El tránsito de las verbenas al botellón

La ‘marcha’ de la posguerra estaba en los bailes del Casino y de la terraza del Tiro Nacional

 En la imagen, un joven Gaspar Cuenca bailando con una amiga.
En la imagen, un joven Gaspar Cuenca bailando con una amiga.
Eduardo de Vicente
09:00 • 02 oct. 2022 / actualizado a las 22:59 • 02 oct. 2022

En una ciudad sin Universidad, sin tejido industrial ni obreros organizados, en una ciudad de provincias como siempre fue Almería, donde todas las revoluciones llegaron con retraso, la música fue la válvula de escape y el único síntoma posible de rebelión para generaciones de jóvenes que fueron conquistando el difícil terreno de la libertad desde los guateques, a las fiestas populares con conjuntos, desde las discotecas hasta los pubes actuales, de las noches de verbenas a las madrugadas de botellón.


La evolución de la ‘marcha’ explica con fidelidad los grandes cambios que han ido transformando la sociedad en el último medio siglo. Ha sido un camino lento que comenzó en la década de los cincuenta, cuando la burguesía de la época organizaba los bailes  con orquesta en el Casino, que se convirtieron en el gran acontecimiento de las tardes de los domingos. Aquellas sesiones fueron el germen de numerosos conjuntos que unos años después  irrumpieron con fuerza en la sociedad. 


Los sesenta fueron los años de los conjuntos, de la música en vivo, y de los bailes caseros que surgieron al calor de los tocadiscos. La influencia de la música anglosajona se dejó notar pronto en Almería. A comienzos de los sesenta, aparecen en escena grupos como los Ruthy Jaz, pioneros de la música Pop-rock, Teddy Boys, que causaron sensación entre la juventud por la calidad de su música y por sus excelentes versiones en directo de las canciones de los Beatles. El éxito de Teddy Boys animó a otros grupos de la capital que empezaron a aparecer con fuerza en el panorama musical almeriense. 



Su música era, sobre todo, el rock and roll, pero la mayoría de ellos tuvieron que adaptarse a todos los ritmos y dominar todos los palos para poder sobrevivir. Tocaban los fines de semana en  unos bailes multitudinarios que se celebraban casi siempre al aire libre. Algunos cines de verano como la terraza Monumental o la Imperial, se alquilaban para organizar bailes los domingos por la tarde. En los primeros años sesenta este  tipo de espectáculos eran exclusivos de los domingos, ya que el sábado era un día que no estaba incorporado aún al fin de semana. Hoy, el fin de semana comienza el jueves por la noche, pero hace cuarenta años los sábados eran un día de trabajo normal hasta las tres de la tarde, e incluso había colegio por las mañanas.


Las fiestas en las casas particulares fueron también un acontecimiento de gran alcance. En las pandillas, que comenzaban a coger fuerza, siempre había alguien que ponía el tocadiscos y otro que ofrecía el comedor de su casa. 



Fueron famosos, a mediados de los sesenta, los guateques que organizaba Rafael Plaza en la calle Eusebio Arrieta, hoy José Ángel Valente, y los del caserón donde ensayaban los Rivers, en el barrio de Pescadería. Allí se escucharon por primera vez, los discos de Adamo, de Raphael, de los Beatles, ante la mirada vigilante de los padres, que siempre se encargaban de controlar la situación para que nadie se desmadrara y para que la fiesta terminara unos minutos antes de las diez.


En los setenta siguieron conviviendo los bailes al aire libre y las fiestas caseras, pero el protagonismo fue para las discotecas, que marcaron una nueva forma de diversión y ayudaron a los jóvenes a ir ganándole terreno a la noche.



La aparición de las discotecas coincidió con la incorporación de los sábados al fin de semana. ‘La fiebre del sábado noche’   contagió pronto a una juventud que empezaba a demandar una cultura del ocio que hasta entonces o no existía o estaba dirigida políticamente.


Con las discotecas, la juventud fue conquistando progresivamente la madrugada, un territorio prohibido, sobre todo para las chicas, que se pasaron años teniendo que llegar a sus casas antes de las once de la noche.


Durante los años de la Transición a las discotecas les salió una dura competencia: los pubes. En su origen, surgieron como locales de reunión donde tomar copas, hablar y escuchar música tranquilamente. En algunos, como en Tomys y en Athos, se ofrecían actuaciones en directo de cantautores, que estaban de moda.


La llegada de la Democracia multiplicó las opciones de diversión en Almería. A finales de los años  setenta las fiestas se trasladan también a los institutos, que empezaron a organizar bailes los sábados por la noche con el objetivo de conseguir dinero para los viajes de estudios. El Celia Viñas y el Nicolás Salmerón fueron pioneros. Esta nueva fórmula de diversión en los centros educativos duró poco por la falta de seguridad y las continuas peleas.


En los ochenta los pubes fueron imponiéndose. En poco tiempo, las costumbres habían cambiado de forma vertiginosa. La gente empezó a salir  a partir de la media noche. La ‘marcha’ se instaló en la madrugada y en ella sigue. Hoy, los pubes son las discotecas de antes, pero en locales mucho más pequeños y menos preparados. Son los templos de la ‘movida’ almeriense a pesar del daño que les ha hecho la pandemia y de la competencia del botellón, que sigue siendo otra alternativa de ocio.


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