Amalia no llegó a ver su kiosco

La vendedora murió antes de la instalación del primer kiosco Amalia estable, en 1931

Amalia, junto a su carrillo en la Puerta de Purchena.
Amalia, junto a su carrillo en la Puerta de Purchena.
Eduardo de Vicente
20:52 • 12 feb. 2024

Uno se imagina a Amalia con su mantón de encaje negro tapándose la boca con una mano para no coger alguna de aquellas malditas corrientes que se colaban por los callejones de la Puerta de Purchena en aquellos inviernos primeros del siglo pasado. Allí, custodiando la puerta de la fachada de la farmacia de Quesada, ella montaba su puesto ambulante con el que todas las mañanas, a primera hora, bajaba desde su vivienda en la calle de Regocijos



Ella, junto a su marido, Juan Carreño Hernández, habían establecido una pequeña industria con un carrillo con ruedas donde los garbanzos, los frutos secos y el turrón le daban de comer a la familia. No es difícil entender cómo debió ser la vida de aquella sacrificada mujer, madre de tres hijos, que se pasó la juventud haciendo guardia en el corazón de Almería, soportando los días de lluvia, los fríos y aquellos temporales de viento que amenazaban con echarle abajo el tinglado.



Durante más de cuarenta años, trabajó a la intemperie, soñando con poder tener algún día un kiosco moderno, un puesto estable con el que ganarse la vida sin tener que estar expuesta a los caprichos de la climatología. En aquellos tiempos, el puesto de la garbancera llegó a tener dos ubicaciones: primero en la Puerta de Purchena y después en la Plaza de Nicolás Salmerón (hoy dedicada a Manuel Pérez). 



A comienzos del año 1931 el ayuntamiento ordenó la retirada de los vendedores ambulantes de la zona debido a las obras de reforma que se iban a realizar en la plaza, por lo que Amalia tuvo que sobrevivir un tiempo llevando su puesto de un sitio a otro, allá donde las autoridades se lo permitían. En el mes de abril de 1931, su marido, Juan Carreño, presentó un escrito en el registro municipal solicitando el permiso necesario para volver a ocupar su lugar en ese punto estratégico donde se unían la Plaza de Nicolás Salmerón con la Puerta de Purchena. La comisión encargada de conceder las licencias le puso una exigencia:  que la nueva industria de Juan Carreño y Amalia Fenoy dejara de ser un carrillo ambulante y se convirtiera en un kiosco estable con un diseño atractivo que se adaptara a la estética de aquel céntrico escenario.



Así se gestó la esencia del kiosco Amalia que hoy conocemos y que ha llegado a formar parte de la historia de la ciudad. Nada más conocer la decisión municipal, Juan Carreño encargó a un carpintero la construcción de ese nuevo kiosco que tanta ilusión le hacía a la familia. Por fin, Amalia la más famosa garbancera de Almería, iba a poder ganarse el pan sin pasar frío, al abrigo de las corrientes y sin mojarse con la lluvia. 



Pero el destino le tenía reservado un golpe fatal. Amalia enfermó en aquella primavera de 1931 mientras su nuevo kiosco estaba en construcción y no pudo ver cumplido su sueño. El 10 de julio falleció, cuando todavía no había cumplido los sesenta y cinco años de edad. A pesar del golpe que encajó la familia, su marido y sus hijos decidieron seguir adelante con el proyecto y cuatro meses después del fallecimiento de la mujer, el kiosco Amalia era una realidad. El miércoles día dos de diciembre 1931 un espléndido tenderete de madera fue instalado en la misma esquina donde hoy permanece el negocio. En la parte superior, destacaba el nombre de su difunta propietaria: Amalia.



La alegría por la inauguración se vio truncada cuando al día siguiente, un vecino, Nicolás García Molina, propietario del establecimiento de quincalla que había en la esquina con la Puerta de Purchena, presentó una queja en el ayuntamiento diciendo que “un kiosco de tan extraordinarias dimensiones” le restaba luz y vista a su negocio, eclipsando los escaparates que servían de reclamo. Además, argumentaba que el nuevo puesto de Amalia estrechaba la acera, “lo que también es un perjuicio, puesto que el público en general y las mujeres en particular, huyen de los lugares en los que se exponen a los achuchones y a otras molestias de índole moral y material”, decía el quincallero en su escrito.



La comisión de ornato desestimó la denuncia al considerar que con el kiosco abierto, una vez retirados los postigos de madera, se restablecía la vista de la tienda de quincalla a través del propio kiosco.


Así fue como Juan Carreño Hernández pudo hacer realidad el sueño de su mujer, Amalia, después de su muerte. Sin embargo, el dueño no tuvo demasiado tiempo de poder disfrutar el nuevo negocio, ya que falleció dos años después, el 18 de marzo de 1933, pasando el establecimiento a manos de sus hijos.


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