Las salas de cine y sus penurias

A comienzos de los años sesenta el cine reinaba sin competencia y las salas de Almería eran el refugio de niños y mayores los fines de semana. Cuando llegaba un estreno importante se formaban colas ante las taquillas y al día siguiente, en el colegio y en el instituto, los jóvenes se contaban la película como si hubieran asistido al espectáculo más importante de sus vidas.


El cine era el destino por el que todo el mundo pasaba, el sitio perfecto para dejarse la pequeña paga que los niños recibían de sus padres cuando llegaba el domingo. Llevábamos el dinero justo para la entrada y para permitirnos el lujo de una gaseosa o el detalle de una bolsa de cacahuetes de las que vendían en los carrillos ambulantes que se colocaban enfrente de los cines.


El primer gran obstáculo que se cruzó en el camino de las salas de cine fue la democratización de la televisión. Cuando hasta las clases más humildes montaron su antena en el terrao y metieron la tele en sus casas, empezó el declive de aquel mágico universo de la pantalla gigante y el cinemascope. 



Empezamos a descubrir las películas que todos los sábados proyectaban en la Primera Cadena de Televisión Española en la ‘Sesión de Tarde’ y aquellas series americanas del Oeste que nos proporcionaban la dosis de aventura que necesitábamos sin tener que salir al tranco de la calle.


La televisión fue un golpe al mentón para las salas de cine, que obligó a los empresarios a buscar nuevos caminos para que sus negocios siguieran siendo rentables. 



La respuesta más contundente al auge de la tele fue la puesta en marcha de las sesiones infantiles que Juan Asensio popularizó a comienzos de los años setenta en el cine Moderno. Los domingos, a las doce de la mañana, la sala se llenaba de niños atraídos por las aventuras de Ivanhoe, de Robin Hood y por aquellas cintas humorísticas protagonizadas por el cómico francés Louis de Funes, que tenían gran aceptación entre el público más joven.


A lo largo de los años setenta el cine ya había dejado de ser el único entretenimiento de los almerienses en las tardes de los domingos. Una década antes no había otro sitio donde ir que a dar una vuelta por el Paseo y entrar después en un cine. Pero la realidad había cambiado y un nuevo competidor le empezaba a quitar protagonismo a las viejas salas. Ese nuevo enemigo era el baile y el fenómeno de las discotecas, que en aquellos años empezaron a brotar con fuerza como flores de un tiempo.


Fue una competencia seria, ya que las discotecas se llenaban los sábados por la tarde, restándole público a las salas de cine. El pellizco también se notó los domingos, sobre todo entre se grupo de clientes fijos que los cines tenían en los soldados que bajaban de Viator y después del almuerzo se refugiaban en la oscuridad de una sala de cine a pasar la tarde. En los años setenta los reclutas fueron más carne de discoteca que de cine, hambrientos como estaban de cariño, tan lejos de sus familias y de sus novias.

El cine había ido perdiendo fuerza, pero todavía le faltaba el golpe definitivo, el mazazo brutal que supuso a comienzos de los ochenta la aparición en escena del vídeo y los videoclubes, que se convirtieron en el negocio de moda de la década.


Para colmo de males, en noviembre de 1980 había llegado a la olvidada Almería la Segunda Cadena de TVE que aumentó la oferta televisiva y enganchó a más público a ese  gran dios en que se convirtió la llamada pequeña pantalla.


Teníamos más oferta por televisión con dos cadenas y además con la ilusión creciente entre las familias de cambiar el viejo aparato en blanco y negro por el de color que fue imponiéndose con fuerza a partir de 1978, coincidiendo con el Mundial de Argentina. 


Las salas de cine empezaron a tener serios problemas para sobrevivir, sobre todo los días de diario, cuando costaba dinero abrir el negocio. En el mes de enero de 1984 los empresarios cinematográficos de Almería acordaron instaurar en la ciudad ‘el día del espectador’ en un intento a la desesperada de remontar el vuelo que parecía definitivamente perdido. La idea consistía en que los lunes, uno de los días que menos se recaudaba, la entrada al cine costara solamente la mitad de su precio. La iniciativa fue un éxito en los primeros meses, tanto que se extendió al viernes para tratar de salvar el calendario de los días de diario.


‘El día del espectador’ fue una bomba de oxígeno temporal que no salvó la caída de los cines. En febrero de 1984, un histórico, el espléndido cine Roma de la calle de la Reina, cerró definitivamente sus puertas tras varios días  sin  espectadores. Su última proyección fue la película ‘Cacique Bandeira’. 


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