La manzana del palacio del perfume

En 1948 abrió sus puertas la nueva fábrica de Destilerías Briseis, frente a la estación

El gran jardín que humanizaba la fábrica de Briseis. Al fondo la estación del ferrocarril.
El gran jardín que humanizaba la fábrica de Briseis. Al fondo la estación del ferrocarril.
Eduardo de Vicente
21:00 • 15 sept. 2022

La fábrica tenía cierto aire de cuartel, humanizado por un espléndido jardín que llenaba de aire, de luz y de vida recién hecha todas sus dependencias. Uno de los grandes placeres de los trabajadores era salir al patio central a fumarse un cigarrillo en los minutos de descanso.


En el mes de septiembre de 1947 ya era una realidad la nueva fábrica de Destilerías Briseis, una empresa que venía funcionando desde 1932 de la mano de su director técnico, Antonio López Jiménez. La puesta en marcha de las nuevas instalaciones fue acogida con júbilo en la ciudad por los puestos de trabajo que iba a crear y porque se incorporaba a lo que entonces llamaban “el resurgimiento nacional” que tenía que levantar el país después de haber pasado una guerra y estar inmerso en un duro período de autarquía.


En aquellos días difíciles, en los que había que ir a buscar el azúcar de estraperlo que vendían las mujeres en la calle Juan Lirola y el arroz se despachaba contado y con cartillas de racionamiento, en aquel otoño en el que las familias cocinaban con carbón y la luz la cortaban varias horas al día, la nueva fábrica de Briseis trajo un rayo de esperanza a la desolada sociedad almeriense. 



El Palacio del Perfume, como lo llamaban algunos, se levantó sobre una superficie de más de cuatro mil metros cuadrados en lo que entonces era la Avenida de Calvo Sotelo, cerca de la estación del ferrocarril y enfrente del chalet de la familia Batlles, que desde 1944 se había transformado en sanatorio antituberculoso infantil.


Era un lugar despoblado sin más vida que la que le daba el tren y la actividad que generaba el Preventorio. La Carretera de Ronda era todavía el Camino de Ronda y la Avenida de Monserrat era la Carrera de Monserrat, un sendero que se abría paso entre los últimos cortijos que quedaban de lo que había sido la antigua vega y el barrio conocido con el nombre de las Peñicas de Clemente, donde aún sobrevivía el edificio de la vieja cárcel y el Matadero Municipal. 



Cuando la fábrica de Briseis abrió sus puertas por aquellos parajes era difícil ver un vehículo de motor. Aquella manzana formaba parte de un mundo rural donde reinaban los carros de mulas que iban desde la vega hasta la Plaza  y los coches de caballos que llegaban hasta la estación cuando venían los trenes de Madrid y de Granada. 


La factoría del perfume y del jabón fue un soplo de aire nuevo para el barrio y una alegría para los niños internos del Preventorio, que de vez en cuando, al volver de los paseos semanales, se pasaban por la fábrica para llevarse las muestras de las colonias y de las pastillas de jabón. Desde el pabellón de reposo, en las horas de la siesta, cuando los niños del sanatorio descansaban tumbados en las hamacas, se palpaba con las manos el perfume que envolvía la fábrica y se podía contemplar la febril actividad de sus dependencias. Cuando la firma Briseis puso en marcha aquellas grandiosas instalaciones, la actual Plaza de Barcelona era un descampado donde crecían los matojos a sus anchas y donde no había otra luz que la que daba el farol que había en la puerta principal de la fábrica.



Aquella enorme manzana frente a la estación del tren fue cambiando lentamente: en 1944 con la puesta en funcionamiento del Preventorio, tres años después con la fábrica de perfumes y en 1955 con la instalación de la estación de autobuses que tanto necesitaba la ciudad. El lugar escogido fue la plazoleta donde confluían la Carrera de Monserrat, el Camino de Ronda y la Avenida de la Estación. Llevaba el nombre de Plaza de Ivo Bosch, en homenaje a aquel recordado personaje que  fue  considerado como el gran impulsor del ferrocarril Linares-Almería. Pese a tan ilustre nombre, la plaza careció durante años de infraestructuras y aunque a lo largo del día tenía la vida que le daba el tránsito permanente de vehículos y de viajeros, y la presencia de la fábrica de Briseis y del sanatorio antituberculoso, durante la noche moría hasta transformarse en un paisaje fantasmagórico. 


La estación de autobuses fue un motivo más para que las autoridades se tomaran en serio la urbanización completa de la plaza, que por fin llegó en 1966, cuando construyeron una fuente monumental en medio y colocaron farolas en las esquinas. Un año antes había cerrado sus puertas el sanatorio, que se quedaría abandonado durante décadas frente a la fábrica de colonias.


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