El retrato del caballo en el Parque

El fotógrafo ambulante salía los domingos buscando niños para retratar

El niño Juan Manuel Sánchez, de la calle Alborán, en el majestuoso caballo de cartón que el retratista instalaba en el Parque.
El niño Juan Manuel Sánchez, de la calle Alborán, en el majestuoso caballo de cartón que el retratista instalaba en el Parque.
Eduardo de Vicente 09:00 • 03 ago. 2022

El fotógrafo ambulante salía los domingos buscando niños para retratar. Alguno montaba su propio decorado con el caballo de cartón y la moto Vespa que colocaba en un lugar estratégico del Parque. Una foto era un tesoro hace medio siglo, una oportunidad única que muchos padres no dejaban escapar para tener ese recuerdo de por vida. Eran pocos los que entonces podían tener una cámara propia, lo que permitía que los retratistas pudieran hacer negocio saliendo en busca de los niños, de las parejas de novios, de los reclutas y de los amigos que circulaban por el puerto, el Parque y el Paseo. Aquella foto era para siempre.


Al último fotógrafo ambulante lo vi en una Feria, conservaba su yegua de cartón agrietada por el tiempo y su aire de caballero antiguo. A los niños les llamaba la atención aquel personaje con la Kodak colgada al cuello y las madres se le quedaban mirando, recordando tal vez su niñez, cuando estos cazadores de retratos recorrían las calles y las plazas de Almería inmortalizando con su máquina la felicidad de un instante. Les llamaban también minuteros, los de la caja misteriosa y el trípode. 


Era muy célebre el retratista de feria que llevaba un decorado con dos figuras flamencas y el hueco para que los clientes pudieran colocar las cabezas, y el que se situaba frente a la tómbola más famosa para cazar el instante de felicidad de esa pareja de novios a la que le había tocado una batería de cocina.



A comienzos del siglo veinte se hizo muy popular en la ciudad Juan Alonso Pascual, el fotógrafo de la calle Granada que retrató las bodas de la burguesía de la época y los bailes de sociedad que se organizaban en el Casino, aunque su pasión eran las fotos paisajísticas de la ciudad y los temas relacionados con el ferrocarril. 


En el Rinconcillo, cerca del kiosco Amalia, tuvo su puesto José Rodríguez Pérez. Empezó en los años treinta y allí estuvo instalado hasta los sesenta, cuando el oficio dejó de ser rentable. Todas las mañanas llegaba desde su casa, en la calle del Encuentro, hasta el centro de la ciudad, primero con su cámara de tres patas al hombro, y en los últimos tiempos con su Kodak sobre el pecho. Durante décadas, compartió aquel escenario, junto a la Puerta de Purchena, con Ángel de Rojas Gutiérrez, el retratista de la Plaza Vieja, todo un artista que compaginaba su profesión de fotógrafo con su vocación de pintor. 



Ángel creaba paisajes que servían como telón de fondo en las fotografías. Tenía decorados pintados a mano por él mismo donde se podía ver La Catedral, la puerta de La Alcazaba o elementos urbanos tan lejanos como la orilla del Sena en París. Algunos fotógrafos de renombre en la ciudad, como el recordado Luis Guerry, empezaron también con la cámara al hombro recorriendo las calles. Su primer trabajo cuando llegó a Almería en el año 1933 fue irse por todos los colegios de la ciudad a retratar a niños y maestros para sacarse unos duros con los que poder alquilar un local en el centro.


En la calle Horno del Barrio Alto vivía Andrés Ruiz Fernández (1916-1978), el hombre que iba por las casas haciendo retratos familiares.Después de la Guerra Civil se buscaba la vida peregrinando de un lugar a otro para sacar su familia adelante. Iba por todos los barrios ofreciendo su trabajo. Era especialista en fotos para documentos oficiales como carnets de identidad y libros de familias



Fueron muchas las familias numerosas de Almería que pasaron por sus manos para poder acreditar esta condición y beneficiarse de las ventajas que les ofrecía el Estado por tener más de cuatro hijos. Andrés llegaba a las casas, ponía una sábana como telón de fondo y colocaba estratégicamente a padres y niños para que salieran con la nitidez que la burocracia exigía. Andrés fue el fotógrafo de los pobres, capaz de hacer retratos fiados en las casas donde apenas había dinero para comer ese día.


Los retratistas de calle fueron desapareciendo a medida que la gente fue progresando y en casi todas las familias había una cámara de fotos para inmortalizar los momentos importantes. El golpe definitivo a la profesión llegó con el invento de aquello que llamaron ‘fotomatón’, cuya primera cabina estuvo ubicada en la Puerta de Purchena.


La cabina del fotomatón era un pequeño habitáculo con un taburete giratorio que se ajustaba según la talla del cliente y una cortina vulgar que hacía de puerta. La cortina no llegaba al suelo por lo que desde fuera se podían ver los pies del retratado y así evitar que un cliente intentara penetrar en el interior mientras otro estaba en plena faena. El fotomatón fue una auténtica revolución. Es verdad que no salíamos tan favorecidos como en una foto de estudio, pero era más rápido y más barato.


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