La generación del ‘espíritu de la gosolina’

Hace 50 años era una rareza ver a un niño gordo, un extraño en un mundo de canijos

Los hijos de la familia Herrera Plaza, sobre todo el mayor, Antonio, no andaban sobrados de peso, como la mayoría de los niños de los años 60 y 70.
Los hijos de la familia Herrera Plaza, sobre todo el mayor, Antonio, no andaban sobrados de peso, como la mayoría de los niños de los años 60 y 70.

Había maestros que no necesitaban tener en la clase el esqueleto reglamentario para cuando llegara la lección de los huesos del cuerpo humano. Bastaba con sacar a la palestra a alguno de los alumnos con menos carnes para poder explicar el tema con todo lujo de detalles. 


Éramos muchos, tal vez mayoría, los que vivíamos instalados en una delgadez permanente, que según los mayores rozaba lo enfermizo. “A este niño le pasa algo. Parece que ve las ánimas”, se decía entonces ante un cuerpo flaco. Comíamos de todo: tostadas con mantequilla auténtica, de la que tenía grasa hasta en el nombre; pan con chocolate, bocadillos de sobrasada y mortadela y los domingos desayunábamos con churros y merendábamos pasteles, si había alguna celebración de por medio. 


Algunos fuimos la generación de los chinitos y de la primera bollería industrial que nos trajo la marca Cropan, pero seguimos siendo unos canijos de por vida porque por mucho que comiéramos lo perdíamos después cuando salíamos a jugar a la calle. Entonces no se jugaba con un horario, sobre todo en verano que había más tiempo libre. La hora la marcaba el cansancio. No parábamos de jugar hasta que el agotamiento nos dejaba vencidos sobre el asfalto, cuando nos quedábamos sin gasolina. 



En esos momentos de cansancio supremo no solíamos tener hambre. Lo habitual era que al terminar de jugar saliéramos corriendo en busca del grifo de agua más próximo, comer era secundario


La balanza de lo que ingeríamos y lo que gastábamos solía estar descompensada, por lo que los niños delgados eran mayoría. Un niño con sobrepeso como se dice ahora, o lo que es lo mismo, un gordo de toda la vida, parecía un extraño, perdido en un mundo de canijos. Esta diferencia se marcaba más a la hora de los recreos en la escuela y en  los juegos de la calle. El gordo tenía más dificultades para encajar en el grupo y solía quedarse relegado en un segundo plano a la hora de la verdad. Casi nadie contaba con él cuando llegaba el momento de elegir a los equipos para echar un partido de fútbol y como mucho se le asignaba el puesto de portero, que era el que nadie quería.



Cuánto sufrían los niños que tenían kilos de más, sobre todo cuando se cruzaban con los desalmados que se metían con ellos, que los condenaban al olvido y además los insultaban con aquella canción callejera de la época que decía: “Gordo, pa qué has nacío. Gordo, pa dar la lata. Al gordo le pica el culo porque lo tiene lleno carburo”.


Yo conocí un caso extraño, el de un niño con sobrepeso que no permitió jamás que lo condenaran a las catacumbas de la pandilla y que fue siempre un líder dentro del grupo. Se llamaba Ramón Ortiz, vivía en la Plaza de Castaños, y tenía tanto orgullo que competía con los canijos en todo: jugaba bien al fútbol, corría poniendo el alma en cada zancada y tenía tanta fuerza en los brazos que nadie osaba meterse con él. Cuando por culpa de un problema físico tuvieron que ponerle un aparato corrector de hierro en una pierna, Ramón no se amilanó y siguió compitiendo con los otros niños como si nada le ocurriera. 


Aquel era un mundo de canijos, de enclenques, de escuchimizaos, de raquíticos y espichaos, a pesar del empeño que ponían nuestras madres en que estuviéramos hermosos y rollizos. Cuando nos decían que parecíamos el espíritu de la golosina nos sentíamos unos esqueletos andantes y muchos terminábamos visitando la consulta de un médico de pago para que tratara de poner remedio a aquella enfermedad de la delgadez. 


Mi madre me llevaba a don Manuel de Oña, que tenía el  consultorio particular en su casa, al comienzo de la calle de Regocijos. Había que esperar un rato antes de que te recibiera, en un salón oscuro con una pequeña ventana interior que daba a la escalera. Recuerdo los silencios llenos de tensión que se creaban durante la espera, hasta que alguna madre rompía el fuego preguntándole a otra qué le pasaba a su hijo. Mi madre siempre contaba lo mismo: “que el niño no quiere ver la comida”, “que no engorda ni con pienso”, “que está empicao en la calle”...


Cuando por fin nos presentábamos delante del doctor, se repetía el viejo protocolo de abrir la boca, de decir “aaaa”, de echarnos una mirada en el pecho con la pantalla, de escrutarnos la garganta y los ganglios y de recetarnos aquellas cajas de vitaminas inyectables con las que soñábamos en nuestras peores pesadillas.


El médico confirmaba que nuestra enfermedad era la obsesión por la calle, por el juego, la hiperactividad, tan propia de aquellos años, que te impedía coger kilos y parecer saludable. Cómo íbamos a engordar si nos comíamos el bocadillo de la merienda corriendo detrás de la pelota, si después de almorzar, en ese rato que teníamos libre antes de volver a las tres al colegio, seguíamos dando saltos e inventando juegos.


En los veranos, cuando cesaban las clases por la tarde, muchas madres recurrían a la siesta obligatoria y nos condenaban a dos horas de cama para ver si el reposo “nos remediaba”.



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