La eterna maestra de la Molineta

Desde 1959 estuvo al frente de la escuela mixta del Patronato de San Isidro Labrador

Doña Isabel, con vestido claro, el día que se inauguró el colegio del Patronato de San Isidro.
Doña Isabel, con vestido claro, el día que se inauguró el colegio del Patronato de San Isidro. La Voz
Eduardo de Vicente
17:07 • 13 sept. 2022

El camino de la sismológica es un sendero de tierra y piedras, abandonado a su suerte, que en otra época era el paso obligado de los niños que bajaban desde el cerro de la Molineta o subían desde el barrio de los Ángeles hacia la escuela de doña Isabel Cerdán. 


Si uno cruza ahora por aquel páramo, en una de esas mañanas solitarias donde no se escucha otro ruido que el rumor lejano de la ciudad, es posible que en medio del silencio se oigan las voces de los niños recitando de memoria la tabla de multiplicar; son las voces de los alumnos de doña Isabel, que se han quedado colgadas del tiempo como único testimonio de una época donde la escuela reinaba en medio de un mundo de bancales, cortijos, establos y balsas que estaba a punto de desaparecer.


Al frente del colegio estaba Isabel Cerdán Molina, una de aquellas muchachas que pudieron estudiar en los años de la República, y a las que la guerra les truncó sus sueños de juventud. Era hija de Juan Cerdán Andújar y de María Molina Gil. Su padre fue un célebre constructor de aquella época que llegó a colaborar con el arquitecto Guillermo Langle y su madre una abnegada ama de casa que se pasó los mejores años de su vida trayendo hijos al mundo y dándoles sepultura después. Tuvo once partos y solo sobrevivió Isabel, por lo que la niña se crió como hija única, escuchando las historias truncadas de sus hermanos y mirando la foto de la hermana mayor, que también se llamaba Isabel, fallecida unos meses antes de que ella naciera. 



La infancia de Isabel estuvo marcada también por el cortijo que su padre compró en la Loma del Algarrobo, en el corazón de la Molineta. La familia decidió dejar la casa que tenía en la manzana de la Rambla de Alfareros para trasladarse a las afueras, a un escenario que en los años veinte parecía tan lejano de la ciudad como un pueblo. La Molineta era entonces un balcón privilegiado desde donde se podía disfrutar a pleno pulmón de la naturaleza y mirar desde la distancia la vida de la ciudad. Allí podía correr a sus anchas con los niños de los otros cortijos, subirse a los árboles, meter los pies en las acequias, aprenderse el nombre de todos los pájaros y reconocerlos al vuelo.


Isabel Cerdán tuvo una infancia feliz a pesar de los dramas familiares y la buena posición de su padre le permitió estudiar más allá de la escuela. Fue alumna del instituto y tuvo tiempo de acabar sus estudios de Bachillerato en una época que condenaba a la mayoría de las muchachas a ser madres y amas de casa para siempre. Su aspiración era ser maestra, pero a comienzos del año 1936, sin haber cumplido todavía los veinte años, tuvo que casarse y tuvo que afrontar la experiencia de la maternidad. Unos meses después de quedarse embarazada perdió a su marido por culpa de una peritonitis que los médicos no supieron solucionar.



Los últimos meses de embarazo los pasó refugiada en el cortijo de la Molineta, donde toda la familia se había trasladado a vivir para ponerse a salvo de la guerra. En la tarde del cinco de enero de 1937 empezó a sentir los primeros escarceos serios de la niña que estaba a punto de parir. Isabel contaba que mientras que la casa  aguardaba impaciente el momento del parto, las bombas alemanas caían sobra la ciudad dejando varios muertos, y que en medio de aquel infierno se hizo un profundo silencio cuando su hija lloró por primera vez.


Sin marido y con una hija en los brazos tuvo que ponerse a labrarse un porvenir. Al terminar la guerra civil puso en valor su título de Bachillerato, que le permitió matricularse en un curso de adaptación para poder obtener el título de maestra nacional. En 1941 obtuvo la cartilla provisional de maestra y en 1943 ya estaba en condiciones de poder ejercer el magisterio.



Los primeros años fueron un peregrinar por los pueblos de la provincia: Rioja, Bentarique, Vera, hasta llegar por fin a Almería, donde fue destinada en 1959. En su etapa como maestra de Bentarique, en 1946, conoció al joven Melchor Montoro Amate, con el que contrajo matrimonio.



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