José Ramos Santander, el inspector

Fue el inspector más querido, el que iba por los colegios en aquellos años de la Transición

José Ramos Santander, a la derecha de la imagen, junto a su esposa Amalia Cuadra, en una conferencia en el colegio de la Salle en 1964.
José Ramos Santander, a la derecha de la imagen, junto a su esposa Amalia Cuadra, en una conferencia en el colegio de la Salle en 1964.
Eduardo de Vicente 20:49 • 16 jun. 2022

La rutina del colegio era imperturbable. Sólo se alteraba de vez  en cuando, si aparecía el hombre de las estampas, si nos visitaba el fotógrafo de las escuelas o cuando anunciaba su inminente llegada el Inspector de Educación. 


Un día antes, el director iba clase por clase comunicando que teníamos que estar preparados porque a la mañana siguiente nos íbamos a encontrar con el señor inspector y estábamos obligados a parecer más buenos de lo que éramos, más obedientes y también un poco más listos por si a la visita se le ocurría hacer algunas preguntas. El maestro, que era el que nos conocía a fondo, ya nos instruía convenientemente y todos sabíamos quién tenía que contestar si el señor inspector nos ponía a prueba. 


La llegada del señor inspector dejaba un silencio irreconocible en el aula, un clima de tensión irrespirable que solo se relajaba cuando la propia visita se encargaba de tranquilizarnos conversando de tú a tú con nosotros. Entonces comprendíamos que el inspector no era ese general con medallas que habíamos imaginado que venía a sacarnos todos nuestros defectos y a echarle la bronca a los maestros, sino que era un señor educado y sonriente que quería conocer los problemas del colegio y de paso cuales eran nuestras inquietudes.



Ese agradable inspector de los años setenta era don José Ramos Santander, el hijo de Ildefonso, aquel cartero natural de Abla que además fue dueño del kiosco de la Plaza Conde Ofalia donde una generación de niños se aficionó a la lectura a base de tebeos. Sí, el señor inspector era un tipo humilde, como la mayoría de nosotros, un joven aplicado que había hecho realidad el sueño de su padre de estudiar y tener una carrera. 


José Ramos Santander era maestro nacional, discípulo de José María Artero y de Concha Zorita, un inquieto estudiante que en 1953, cuando con diecisiete años de edad le asignaron su primer destino, quiso seguir progresando y se matriculó en Granada para hacer Filosofía y Letras.



Su experiencia pedagógica fue extensa. Pasó por los colegios de Viator, Enix y La Chanca, y llegó a dar clases de Lengua en el Diocesano y de Ciencias Naturales en el Seminario. Pasó también por las aulas de la Escuela de Formación Profesional de la calle de San Juan Bosco y por la Escuela de Magisterio. En 1969 sacó las oposiciones de inspector nacional y desde ese momento inició una nueva relación con la enseñanza, una larga historia de amor que se prolongó hasta que le llegó la hora de jubilarse, siendo Delegado Provincial de Educación y Ciencia. 

Aunque había nacido en Linares, su vida estuvo siempre ligada a Almería, ciudad a la que llegó cuando solo tenía tres años. En esa relación afectiva con la ciudad solo hubo un paréntesis, en 1971, cuando fue nombrado inspector en Melilla. Cuando regresó le tocó vivir un periodo de grandes cambios en la sociedad y en la enseñanza. Era la Almería previa a la Transición, aquella ciudad donde los colegios públicos se impusieron a los privados y donde los nuevos métodos pedagógicos empezaron a sustituir a la vieja escuela. Quizá, uno de los retos más importantes que tuvo José Ramos Santander en aquellos últimos años del Franquismo fue la puesta en marcha del colegio Europa, una auténtica aventura científica. Junto a un grupo de profesores recién salido de Magisterio, colaboró en aquella escuela piloto donde tan importante como las aulas eran las pistas de  deporte, la biblioteca, el laboratorio y la naturaleza que rodeaba al centro.



José Ramos Santander fue el inspector en aquella Almería de continuas revoluciones donde la construcción de una escuela era el mayor síntoma de progreso. A pesar de ser un personaje reconocido y de haber cumplido muchos de sus sueños, siempre tuvo los pies en el suelo y conservó intacta su humildad. 


Un día, en una visita de inspección a Arboleas, los niños le habían preparado textos de bienvenida y uno leyó en voz alta: “Aquí llega el señor inspector con su gran coche, su chófer y escoltado por motoristas de la policia”, cuando en la puerta tenía aparcado su Seat 600 con el que había atravesado en solitario aquellos lejanos caminos.


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