La gramola del tío Felix, el de Nueva York

Félix Fernández  en un retrato firmado en Manhattan.
Félix Fernández en un retrato firmado en Manhattan.

Para muchos jóvenes de la tierra, emigrar a América era el sueño de sus vidas, sobre todo en aquellos años complicados de la Primera Guerra Mundial, cuando la economía almeriense, sobre todo en los pueblos pequeños, se vio quebrada por el cierre de los mercados de la uva y por la crisis del negocio minero.


El tío Félix no cogió el camino de las Américas porque tuviera dificultades económicas; se fue porque el sueño de la aventura y de hacer fortuna encendió su corazón inquieto y lo empujó a cruzar el Atlántico y dejar atrás su pueblo y su gente, convencido de que iba a triunfar y de que un día volvería a su tierra.


Se llamaba Félix Fernández Sola y era natural de Gafarillos, una de las barriadas más importantes de Sorbas, al pie de Sierra Cabrera, rica en paisajes y en la bondad de las aguas que nacen de una fuente propia. Su padre, Pedro Fernández Soto, era oriundo de Carboneras, pero se estableció desde joven en Gafarillos, donde montó una fragua y se dedicó a la artesanía del hierro y la madera. 



En aquella época, Gafarillos era un pueblo con mucha vida gracias a la actividad de las minas de serrata, su próspera agricultura y su rica ganadería. En la fragua familiar arreglaban todo el material que se estropeaba en las aldeas cercanas de la comarca, llegando a convertirse en uno de los negocios más pujantes de aquellos contornos. El padre del tío Félix dirigía el negocio y además llegó a ser alcalde, pasando a la historia del pueblo por ser el promotor de la construcción de la iglesia en 1892.


En el taller había trabajo para toda la familia, pero al tío Félix se le quedó pequeña su aldea y empujado por la ambición propia de la juventud y de su tiempo, siguió el camino de la emigración alentado por las noticias de otros aventureros que habían hecho fortuna en América.



Nunca se supo bien cuáles fueron sus ocupaciones en el extranjero, pero se sabe que anduvo por Nueva York y Nueva Jersey el tiempo suficiente para hacer dinero. Parte de lo que iba ganando se lo mandaba a su hermano Cristóbal para que lo invirtiera en tierras, por lo que el día que regresó tenía fincas para vivir de ellas con holgura y dinero para montar una parada de remonta con los mejores sementales de la comarca. 


Cuentan que cuando el tío Félix volvió al pueblo, a comienzos de los años treinta, se trajo cuatro baúles inmensos cargados de regalos y un arca llena de armas de fuego, que eran una de sus aficiones. En los baúles traía ropa con la moda de América y los objetos más misteriosos que uno pudiera imaginar, entre ellos, una gramola en la que se podían escuchar los tangos de Carlos Gardel que era un ídolo mundial. 


Los domingos por la tarde, los vecinos de Gafarillos se juntaban en el salón de la casa de los Fernández para escuchar la música y cuando llegaba el buen  tiempo sacaban la gramola a la calle y organizaban grandes bailes a los que asistían los jóvenes de todas las barriadas de la comarca. Algunos venían andando desde el barranco de los Lobos, desde la Rondeña, desde la Herradura, desde Mizala y Peñas Negras, los rincones más lejanos del valle. 


Venían los domingos para celebrar la misa y para bailar con el aparato que el indiano había traído de América. 


Muchos de aquellos campesinos, que llegaban de las aldeas más escondidas, se quedaban con la boca abierta y se echaban las manos a la cabeza cuando escuchaban el sonido de la música y la voz del cantante salir de aquella caja llena de magia. “Ha traído el tío Félix una máquina que canta”, era la frase más repetida, y allá por donde iban, por cada aldea, por cada cortijá, contaban el gran acontecimiento que habían visto, el prodigio de una máquina ‘cantaora’, un artefacto que encerraba todo un misterio.


En la gramola del tío Félix se  escuchaban, en los años de la posguerra, las coplas de Concha Piquer que emocionaban a jóvenes y viejos. Las muchachas del pueblo se arremolinaban en las tardes de invierno frente a la chimenea para escuchar una y otra vez Tatuaje y Ojos Verdes, hasta que se las aprendían de memoria.


Junto al tío Félix estuvo siempre la figura de su querido hermano Cristóbal, un negociante de vocación que se dedicó a invertir ‘los cuartos’ que el primero le mandaba desde América. Compró tierras y se convirtió en un prestigioso tratante de ganado. Se iba a Zafra, en la provincia de Badajoz, y regresaba con un vagón lleno de mulas para venderlas en los cortijos de la zona y en los pueblos cuando llegaban las ferias. Como era un hombre emprendedor, también montó una panadería en Gafarillos con un horno que abasteció  a media comarca.



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