La avenida que nació gafada

La Avenida del Mediterráneo creció a golpes de errores y a ‘salto de mata’

Avenida del Mediterráneo en 1974. A la derecha el esqueleto del Pabellón y a la izquierda un edificio que fue dinamitado antes de estar terminado.
Avenida del Mediterráneo en 1974. A la derecha el esqueleto del Pabellón y a la izquierda un edificio que fue dinamitado antes de estar terminado.
Eduardo de Vicente
21:08 • 02 oct. 2023

La Avenida del Mediterráneo es hija de la Vega. Nació en el vientre de antiguas huertas, sobre los últimos vestigios de la acequias, tomando sus raíces de aquella tierra fértil que fue la despensa de la ciudad.  Almería necesitaba extender sus redes hacia esa zona de levante y para ello era necesario la urbanización completa que convirtiera los últimos rescoldos de la vega en un barrio perfectamente organizado que tuviera como artería principal una gran avenida que desde la Carretera de Níjar llegara hasta la orilla de la playa.



Aquel escenario era un universo extraño donde los cortijos medio abandonados y los huertos en retirada se daban la mano con las boqueras, con las vías del tren, con la factoría de la Campsa y con esa fábrica tan particular que teníamos los almerienses, que era la Celulosa. Por el norte, la Avenida del Mediterráneo era un cruce de caminos que comunicaba  el centro con el barrio de Los Molinos. Allí estaba El Diezmo, la cárcel y el Seminario como principales referencias, y alrededor las primeras edificaciones que empezaron a finales de los años sesenta. Todo el caos urbanístico que se apoderó del centro de Almería en esa década de locura colectiva se resumió después en la Avenida del Mediterráneo, que fue creciendo a golpe de errores y a ‘salto de mata’, sin ningún plan de ciudad moderna, dejándolo todo al capricho del constructor de turno que con el consentimiento de las autoridades fue levantando edificios sin atender la más mínima norma estética que le diera a toda aquella manzana un alma que la identificara y la hiciera más habitable. Ese desconcierto que rodeó el nacimiento de la avenida se puede resumir en dos edificios que pasaron a la historia, uno por ser demolido cuando no estaba terminado aún, y otro porque tardó casi una década en estar terminado. 



La urbanización del sector no fue fácil porque a la hora de construir y hacer los pilares de los pisos, surgieron dificultades por las características del terreno. En mayo de 1974 hubo que volar con dinamita un gigante de cinco plantas que se tambaleaba al haber sido levantado sobre una base frágil y movediza, en tierra de enterramientos, pozos y norias. 



Durante los primeros años de vida, mientras seguía creciendo de forma imparable, la avenida de la Huerta de Azcona, como también se le conocía, mostraba una estampa de extraños contrastes: los bloques en construcción de los edificios, surgiendo entre los últimos restos de una vega en retirada. El progreso avanzaba, chocando con problemas tan graves como el alumbrado público, que no llegó a la zona hasta el otoño de 1975.



El otro símbolo de aquellos primeros años de vida de la avenida fue el Pabellón Municipal de los Deportes, cuyo esqueleto formó parte de la vida de los almerienses durante más de un lustro, ya que en diciembre de 1972, cuando la estructura estaba casi levantada, se tuvieron que detener las obras debido a que la empresa JEMUR, que estaba realizando el proyecto, se fue a la quiebra. No fue el único problema que tuvo el ansiado pabellón, ya que al poco tiempo de comenzar con los trabajos, los arquitectos se vieron obligados a frenarlos al detectarse graves defectos de cimentación, teniendo que rectificar sobre la marcha su primitiva estructura.



El pabellón cubierto fue el sueño de una generación de almerienses que pasó por la infancia teniendo que improvisar campos de deporte en cualquier solar. A comienzos de los años setenta, cuando nos anunciaron que Almería iba a tener un pabellón deportivo techado nos frotamos las manos. En 1972 no teníamos ni un campo de fútbol decente y para ver un terreno de juego de hierba teníamos que ir a Granada o a Jaén, y allí comprendíamos lo atrasados que estábamos. Lo nuestro era la tierra negra del estadio de la Falange, los modestos campos de los barrios, sembrados de agujeros, los solares vacíos donde jugaban los niños detrás de un balón, las pistas maltrechas de la Rambla y las dunas de Cabo de Gata, el paraíso de los corredores de fondo.



Cuando en el mes de octubre de 1972 las máquinas empezaron por fin a aplanar los terrenos, eran muchos los almerienses que iban de excursión para ver aquella gran obra que nos iba a regalar un magnífico pabellón de deportes como los que veíamos por la tele.




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