Los instantes de evasión en el colegio

Nos quedábamos mirando a las musarañas mientras el maestro explicaba la lección

Eduardo de Vicente
22:50 • 09 ene. 2022

No recuerdo a ningún niño de mi generación al que le gustara ir al colegio. El contraste entre la vida en la calle jugando con nuestros amigos y la vida en la escuela era brutal, una distancia insalvable a la que nunca conseguimos adaptarnos. 



Los niños de ahora no saben lo que es ese sufrimiento porque disfrutan de una escuela más amable y porque como no disponen de la libertad de entonces para jugar en la  calle, el colegio es el único escenario donde pueden encontrarse con sus amigos a diario.



Ir al colegio era un suplicio, una travesía del desierto que se nos hacía insoportable en determinados días del año. Quizá, el más duro era el día después de Reyes, cuando una profunda soledad nos devoraba por dentro cuando recordábamos las horas felices que habíamos pasado durante las vacaciones y los juegos que dejábamos aparcados.



Esa mañana, antes de salir de la casa con la cartera en la mano y con ganas de llorar, echábamos la vista atrás para darle el último repaso a los juguetes recién puestos que no habíamos tenido aún tiempo de disfrutar. En esa vuelta a clase el día después de Reyes nos encontrábamos desamparados, como si hubiéramos llegado por primera vez al colegio, con una sensación parecida a la que muchos sentimos años después cuando con el petate sobre el hombro llegamos al campamento para hacer el servicio militar.



Volvíamos a la escuela con los recuerdos de la última Navidad quemándonos el alma con sus últimos rescoldos. Lo que no supimos, hasta muchos años después, es que nuestros maestros y nuestras profesoras también venían tocados, con los ánimos por el suelo, aunque no tenían más remedio que disimularlo. 



Era un día duro, casi insoportable, que nos invitaba a fugarnos detrás de cualquier pensamiento en mitad de la clase. De pronto, en el silencio del aula, el maestro le lanzaba la tiza a algún despistado al que había sorprendido “mirando a las musarañas”, una expresión muy utilizada por los pedagogos de entonces como aquella otra de “estar en Babia”. Los alumnos ni sabíamos lo que eran las musarañas ni donde estaba Babia si realmente existía, pero intuíamos que se referían a ese atolondramiento melancólico en el que nos encontrábamos sumidos el primer día después de las vacaciones. Mirar a las musarañas era una forma de evasión mientras el maestro explicaba la lección en la pizarra. 



Nos evadíamos echando la vista al techo o mirando por la ventana buscando una limosna de vida de la que habíamos dejado atrás. Algo tan simple como ver a una vecina tendiendo la ropa te sacaba por unos segundos de aquella prisión de deberes y disciplina. Te reconfortaba comprobar que la vida seguía su curso normal allí fuera y que unas horas después volveríamos a encontrarnos con ella.



Nos evadíamos persiguiendo a una mosca que no encontraba la salida entre los cristales, y cuando por fin lograba volver a la calle, sentíamos un alivio, como si en vez de la mosca hubiéramos sido nosotros los liberados. Nos evadíamos cuando el maestro nos daba la autorización para ir a la papelera, que siempre estaba en una esquina, con la coartada de sacarle punta al lápiz. La papelera era un lugar a extramuros, que nos liberaba durante dos o tres minutos del rigor del aula y nos permitía mirar a la clase con distancia, como si no perteneciéramos a ella.


Otra forma de evasión era jugar a las guerrillas de barcos en el cuaderno o dibujar un corazón en el pupitre para borrarlo después. Andábamos enamorados siempre de alguna compañera, un amor silencioso, tan reservado que nunca nos atrevíamos a confesar. 


Había un rato de evasión oficial que eran los diez o quince minutos del recreo a media mañana, el tiempo justo para comernos la magdalena o la torta de manteca que nuestras madres nos habían colocado en la cartera. Entonces, la mayoría de los colegios no tenían instalaciones deportivas y el recreo se desarrollaba en un patio pequeño en el que apenas entraba un rayo de sol y en el que nos imaginábamos partidos de fútbol. Nos evadíamos un rato en el recreo y al volver a clase seguíamos con la imaginación perdida detrás de un barco de papel o de una de aquellas pajaritas que fabricábamos con destreza.


Los momentos más felices llegaban con las evasiones inesperadas, que casi siempre se producían con alguna visita. Un día llegaba el sacerdote que nos iba a preparar para la Primera Comunión para hablarnos de Dios y durante una hora nos liberaba de nuestros insoportables quehaceres. Dios estaba de nuestra parte.


Otro día llegaba a la escuela el rey de todas las evasiones colegiales, que era el hombre del álbum de las estampas que estaba de moda, o el retratista que con la cámara a cuesta inmortalizaba nuestras caras de escolares desamparados.


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