El Paseo del caos y los ‘Seíllas’

Entramos en los años 70 con el Paseo convertido en una odisea por culpa del tráfico

El Paseo a finales de los años 60 cuando estaba tomado por los coches.
El Paseo a finales de los años 60 cuando estaba tomado por los coches.
Eduardo de Vicente
19:48 • 17 oct. 2023

Almería no estaba preparada para la revolución automovilística que tuvo que sufrir en los últimos años sesenta, cuando el coche se democratizó y las familias de clase media se compraban con gran esfuerzo su utilitario  como símbolo de ese imparable ascenso social.



El sueño de cada casa era tener ese coche en la puerta, y nunca mejor dicho lo de la puerta, ya que como casi nadie disponía de cochera había que buscarle un hueco al Seat, al Simca o al Renault en cualquier escenario. Como consecuencia del apoteósico aumento de nuestro parque automovilístico llegaron los problemas del tráfico y las dificultades para aparcar



Las autoridades no paraban de idear nuevos proyectos para mejorar la circulación, la mayoría de las veces sin éxito y casi siempre a fuerza de ganarse la desconfianza del ciudadano, sobre todo de aquél al que le caía una multa. 



En septiembre de 1966 hubo una reforma para mejorar la circulación por las vías más transitadas del centro y consistió en que los malecones de la Rambla se redujeron a una sola dirección, quedando el malecón de la Salle en sentido descendente en los tramos comprendidos entre el puentes de Paco Aquino y el de las Almadrabillas, mientras que en el malecón de Torres Campos la circulación se orientó en sentido ascendente.



El entonces concejal de Tráfico, Ángel Gómez Fuentes, prohibió el aparcamiento a lo largo de la actual Avenida de Cabo de Gata (antes de Vivar Téllez), donde iban a buscar refugio todos los conductores del barrio que no encontraban donde dejar el coche.



Uno de los problemas más acuciantes del tráfico en Almería era el que afectaba a la Rambla de Alfareros y al Paseo. Alfareros tenía que sufrir el estigma de la doble dirección y el obstáculo permanente que suponía el que se pudiera aparcar tanto a la derecha como a la izquierda de la calle, lo que provocaba grandes atascos, sobre todo cuando no podía pasar el autobús de Circunvalación.



Para intentar solucionar en parte el problema que afectaba al Paseo y a la Puerta de Purchena, en el verano de 1969 la concejalía adoptó la medida de suprimir el aparcamiento y para que fuera efectiva, emitió un bando informando a la población que se impondrían multas de quinientas pesetas para el que infringiera la norma. 



Lo que no se pudo arreglar fue el problema de la saturación de vehículos circulando por el Paseo como consecuencia de esa doble dirección que convertía a la principal calle comercial de la ciudad en una autovía. El Paseo de 1969, antes de que se prohibiera aparcar junto a las aceras, era un enjambre de vehículos con coches circulando hacia arriba y hacia abajo, con los dos arcenes convertidos en aparcamientos, a lo que había que sumar el problema que suponían los camiones y las furgonetas de la carga y descarga que abastecían a los comercios de la zona y a los cafés. Cuando no estaba descargando el tráiler de Simago te encontrabas con el camión de la Coca Cola o el del repartidor de la cerveza.


Aquel Paseo que caminaba hacia una nueva década  ya no era el que habían conocido nuestros padres. Era el Paseo del asfalto, el Paseo tomado por el ruido de los coches y el humo de los tubos de escape. Un Paseo caótico donde delante del autobús te podías encontrar con un coche de caballos que ralentizaba un poco más el tráfico sin que la intervención de los municipales pudiera solucionarlo.


Aquel Paseo había ido perdiendo gran parte de su identidad y junto a la feroz circulación te encontrabas con la atrocidad de los nuevos bloques de edificios que habían ido construyéndose a lo largo de los años sesenta sobre los rescoldos de auténticos palacios que eran el alma de nuestro querido Paseo.


Por aquellos años acababa de nacer el edificio Géminis, el que recibió a Simago, el que ocupó el solar del Hotel Simón, y estaba a punto de construirse el edificio Remasa llevándose por delante a varias casas señoriales, entre ellas al bajo donde estaba instalado el histórico bar Castilla.


Aquel Paseo que se coló de contrabando en los años 70 parecía la avenida de una ciudad grande y solo recuperaba su alma pueblerina los domingos cuando se cortaba el tráfico y se llenaba de paseantes mañaneros: parejas de novios, matrimonios agarrados del brazo, niños estrenando zapatos...


Aquellas tardes de domingo de idas y venidas hacia las salas de cine, cuando el Paseo era el último refugio del fin de semana donde siempre era posible encontrar un escaparate encendido y un café abierto.



Temas relacionados

para ti

en destaque