El barrio del Santo y su calle principal

La calle Mirasol era el Paseo del cerro de San Cristóbal, con su caño del agua y su tienda

Vista de las casas que colgaban sobre el barranco de la Hoya.
Vista de las casas que colgaban sobre el barranco de la Hoya. La Voz
Eduardo de Vicente
19:40 • 20 sept. 2022 / actualizado a las 09:05 • 21 sept. 2022

Las casas se amontonaban como dados que hubieran sido lanzados al azar sobre la tierra. El Cerro de San Cristóbal era un barrio primitivo por donde no pasó jamás el arquitecto municipal. Fueron sus propios moradores los que levantaron sus casas con materiales rudimentarios y a su libre albedrío. Tampoco estuvo expuesto nunca a proyectos ni a grandes reformas, por lo que a medida que fue envejeciendo el paisaje se transformó en una ruina que colgaba de las piedras del cerro mostrando toda su decadencia al resto de la ciudad.


Por allí no pasaron nuestros ilustres fotógrafos ni los pintores de moda, que prefirieron el tipismo pobre y doméstico de la Chanca, donde era posible trabajar sin sobresaltos. A pesar de su abandono y de su aspecto de arrabal de posguerra, el barrio de San Cristóbal estuvo ocupado hasta los años ochenta, cuando el Ayuntamiento decidió meter la pala.


Hasta entonces, el suburbio del Santo tuvo épocas de crisis y momentos de mayor apogeo, cuando sus casas estaban todas ocupadas y cuando por sus caños corría el agua sin cortes. En los años sesenta el Ayuntamiento reforzó la luz en algunos puntos, dignificó la subida desde la calle Antonio Vico e invitó a los vecinos a encalar sus fachadas para maquillar la pobreza. En aquellos tiempos todavía se organizaban carreras de bicicletas y de motos que subían hasta los pies del Corazón de Jesús y todos los años, por el mes de mayo, las mujeres se perdían por sus cuestas para cumplir con alguna promesa.



El barrio era un canto al desorden, un laberinto de casas destartaladas y de caminos que se quedaban muy lejos de ser considerados como calles. Para los vecinos de San Cristóbal, su avenida principal, su Paseo, era la calle Mirasol, que atravesaba el barrio de sur a norte. 


La calle Mirasol tenía un caño de agua donde iban las mujeres a llenar los cántaros, los cubos y a veces a lavar la ropa. Era la calle de los Picón, de los Camacho, de los Pajaritas, de José el de las Cabras y de Rosita la de la tienda, aquella habitación con las paredes cubiertas de chucherías donde iban los niños a dilapidar la peseta de los domingos. 



Era la calle de Pedro el Cabeza, de los Pelanas, de Juanico el carbonero y de la señora Jerónima, que de tanto poner inyecciones conocía a todos los vecinos por su trasero. Era la practicante del barrio, la que siempre tenía que estar alerta, la que dormía con un ojo abierto por si alguien tocaba a su puerta por una urgencia. Allí iba Jerónima, con su jeringa y su infiernillo donde siempre desinfectaba la misma aguja.


El barrio de San Cristóbal no se escondía ni había que ir a buscarlo, estaba allí, asomado al cerro como un centinela destartalado que mostraba sus cicatrices al resto de la ciudad. Su lado más miserable era el que miraba a la Alcazaba, donde estaban las casas que se precipitaban al abismo de la Hoya. Aquella zona era un improvisado vertedero, el desahogo de aquellas viviendas sin alcantarillado ni váter. 



De vez en cuando se abría una puerta, y aparecían unas manos que dejaban caer por las piedras el cubo de los desperdicios y la basura. Una estampa que se repetía con frecuencia era la del niño que se asomaba a las rocas para ponerse en cuclillas y hacer sus necesidades como si estuviera en la intimidad de un cuarto de baño.

A los que vivíamos abajo, en la ciudad con calles, farolas y servicios, no nos dejaban ir al Cerro de San Cristóbal porque según decían entonces algunas madres, era un escenario poco recomendable para los juegos infantiles porque allí los niños estaban en estado silvestre. 


Es verdad que los niños de San Cristóbal estaban curtidos en la libertad de las rocas y de la tierra sucia, que algunos se codeaban con los perros sin dueños y orinaban a la intemperie, que tenían un hervor más de vida callejera que nosotros, pero eran buenos compañeros para las guerrillas, solían ser valientes e intrépidos y gozaban del privilegio de poder ver las películas de la terraza Moderno desde las piedras del barranco.


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