La mecedora del rincón de la abuela

Las abuelas se quedaban en las casas hasta el final, antes de que existieran las residencias

Una abuela disfrutando con sus nietos en una mañana de juegos en el desaparecido Parque Infantil de Almería.
Una abuela disfrutando con sus nietos en una mañana de juegos en el desaparecido Parque Infantil de Almería.

Como casi todas las abuelas eran más longevas que los abuelos, cuando enviudaban se quedaban a vivir en la casa de un hijo o de una hija hasta el final antes de que se pusieran de moda las residencias de ancianos.


Las abuelas nos contaban sus historias desgastadas en aquellos días de cama y reposo cuando los niños nos recuperábamos del sarampión o de una gripe que nos había dejado sin fuerzas. La presencia de las abuelas era como una medicina milagrosa que nos permitía superar el aburrimiento del descanso obligado. Nos hablaban de su juventud, nos contaban los mismos cuentos de siempre y nos llenaban de ternura en aquellos momentos de soledad de la hora del colegio, cuando las casas se quedaban sin niños, sin vida. 


Que pequeñas eran las casas y que grandes eran las familias entonces: los padres, los hijos y las abuelas, que representaban la parte más amable, nuestro mejor aliado, la mano cómplice que siempre nos apoyaba, el paño de lágrimas al que acudíamos cuando necesitábamos desahogarnos. Crecimos rodeados de abuelas, asistiendo sin darnos cuenta a la crueldad del tiempo que las iba debilitando



En casi todas las casas estaba el rincón de la abuela, con la butaca en la que mecía las siestas, con la caja de la costura con la que espantaba el aburrimiento, con los retratos en sepia de la juventud perdida, con las estampas de los santos y con el viejo rosario en el que todas las tardes hablaba con Dios. 


Mi abuela materna se pasó los últimos años viviendo en el rincón donde mecía sus sueños lejanos de juventud. Allí la vimos retirarse de la vida, día a día, sin dejar de rezar sus oraciones, más cerca de Dios que de nosotros. Un día nos encontramos su butaca vacía. La abuela se había ido y con ella su inseparable rosario y la caja de lata de membrillo donde guardaba las estampas de los santos y las fotos familiares.



Mi abuela, como casi todas las abuelas de entonces nos parecían mayores de lo que realmente eran. Un día enviudaban y se vestían de negro para toda la vida. Su luto era un luto sin contemplaciones, un luto riguroso de los pies a la cabeza, un luto que solo se relajaba en la intimidad de los dormitorios. Nunca se pintaban la cara ni los labios; nunca se quitaban las canas ni cambiaban su vestuario. Muchas de ellas, mujeres que apenas habían cruzado la frontera de los sesenta años, habían envejecido prematuramente entre aquellas ropas oscuras y la pena constante por las ausencias. 


Mi abuela, como tantas otras de aquel tiempo, no tenía otra ilusión que ayudar en la casa a cuidar a los nietos y asistir por las tardes a misa. Recuerdo que la plaza de la Catedral se convertía en el ágora de las abuelas cuando a la salida de la iglesia se quedaban en la puerta conversando. Parecían del mismo colegio con las mismas zapatillas, con las mismas medias, con el mismo velo y con las mismas arrugas que el luto acentuaba sin compasión. Los niños no teníamos piedad y acabábamos espantándolas a fuerza de balonazos. Don Perfecto, que era el sacristán de la Catedral, mantenía una batalla continua con nosotros porque éramos “el terror de las beatas”.


Las abuelas nos llevaban de la mano al colegio, nos compraban caramelos sin permiso, nos dejaban jugar en la calle a deshoras y nunca nos castigaban. Mi abuela María, cuando mi padre nos regañaba, se quitaba el mandil, agarraba el mantón y se iba a la calle hasta que se le pasaba el enfado. Yo la conocí muy mayor, siempre vestida de luto, sentada en una mecedora que había frente a la ventana. Se pasaba las horas rezando y cuando llegaba algún nieto aprovechaba la compañía para contarle alguna historia y para cantarle alguna copla de su juventud. A las abuelas nunca le pedíamos dinero porque no tenían, pero nos bastaba con su presencia para hacernos la vida más agradable. 


Conocimos también a otras abuelas que no tuvieron la suerte de cruzar la vejez en compañía. En casi todos los barrios había una de aquellas mujeres solitarias que tenían que trabajar hasta el final de sus días para poder comer a diario. 


Recuerdo a una de aquellas abuelas sin familia, una extraña mujer que habitaba en un antiguo caserón de la Plaza Romero. Se llamaba Sacramento Moreno y sobrevivía vendiendo caramelos, barras de regaliz, petardos y mixtos de crujir. La vieja se pasaba el día metida en aquel cuartucho oscuro, alumbrado sólo por un tímido quinqué. Allí, sentada en una mecedora quebrada, esperaba a que llegaran los niños a la salida del colegio con la única compañía de un gato que se pasaba los días durmiendo en sus pies.



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