La Almería del edificio de Trino

En plena locura constructora levantaron nueve plantas frente a la playa principal de la ciudad

En los últimos años 60 dos edificios vinieron a cambiar el paisaje del barrio del puerto: el edificio de Trino y el Gran Hotel Almería.
En los últimos años 60 dos edificios vinieron a cambiar el paisaje del barrio del puerto: el edificio de Trino y el Gran Hotel Almería.
Eduardo de Vicente
09:00 • 29 sept. 2022

Quien tenía un solar tenía un tesoro. Las normas de urbanismo habían alcanzado la cota máxima de estupidez y de envilecimiento y el mal gusto se había apoderado de esa parte de la sociedad almeriense que controlaba el poder político y sobre todo, el dinero. La prensa local, que en aquellos años se reducía a un periódico, aplaudía cada uno de los nuevos edificios que se iban levantando y cada derribo de las casas antiguas, que entonces les llamaban viejas.


Nos contaban que el progreso pasaba por tirarlo todo y hacer una ciudad nueva, una ciudad de calles amplias y pisos muy altos para que la gente pudiera rozar el cielo y respirar el aire puro de las alturas, después de tanto tiempo de callejones y casuchas sombrías.


A finales de los años sesenta, en plena locura constructora, ese mal llamado progreso llegó también a las inmediaciones de la que era la playa principal de la ciudad, la de las Almadrabillas. Si se habían construido ‘rascacielos’ en el corazón del Paseo y frente a la Catedral, ningún barrio estaba ya a salvo de que le colocaran un mastodonte de hormigón. Habíamos entrado en la voragine del ‘todo vale’ y los constructores se ponían las botas tirando casas y levantando pisos.



En 1966 se autorizó a que la sociedad Trino y Marín renovara sus viejas instalaciones industriales entre el Camino de Ronda y la playa, dándole la licencia para ejecutar nueve plantas de altura en aquel lugar privilegiado. Poco importaba que con ese proyecto de edificio la ciudad perdiera las vistas al mar, que se taponara la imagen del Cable Inglés y que rompiera a pedazos la estética de un barrio donde lo más moderno era el edificio de dos plantas donde se ubicaban las oficinas de los talleres de Oliveros.


El solar de Trino se había ido quedando viejo y nada mejor que un edificio gigante para dar otro paso hacia esa particular forma de progreso que adoptamos en Almería. Allí, en aquel solar, antes de que construyeran el edificio, se agolpaban el taller del garaje de Trino, una institución en la ciudad; la gasolinera, un almacén de cementos, el célebre bar de Martínez y la fragua de la familia Ripoll, una de las últimas sagas de herreros que hubo en Almería.



Cuando se iniciaron las obras del edificio de Trino todavía estaba funcionando la vía que atravesaba el Camino de Ronda para comunicar la estación del ferrocarril con los talleres de Oliveros, donde se reparaban los vagones averiados. El puerto seguía siendo un trozo más de la ciudad, quizá una de las partes más importantes, y aún circulaba el viejo tren que llegaba hasta el muelle pesquero para cargar la mercancía. 


Cuando empezaron las obras del edificio de Trino estábamos a medio camino  entre la ciudad que se iba desmoronando y esa nueva Almería que iba creciendo a golpes, instalada en el caos más absoluto. Por delante de aquel esqueleto de hormigón que cada semana crecía un poco más, todavía pasaban los carros de mulas cargados de género que venían de la vega camino de la alhóndiga y la Rambla era un cauce caótico que llenaba de escombros y desperdicios la playa cada vez que se desataba una tormenta.



Cuando el edificio de Trino empezó a dar estirones estaba en plena construcción el Gran Hotel Almería. Los dos edificios eran de la misma generación, aunque con una estética distinta. El Gran Hotel tenía un sello de autor que lo humanizaba frente a la desgarrada imagen que ofrecía el edificio de Trino. 


Mientras que el edificio de Trino fue un negocio para sus promotores, el Gran Hotel fue una inversión que necesitaba urgentemente la ciudad. La Almería que se había dado a conocer a todo el mundo por los rodajes de cine, la que estaba a punto de tener por fin un aeropuerto y la que suspiraba por engancharse al  último vagón del turismo, tenía que tener un hotel moderno que acabara de una vez por todas con el monopolio del Hotel Simón.


En diciembre de 1967 abrió sus puertas el Gran Hotel y unos meses después, la bandera de España empezó a ondear en la última planta del edificio de Trino. Desde su puesta en funcionamiento, aquel piso de nueve alturas se destinó a actividades empresariales, mientras que el taller del garaje se instaló detrás, mirando a la playa.


En el edificio Trino estuvo la sede del PSOE y en los años ochenta, las instalaciones de la emisora de radio de Antena 3, donde íbamos los adolescentes a pedirle a Fina Martín que nos pusiera el disco que nos gustaba para grabarlo con el radio casette.


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