisa de Marruecos, donde acababa de romperse el protectorado.



En ese grupo de exiliados estaba la familia de Prudencio López, Guardia Civil de profesión y las familias de los chóferes Vicente Pecino, Juan Rodríguez, Pedro Rivas y Bernardo Franco, entre otras. Llegaron a Almería en 1958, a bordo del carguero ‘Villa de África’,  y se instalaron en esa esquina de El Zapillo donde no había otro horizonte que la vega y el mar. 



Ocuparon las viviendas de lo que entonces se conocía como colonia Costa del Sol, al lado de una de las boqueras que desembocaba en la misma playa, y enfrente del recordado bosquecillo de eucaliptos que desapareció años después con la construcción de los grandes bloques de apartamentos que cambiaron completamente el decorado.



En aquellos años, el barrio estaba en pleno proceso de urbanización, pero aquella esquina frente a la playa, conservaba todavía antiguas formas de vida que la convertían en un pequeño paraíso para sus habitantes. Sobre todo para los niños que pudieron disfrutar sin límites de aquel  espacio natural donde corrieron y saltaron a sus anchas, alejados de la civilización que representaba el centro de la ciudad.



Es verdad que las casas que habitaban no reunían las mínimas comodidades, que tenía que dormir toda la familia en el único dormitorio existente, y que dentro no tenían otro desahogo que el patio interior donde se ocultaba el váter y la estrecha cocina. Pero también es cierto que aquellas gentes hacían la vida fuera, en la puerta de las casas donde siempre corría la brisa del mar, y en el bosquecillo de los eucaliptos, que era un lujo para los niños y un consuelo para las madres que aprovechaban la proximidad de los árboles para montar allí los tenderetes donde colgaban la ropa al sol.  



Juan Manuel Pecino, uno de los niños que vinieron de Marruecos a las viviendas de la colonia ‘Costa del Sol’ recuerda aquellos días interminables de libertad, cuando jugaban a los indios entre los árboles, cuando guerreaban con las pandillas que llegaban desde el interior de El Zapillo: los Uclés, el Kubala, el Di Stefano, el Blas, el Juanico, el Kiko, eran algunos de aquellos muchachos que se juntaban en los eucaliptos. De aquel escenario natural, Pecino cuenta que existía una vieja ermita medio destruida y una balsa de riego vacía que también utilizaban para jugar.



En los meses más duros del invierno, cuando los temporales de viento soplaban durante días, el mar llegaba hasta el límite de las casas, amenazando el muro de contención que los separaba. En esos días de vendaval la vida se alteraba en la colonia y había que cerrar puertas y ventanas para que la arena no se colara hasta las cocinas. 



Las familias de los eucaliptos iban a comprar a la tienda de Lola, en la plazoleta de El Zapillo, y se comían los jureles a la plancha en el bar del ‘Patachula’. Los niños asistían a diario a la escuela Caudillo Franco y eran clientes del barbero del barrio, el maestro Manuel Valverde, que también habitaba una de las casillas frente al bosque. 


Todos los años, por julio, el arrabal se alteraba con la llegada de los veraneantes, que montaban sus sombrajes junto a la orilla de la playa y allí instalaban su cuartel general hasta el mes de septiembre. Entre los ‘turistas’ y los inquilinos de las casas se abría un espacio insalvable, una frontera entre clases que se notaba en la forma de hablar, en las comidas, en los juegos de los niños.


Aquel era un mundo que se agotaba, al que le quedaban por delante unos pocos años porque el progreso, en forma de nuevos edificios alentados por el turismo, empezaba ya a tocar a la puerta del barrio de forma irremediable. 


Todavía, en aquellos últimos años de existencia, el lugar se mantenía tan al margen de la ciudad que cada vez que un coche se internaba por el camino los niños salían a recibirlo, y si alguien tenía que ir en busca del autobús para hacer un recado en el centro, utilizaba la frase: “Tengo que ir a Almería”, como sis estuviera a punto de emprender un larga aventura.


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