La batalla diaria con los basureros

A comienzos del siglo XX se suprimió el servicio de recogida con burros

Los basureros no gozaron nunca de buena prensa. A lo largo de la historia fueron continuos los conflictos con los encargados de la recogida de residuos, que llegaron a convertirse en un auténtico problema para la salubridad de la ciudad debido en gran medida a los rudimentarios y primitivos métodos de trabajo que utilizaban.


En el mes de mayo de 1885, cuando empezaba a imponerse el calor, un sector de los comerciantes del centro pidió al Ayuntamiento que tomara medidas para evitar las molestias que generaban los basureros durante todo el día. “Deberían señalarse horas para la extracción de las basuras de las casas. En otras ciudades estas operaciones se practican en las primeras horas de la mañana y aquí se efectúan durante todo el día”, denunciaban en su escrito, cansados ya de que el trasiego de la basura no cesara desde la mañana hasta la noche, originando, sobre todo cuando subían las temperaturas, un ambiente fétido que perjudicaba a sus negocios. Cuando las terrazas de los cafés del Paseo se encontraban más concurridas, a la hora de los desayunos y de las meriendas, nunca faltaban dos o tres burros cargados de basura para amargarles el día.


En aquellos tiempos el servicio apenas había evolucionado y se mantenía como cien años antes. En el otoño de 1889, ante la queja continua de los comerciantes, se llegó a elaborar un proyecto que trataba de modernizar el trabajo de la recogida de residuos, que pasaba por el establecimiento de un servicio de limpieza pública, con el que no contaba la ciudad de Almería, que seguía anquilosado, funcionando a base de basureros particulares que iban de casa en casa.



Esta modernización pretendía cambiar el sistema, que los trabajadores de la basura dejaran de utilizar el método antediluviano del burro de carga y los serones y se abrazaran al carro como medio de transporte obligatorio. 


La idea contemplaba formar una brigada de al menos doce operarios, uniformados con blusas y gorras que contaran con una placa con su número correspondiente para que en el caso de que fuera preciso, poder averiguar el paradero de cualquier objeto que pudiera extraerse de las viviendas. La empresa contaría con un arsenal de seis carros provistos de una campana anunciadora para que los vecinos estuvieran alerta y el proceso se realizara en el menor tiempo posible para evitar molestias. “Ya viene el basurero”, gritaban los vecinos.



Este proyecto de renovación no llegó a cuajar y hubo que esperar a los primeros años del siglo veinte para que de una vez por todas se suprimiera el servicio en burras y se convirtiera en obligatorio recoger las basuras en carros. 


Pero como nunca llovía a gusto de todos, cuando los basureros empezaron a recorrer las calles de Almería en carros se desencadenó otro problema, ya que no tardaron en llegar las quejas vecinales en las calles donde a las cinco de la mañana cruzaban dos o tres carros al galope, provocando un gran ruido de ruedas, de campanillas y de las voces de los conductores, despertando al barrio entero.


La recogida con carros no acabó con el otro gran problema que generaba el servicio de basura, el de los malos olores, ya que la mayoría de estos vehículos trabajaban al descubierto, por lo que dejaban un rastro pestilente por donde pasaban. Para la Feria de 1913, el alcalde, Moreno Gallego, dio un paso al frente y se puso duro, dando un plazo de ocho días a los basureros para que cubrieran sus carros, amenazándolos con multas y con retirarles los vehículos. La batalla de los malos olores se prolongó tanto que fue una constante hasta hace apenas medio siglo.


Hubo momentos en que las quejas venían en dirección contraria, es decir, que los perjudicados, los que ponían el grito en el cielo, no eran los ciudadanos, sino los profesionales de la recogida. En septiembre de 1924 se desencadenó en Almería una huelga de basureros que durante varios días dejó las calles cubiertas por montones de basura. Eran los encargados de recoger lo residuos de las vías públicas, que protestaban por el impuesto de cinco pesetas que tenían que pagarle al Ayuntamiento todos los meses.



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