La Plaza de la Catedral y sus fuentes

La fuente de mármol ocupó dos espacios diferentes en la plaza hasta que se la llevaron

La Plaza de la Catedral en 1970. Los coches podían circular alrededor de la rotonda donde levantaron una jardinera, árboles y dos estanques.
La Plaza de la Catedral en 1970. Los coches podían circular alrededor de la rotonda donde levantaron una jardinera, árboles y dos estanques.

La Plaza de la Catedral no se ha llevado bien con las fuentes, por necesarias que fueran y por mucha historia que conservaran sus piedras, desde que en el verano de 1876 se mandó derribar la fuente que desde tiempos inmemoriales existía al pie de la torre de la Catedral


Era un hermoso pilar de piedra que había surtido de agua a toda la vecindad, donde iban las mujeres de aquella manzana a llenar sus cántaros a diario, donde paraban los carruajes para dar de beber a las caballerías. 


La fuente estaba coronada por una hermosa cruz de piedra delante de la que los caminantes que cruzaban por el lugar se paraban a rezar mientras disfrutaban de un trago de agua fresca. Cuando en el mes de agosto de ese mismo año trasladaron el mercado de la ciudad a la Plaza de la Catedral, la cantería de la fuente, que había quedado reducida a una montaña de piedras junto a la torre, se la llevaron a un solar que existía junto a la Puerta de los Perdones y allí se quedó arrumbada, y allí fue desapareciendo lentamente, expuesta a que los vándalos se la fueran llevando pieza a pieza. 



Hubo que esperar más de cuarenta años para que la plaza volviera a tener un surtidor de agua que la llenara de vida. La historia de la nueva fuente catedralicia comenzó en 1888, cuando el Ayuntamiento mandó su construcción para utilizarla como ornamento principal para rematar la remodelación de la entonces Plaza de la Princesa, más conocida como la Plaza de los Olmos. Costó mil pesetas al municipio y quedó instalada definitivamente en el mes de febrero de 1889. Allí permaneció durante veintisiete años, hasta que en 1916 las autoridades decidieron darle otra ubicación, al considerar que la belleza de la fuente estaba desaprovechada en una pequeña plazuela que pasaba desapercibida para el resto de la ciudad. 


Fue entonces cuando se dio la orden de trasladar la fuente de mármol blanco hasta la Plaza de la Catedral, que en aquellas fechas estaba siendo remodelada y necesitaba un motivo central para engrandecer el espacio que quedaba en medio de los jardines. En noviembre de 1916 se realizó el traslado, quedando ubicada en el mismo centro de la plaza, donde permaneció durante más de cuarenta años.



En los años sesenta del pasado siglo, en otra de las reformas de la plaza, la hermosa fuente de mármol fue rebajada de galones. La quitaron del centro, donde vivía al abrigo de los frondosos árboles que la rodeaban y se la llevaron a una esquina, pegada a los muros del templo, cerca de la salida hacia la calle del Cubo.


Dos niños subidos en la cumbre de la fuente de mármol dela Catedral, cuando estaba en el centro.
Dos niños subidos en la cumbre de la fuente de mármol dela Catedral, cuando estaba en el centro.

Aquella magnífica fuente, en la que los niños se echaban fotografías como si estuvieran ante un monumento histórico, fue perdiendo protagonismo tan arrinconada, hasta que un día desapareció. La quitaron de en medio para dejar libre la plaza ante el rodaje de la película Patton y no volvimos a tener noticias ciertas de su paradero, aunque la rumorología aseguraba que había ido a parar al aeropuerto que recién inaugurado necesitaba un poco de historia para sentirse más importante. La remodelación de la plaza nos dejó sin fuente, pero nos regaló a cambio dos estanques con sus correspondientes chorros de agua que se colocaron en el centro, dando salida a un coto con árboles y bancos de piedra. Los estanques se concibieron como adorno, pero no tardaron en convertirse en dos piscinas improvisadas donde iban los niños a refrescarse los pies en las tardes de verano, además de un escenario perfecto para los juegos de riesgo.


Los niños jugábamos a cruzar corriendo por el bordillo de los estanques a riesgo de acabar dentro, por lo que acabaron por corromperse. Hubo un intento por parte de las autoridades de proteger tanto los estanques como los espacios verdes, pero no dio resultado. Mandaron a los llamados guarda jardines para que velaran por su integridad, pero cuando se iban, los niños volvían a invadirlos y a meter los pies dentro del agua como si estuvieran en la piscina municipal.


La de los años setenta fue una época de mucha vida para la plaza, por donde podían pasar los coches ya que era transitable la rotonda principal. Frente a la fachada del templo, existía un seto corrido que separaba la entrada a la iglesia de la carretera.


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